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Actualizado el 27 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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Otra vez estamos en esa época cuando soltamos amarras, la sociedad entera se deja estar y se nos implantan los días sin tiempo o, más exactamente, esos momentos cuando nos invade la ilusión del tiempo detenido, una breve hibernación de la brutal realidad, súbitamente relegada a un plano distante. Y así, de repente, nos damos el lujo de guardar esperanza de que, en pocos días, quizá el mundo se torne menos duro que lo habitual. Quizá y quien quita un quite.

La esperanza: mucho más que esperar, es la convicción (y a veces hasta la fe) de que en algún momento, ojalá más temprano que tarde, nuestros deseos por fin se harán realidad, los grandes o los chiquitos, los altruistas o los egoístas, qué mas da. Algo así como jugar una lotería muy especial, con la buena vida como premio mayor. La jugamos y la seguiremos jugando pese a que casi siempre perdemos y nos quedamos con un palmo en las narices y una sonrisa triste. Somos reincidentes impenitentes, creo, no porque seamos masoquistas –aunque alguna pizca de ello habrá– sino porque de vez en cuando ocurre lo impensado y dicen que a un conocido, a un amigo, a un pariente y, muy pero muy raramente, a nosotros mismos, la vida nos da un guiño cómplice.

No hablo aquí de la esperanza religiosa, la fe de que existe vida después de la muerte, sea en su versión cristiana, judaica, islámica o budista. Me refiero a la esperanza mundana, no necesariamente laica pero sí atada al mundo real, de que un buen día nuestros esfuerzos diarios serán recompensados por una vida mejor. Esa esperanza, vista de cerca, es una elaboración claramente irracional, pues ¿por qué las cosas han de ser distintas si el mundo, y nuestros mundos en particular, siguen igual? ¿No es absurdo esperar algo distinto que nos eleve por encima de nuestras miserias? ¿Quién dice que nuestros esfuerzos deban ser recompensados? ¿Somos tan especiales?

Una fuente primaria de la esperanza es la convicción de que más allá de haber nacido con estrella o estrellado, nosotros y los nuestros somos portadores de una cuota de dignidad irrenunciable que nos define como seres humanos. Que esa dignidad nos da carta cabal para soñar despiertos el sueño de que merecemos un mejor destino. Quien tiene esperanza, tiene las manos llenas, aunque no tenga nada para mostrar. De otro modo nuestra existencia sería insoportablemente pesada, casi tóxica. Lo que transforma esa existencia en vida humana es precisamente la esperanza, los frágiles sueños de nuestra redención cotidiana.

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No es que la esperanza sea lo último que se pierde, es que cuando se pierde quedamos desamparados de humanidad. Vivimos, tenemos esperanza, por eso espero y deseo buenos deseos.

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