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Actualizado el 28 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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Buena parte de las teorías de desarrollo modernas ponen como meta el bienestar de las personas. Muy entendible, por lo demás. Luego de siglos en los que la humanidad apenas logró despegarse del umbral de la supervivencia, el avance tecnológico del siglo XX hizo que miles de millones vivieran mejores vidas. Hoy sabemos, sin embargo, que la tecnología por sí sola no nos lleva al paraíso. No juega parejo para todos porque las relaciones de poder políticas y económicas operan selectivamente, sin resolverles a muchos. Aun hoy, en plena era de Internet avanzada, centenares de millones sufren hambre.

Supongamos, no obstante, que logramos cambiar las reglas del reparto de la riqueza. Que en la sociedad global nadie pasa hambre y, como dijo alguien por allí, en un pequeño país de cuyo nombre no quiero acordarme, que los que andan a pata llegan en Hyundai y los del Hyundai, en full Meche . La pregunta es: ¿Quién dice que la suma de los bienestares individuales nos lleva a una sociedad mejor? Imaginemos que chinos, indios y el resto de gentes alcanzan los niveles de vida de un gringo promedio. ¿Aguanta el mundo la extracción de materias primas y la contaminación que estos niveles de consumo demandan? Esta pregunta nadie ha podido responderla con optimismo: la manta simplemente no da.

Si, por ejemplo, a los vendedores de carros de la Expomóvil les va superbien en los próximos años y logran que cada familia tica tenga un carro, no hay duda que el bienestar se incrementaría. Carro nuevo, vecino envidioso, sensación de conquista' una pura contentera. Sin embargo, el resultado colectivo de la suma de beneficios individuales sería un desastre social: contaminación, embotellamientos, factura petrolera, calentamiento global ... Claro, me dirá el vendedor de carros, “eso no es culpa mía, yo solo vendo carros”. Cierto, y lo mismo dirá el doncito: “Nix, tampoco yo, solo cumplí un sueño al que tengo derecho”. Quedamos como Fuenteovejuna : nadie es responsable y todos los son.

Aun así, sigue siendo cierto que a un par de generaciones vista, la sociedad de consumo global no es viable. Las sociedades de la posmodernidad requerimos un ejercicio colectivo de reflexión acerca de los parámetros del bienestar social. Es duro, porque como dijo el pachuco “el dinero no lo es todo, pero es to’a, papá”. El nuestro sigue siendo el mundo en el que, peroratas aparte, el dinero es el pasaporte universal. ¡Qué difícil así! Creo indispensable una ética de la austeridad, de vivir con menos, de disminuir nuestra huella. Y, sí, creo también que el ejemplo empieza por quienes tienen la vida resuelta. ¿Por qué?

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Porque somos los que más contaminamos.

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