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Actualizado el 04 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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Todos tenemos derechos. Cierto. Ciertísimo. Y agrego: ¡qué bien! Después de todo, un derecho puede verse como ese poder que no delegamos en una autoridad y que conforma (y protege) un ámbito irreductible de autonomía personal. Más aún: un habitante de Costa Rica tiene mucho más derechos hoy que treinta años atrás, en virtud de su constante creación por parte de la Asamblea Legislativa así como de su tutela por la Sala IV. Tenemos, además, más conciencia de que los poseemos y menos reparos a defenderlos cuando creemos que alguien los viola.

Al tiempo que celebro esta evolución democrática, no dejo de reconocer que ha creado dolores de cabeza. Bienvenidos esa clase de problemas, diría alguien. Correcto; sin embargo, problemas al fin. Uno de esos, al que ya me he referido en otras ocasiones, es la desconexión sistemática entre derecho y política pública. Se nos olvidó que un derecho es más que una norma: implica presupuestos públicos para garantizar su tutela y, en muchas ocasiones, nuevas regulaciones y comportamientos públicos y privados. Supone sacrificios y costos en otras áreas. Todo derecho contiene un proyecto de sociedad que suplanta el statu quo . Por ejemplo: el derecho al ambiente sano, implica cambiar la sucia matriz energética que mueve al país, basada en combustibles fósiles, nuevas políticas en el sector transporte y cambios en el uso de la energía por los habitantes. ¿Lo hemos hecho? No, y este es problema. Fácil es aprobar, difícil cumplir.

Hoy quiero referirme a un segundo dolor de cabeza. Lo llamaré el “derechosismo”. Es el uso ventajista de los derechos que se me han reconocido para evitar hacer lo que a mí no me da la gana hacer, aun en casos cuando hay un evidente interés público de por medio. Camino aquí por una fina línea, lo sé, pero no por fina deja de ser real. Hoy en día, puedo oponerme a cualquier ley y decisión, argumentando que viola tal o cual derecho. Y quizá hasta la pegue: ¿uso obligatorio del cinturón? Viola mi libertad. ¿Cámaras para controlar la velocidad? Ídem. Hagan correr la imaginación (y se quedarán cortos).

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Confieso no saber cómo salir del berenjenal del derechosismo porque la solución no es recortar derechos. Pero sí sé que una sociedad que solo base su convivencia en derechos, termina por disolver su tejido social, cada individuo un reino. El subtexto de los derechos no solo es reconocimiento de las obligaciones que tenemos como parte de una comunidad de iguales, es también el ejercicio razonado y tolerante del poder personal. Hago esta reflexión porque imaginé una sociedad donde niños van armados a la escuela porque tienen el derecho a defenderse. OK, puede ser, pero qué mugre de sociedad tendremos entonces.

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