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Actualizado el 20 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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El lío con las protestas de los motociclistas retrata, en pequeñito, el estado de nuestro sistema político. Un actor no convencional, el de las motos, descubre, casi de manera espontánea, que organizando bloqueos logra captar la atención pública y obtiene un sustancial poder de negociación con el Gobierno. A este actor se le asocia una organización social formal, en este caso un sindicato, cuyo liderazgo obtiene una oportunidad para mantener presión sobre el Ejecutivo. Por su parte, luego de caras bravas, declaraciones de firmeza y demás rutinas, el Gobierno cede facilito y la Asamblea Legislativa corre con inusitada eficiencia para aprobar una ley que favorece a los motociclistas, ley que, de paso, friega a los dueños de carros, quienes deberán pagar las concesiones hechas a los manifestantes.

¿Qué nos dice esto de nuestra condición política? Primero, un Gobierno débil, acosado casi a diario por protestas sociales, va a terminar cediendo la plaza con el fin de apagar incendios. Sin mayor ilusión por su legado, necesita llegar vivo al día siguiente. Esto lo sabe todo el mundo y obra en consecuencia. Además, el bloqueo es, hoy por hoy, el arma de escogencia para obtener concesiones del sector público. Se ha revelado como un arma muy eficaz para quien decida usarla. Digamos que mientras que para los de arriba una llamada telefónica a una autoridad obra milagros, para los de abajo el bloqueo es el recurso del método. Es claro que, hoy en día, los canales formales de negociación son inútiles; la participación de dirigentes sociales y políticos establecidos en la solución de problemas que interesan a la gente, es casi nula e impera la ley del que “el que no llora no mama”. Y en eso estamos.

El lío con las motos nos revela la falta de transparencia y el carácter suma-cero del juego político actual. Empiezo con la falta de transparencia: resulta que ninguna institución, salvo el Instituto Nacional de Seguros (INS) en lo que le correspondía, podía explicar bien el costo del marchamo. Había automatismos en la tarifa (tanto por ciento para Consejo de Seguridad Vial (Cosevi), tanto por ciento por allá) que quedaron al descubierto. ¿Y como defiende uno cargos automáticos establecidos alguna vez por allí? Más relevante, sin embargo, es el juego político de la suma-cero: los bloqueos y gamberradas de las protestas de las motos fueron en perjuicio de los demás, pero logró resultados. Hay que reconocerlo: ser gamberro hoy en Costa Rica paga. En esto y en muchas otras cosas. Pero, además, el beneficio obtenido por los de las motos lo pagan los demás: ganancias de unos cuantos, pérdidas para el resto. Esta lucha distributiva transforma la política en el arte de obtener beneficios a costa de los demás.

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De eso no se trata.

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