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Actualizado el 14 de junio de 2012 a las 12:00 am

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La principal consecuencia del adelanto de la convención liberacionista en tres meses, de junio a marzo del 2013, no es que un precandidato salga favorecido (Rodrigo Arias), aunque pareciera que ello sea así. Lo importante es que otorga al ganador, el candidato oficialista, las llaves de la conducción del Estado durante casi un año antes de las elecciones, una eternidad. Mucho antes de iniciar la competencia con las alicaídas oposiciones, quien gane desplazará a la presidenta en ejercicio como el verdadero poder de decisión, a quien obedecerán los diputados, los tecnócratas y los políticos que adornan nuestras instituciones públicas. No exagero. Aunque achichincles y pegabanderas siempre existirán, el problema de fondo de la “partidarización” del Estado no es ese. Que el candidato oficialista, quienquiera que sea, asuma la conducción de facto del Estado, es una consecuencia de las reglas de nuestro sistema político.

Veamos para empezar a los diputados. Como no hay carrera parlamentaria, la diputada promedio que desea hacer carrera política, depende enteramente del candidato, quien tiene el poder de nombrarla en el futuro en otro puesto (ministra, embajadora). El presidente en ejercicio ya jugó, nada puede hacer por ella. Una cosa similar ocurre en el aparato institucional, poblado por cuadros de partido y no solo en el gabinete (como era de esperar), sino en las juntas directivas, oficinas técnicas y administrativas, donde uno esperaría que la cosa no fuera tan así. Una catizumba de miles depende del dedo del candidato oficial para preservar su chamba o subir en la escalera burocrática. En esas condiciones, el adelanto de la convención da todavía más facilidades para que el oficialismo someta a las instituciones a sus necesidades electorales y cimente su base de apoyo dentro del Estado, agarrarlo por las vísceras, y asegurar el control indiscutido sobre él.

Don Johnny Araya no se ha despabilado. Ha visto que Rodrigo Arias quiere “gorriárselo”, como en efecto quiere, pero no la oportunidad de oro de montar una hegemonía si, con el adelanto, él gana la convención.

Mi perspectiva es otra: aunque la Madre Teresa fuera la candidata oficial (por cualquier partido) al país no le conviene ampliar la vulnerabilidad política de sus instituciones. Menos ahora, con este malestar ciudadano. Por el contrario, deberíamos cerrar portillos, por ejemplo, instaurar la carrera parlamentaria de los diputados (acotada a tres periodos) y variar las reglas de escogencia de las juntas directivas de las instituciones. Sé que pedir moderación a quien lucha por el poder es de cajita blanca, pero no puedo menos que advertir el peligro de una decisión equivocada.

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