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Hoy es jueves 27 de julio del 2034, mediodía, y dicen que hace un calor seco, duro como pan viejo. Hace años dejó de llover. Afuera todo pesa plomo: el sol, el silencio. Adentro, siete millones vivimos en una ciudad-incubadora, movida y climatizada por medio de carbón. Sucia por fuera, limpia por dentro, conectada por autopistas virtuales que diariamente permiten la transportación masiva y simultánea hacia otras burbujas urbanas de miles de personas, millones de productos, trillones de datos, mediante hologramas desmaterializados. El agua se extrae de lo profundo y hay reservas para 20 años más. Luego habrá que abandonar la incubadora. Ya se verá.

Carbón, estamos en la era del carbón. Agotado como fuente de energía, el petróleo ahora solo se emplea para la fabricación de plásticos. En las gargantas secas de antiguos cauces las viejas represas hidroeléctricas yacen abandonadas. Algunas torres eólicas coronan el filo de las montañas, devoradas por los polvazales. Sin lluvia, sin viento fresco, sin petróleo, la ciudad devora, insaciable, carbón: carbón del amazonas, del Congo, de las profundidades de la América del Norte, aunque no de los bosques de Costa Rica, consumidos años atrás. Carbón para la modernidad.

Del petróleo al carbón. Siempre fue la alternativa más barata, la tecnología más sencilla. Rentable para las corporaciones mineras, fácil para consumidores reacios a sacrificios aunque ávidos de comodidades tecnológicas, atractivo para inversionistas y políticamente seguro para Gobiernos débiles y poco representativos. Del amanecer de las energías limpias, supuestamente inevitables para enfrentar el cambio climático, terminamos en el atardecer del nuevo oro negro, el que siempre estuvo ahí. Por supuesto que hubo protestas aisladas y pequeños grupos fundaron comunidades ecológicas, rápidamente abandonadas, anomalías todas registradas en viejos Ipads piezas de museo.

El triunfo de la comodidad. Nadie fue responsable, todos fuimos responsables. Claro que sabíamos que, en un mundo tecnológicamente cada vez más intenso, la energía era la clave de nuestro futuro. Sin embargo, nos fuimos por la fácil: cero austeridad, cero apoyo a fuentes alternas, discusiones interminables que nunca llegaron a ninguna parte. Pero ¿acaso es culpa mía la era del carbón? Vivo en ella, cosa diferente: no me cabe más cuota que esa. De haber querido algo distinto, por allá del 2010, 2015, no sé, debimos haber tomado decisiones para adaptarnos al cambio climático, invertir en energías limpias, cambiar nuestros estilos de vida. Ahora vivimos en cuenta regresiva, atrapados en estas cómodas burbujas hasta que el tiempo nos alcance.

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Noticia La Nación: Enfoque