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Actualizado el 01 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

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En estas semanas hemos asistido a la implosión de casi todos los partidos políticos. Pleitos públicos, acusaciones legales, remedos de alianza, en fin, los condimentos de un naufragio. Se salva por ahora Liberación Nacional que, aferrado a la tabla del continuismo, al menos flota. Quizá ese es su secreto: flotar al garete pero sobrevivir. Algo sabe el gallo por viejo...

Con todo, este naufragio es novela menor. Nuestro verdadero problema es otro: la desorganización de las relaciones de poder en Costa Rica. Pensemos la estructura del poder de un país como un edificio de tres pisos, con escaleras entre sí. En el de arriba tenemos siempre a los poderosos. Aquí están los grandes capitanes de la empresa privada y, si hubiera, los grandes líderes políticos de masa. Ese piso es hoy es una “sala vacía”. En el piso del medio están los partidos y lo que hay es un desastre: puros bochinches que han terminado por tugurizar el piso. En el de abajo están los movimientos sociales, el mundo de la sociedad civil, muy activo pero disperso y carcomido por el gremialismo.

Explico la metáfora de la sala vacía. Para mí una élite de poder no es simplemente una colección de gente poderosa. Es además un grupo con una visión de país y con la decisión de concretar dicha visión. Hoy en día, las únicas élites en Tiquicia son de carácter sectorial, constituidas alrededor de las aperturas del comercio exterior y de las finanzas. Conformadas por una mezcla de multinacionales y tecnócratas, alcanzan para defender intereses sectoriales, pero no para articular una respuesta política a los desafíos del desarrollo nacional. Aun así, vean lo importante que es tener élites en algún sitio, aunque sea en el balcón: han logrado, en sus sectores, dar rumbo y convertirlos en las puntas de lanza de nuestra economía.

No tenemos élites del poder nacionales. No hay líderes políticos de masa y los dueños del capital andan demasiado preocupados por sus negocios y casi nada por el país. Delegan en tecnócratas eso de relacionarse con el mundanal ruido. Por eso digo que el tercer piso está vacío y, agrego, no tiene escaleras para abajo. A falta de acción ahí, el bochinche de los partidos destaca por el ruido. Pero no hay que engañarse: ese ruidazal es mero distractor, otro piso sin escaleras. Finalmente, los movimientos sociales podrían obligar a entender, a los del segundo y tercer piso, que Costa Rica es mucho más que sus intereses estrechos. Pero la desarticulación de estos movimientos es para enmarcar. Así me explico yo el mal profundo de nuestra política, la urgente necesidad de poblar el piso de arriba y de construir escaleras entre los distintos niveles de nuestro edificio del poder.

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