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Actualizado el 25 de abril de 2013 a las 12:00 am

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Ley de hierro de la política nacional: los gobiernos ticos pasan por fases definidas. Inician en la etapa inspiracional, la de los buenos propósitos y promesas de cambio. Esto se acaba en un visto y no visto. Comienza, pues, una segunda fase, también efímera pero más terrenal: la de la iniciativa política. Se definen un par de prioridades, se tuercen brazos para aprobarlas y todo el gabinete habla sobre lo mismo (tema varía según gobierno). Tercera etapa: el guevazo. Un movimiento social, la Sala IV, un escándalo, o todos los anteriores, descarrilan al Gobierno, que se queda con las manos vacías o con una victoria pírrica, que daña su capacidad de conducción.

Pasamos a la fase depresiva, la más larga de todas: en neutro y despechado, el Gobierno languidece como una llamita, apenas acata a apagar incendios y a preguntarse por qué –¡por qué Dios mío!– nadie entiende el gobiernazo que hacen. Por último inaguran la coda, la etapa de salvar los muebles: se quedan cuchitos a fin de lograr la extrema unción de la ciudadanía y no estorbar a un partido oficialista en plena campaña electoral. De acuerdo con esta teoría, hoy estamos en fase depresiva profunda y a poco de empezar la coda.

Si esta agudísima interpretación de Varguitas tuviera visos de realidad, gobernar en Tiquicia es como la maldición mitológica de Sísifo: empujar una piedra cuesta arriba y nunca llegar a la cima porque esta se escapa para abajo. La pregunta es por qué. ¿Es que el sistema de partidos está muy erosionado? No es el único país donde los partidos están en la lona (Chile), pero algunos funcionan. ¿Es por el entrabamiento y la tramitología? Tampoco somos el único país en padecerlas y pese a ellas algunos se modernizan a lo bestia (India). ¿Es que la política no procesa las demandas ciudadanas? En muchos sitios pasa lo mismo. ¿Es que hay mucha corrupción? Vean Panamá. ¿No se aplica la letra de la Constitución y las leyes? En ningún lugar la realidad se ajusta plena al marco normativo y, sin embargo, eppur si'muove .

Naturalmente, el coctel de todo lo anterior influye (y mucho) en la poca capacidad de gobernar que tenemos aquí. Sin embargo, hay otro factor clave del que no se habla suficiente: la inexistencia de élites políticas que valgan la pena y cuya competencia mueva al país. Es triste decirlo, pero hay mucha tercera fila entre nuestros dirigentes políticos y sociales, incapaces de articular y gestionar visiones de país. Sin ciudadanos organizados no hay democracia, pero sin élites no hay rumbo. Y vuelvo al tema de la coda: ¿a qué clase de finale puede aspirar este gobierno? A cerrar ordenadamente el chinamo sin jalarse otra torta más. Pese a todo, tendrá cosas buenas por heredar.

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