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Actualizado el 30 de agosto de 2012 a las 12:00 am

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¿Hay vida después de la democracia?, se preguntó en 2009 la excelente escritora india Arundhati Roy (autora de El dios de las pequeñas cosas , premio Booker 1997). La pregunta es incómoda y la reformulo así: una vez que un país obtiene un régimen de libertades y derechos, ¿tiene la democracia algo más que ofrecer? ¿O simplemente el encadenamiento ad infinitum de elecciones libres y limpias? Si la promesa democrática va más allá, ¿qué es ese “algo más”? En la incapacidad de formular una respuesta colectiva, de mayorías, a esta pregunta se encierra, a mi juicio, la desilusión con la democracia que invade no solo a Costa Rica, sino a muchos países avanzados.

Un régimen de libertades y derechos para todos, ricos y pobres, hombres y mujeres de todos colores, es un enorme logro histórico que nunca debe menospreciarse. Y, sin embargo, sabe a poco para las ciudadanías contemporáneas, la tica incluida, que nacieron con la libertad marcada en la frente. Esta libertad, para ellas, es punto de partida y no de llegada, un ejercicio al que se le pide consecuencias tangibles y favorables. Cuando esas ciudadanías ven la enorme concentración de privilegios en manos de pocos, o manejos de crisis donde unos salen hartados y otros chollados, se preguntan sobre el sentido de la libertad sin mínimos de justicia.

Al otro extremo están quienes postulan que la democracia debe producir felicidad y justicia para todos, una especie de paraíso en la Tierra. Como lo planteó el expresidente argentino Alfonsín en 1983 cuando dijo “Con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se cura, no necesitamos nada más”. Y, sin embargo, sí necesitamos mucho más. ¿No están siendo ahogadas las democracias realmente existentes por expectativas desmesuradas que ningún sistema político puede alcanzar? Después de todo, la democracia nunca prometió el paraíso, sino el imperfecto autogobierno de personas libres.

¿Qué podemos pedirles, pues, a las próximas elecciones nacionales? Mucho más que ser un mero juego limpio y libre y mucho menos que la ruta al paraíso. Esta conclusión nos deja tirados en el purgatorio del “algo más” que necesitamos demandar para que la democracia no se nos reduzca a ritual indispensable, pero profundamente inadaptado a estos tiempos. Como mínimo, no regalemos el voto: los ciudadanos debemos ser duros con las palabras huecas y los eslóganes, vengan del lado que vengan. Exijamos respuestas concretas a nuestras demandas. Quizá no oigamos lo que queremos oír, pero así no permitiríamos que los cínicos a los que solo les importa ganar, gato por liebre incluido, nos regalen un proceso electoral vacuo. Hay que buscarle vida a nuestra democracia.

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