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Actualizado el 02 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Lo verdaderamente importante del 1 de mayo no son las carreritas y compras de votos en la Asamblea Legislativa a propósito de la elección del nuevo directorio legislativo. O quizá, mejor dicho, lo lamentable es que ese culebrón haya acaparado el significado de un día que es, en realidad, la fiesta anual de los trabajadores, un reconocimiento del largo y sufrido camino para el reconocimiento de derechos laborales luego de duras luchas sociales. Ni la jornada de ocho horas, el disfrute de la seguridad social o el derecho a organizarse, asuntos que hoy nos parecen de la más elemental justicia, fueron concesiones graciosas. Es cuestión de revisar periódicos viejos para recordar como muchos poderosos de épocas idas justificaban jornadas de quince horas y el trabajo infantil insalubre.

Otra cosa es que hoy hayan aparecido vivazos que abusan los derechos laborales para no trabajar, o para medio hacerlo, o para, en ciertos casos, entronizar dirigencias sindicales obcecadas en defender privilegios. Todo derecho, establecido para proteger mayorías débiles frente a poderosos, crea la posibilidad de ser abusado por parte de minorías o individuos. Es una tensión imposible de resolver pero que no nos debe llevar a la conclusión equivocada: que recortar derechos laborales es el camino para eliminar los abusos. A estos últimos hay que combatir, a los primeros, tutelar.

El 1 de mayo es ocasión para señalar las enormes tareas inconclusas en materia de garantizar los derechos laborales a los trabajadores. Entre 300.000 y 400.000 asalariados no gozan de los derechos mandados por ley como el aguinaldo, el pago de horas extra o de días de enfermedad. En plantaciones agrícolas se recurre a subcontratistas como subterfugio para escamotear las cargas sociales y, como resultado, los obreros agrícolas son el segmento más postergado de nuestra sociedad. Además, una tercera parte de nuestra fuerza laboral trabaja en el sector informal, en empleos precarios desprovistos de toda protección. Sin embargo, y es horrible reconocerlo, asegurar empleo decente a cientos de miles no ha sido prioridad de política pública de ningún gobierno reciente. Para ponerlo así, arranca más declaraciones oficiales organizar una feria de carros, que el compromiso con el empleo decente.

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Y, si uno debe encontrar un segundo significado histórico al 1 de mayo, este es el aniversario de la rendición de William Walker, el triunfo definitivo de la Campaña Nacional. Pero si las carreritas intrascendentes de la elección del nuevo directorio legislativo tapan mediáticamente la celebración de las trabajadoras y los trabajadores, ese aniversario ha sido relegado aún más al baúl de los olvidos. Signo de los tiempos.

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