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Empiezan las clases

Actualizado el 07 de febrero de 2013 a las 12:00 am

Costa Rica debe reanudar su compromiso con la educación pública

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Iniciar el curso lectivo fue, por mucho tiempo, más que un ritual anual, la caracterización esencial de la Costa Rica empeñada en abrir oportunidades de movilidad social ascendente para todos. Esto es algo que debemos rescatar si hemos de combatir con efectividad la tendencia a una creciente desigualdad social que se ha entronizado en los últimos años. Las quejas usuales por carencias de la infraestructura educativa tienen asidero real. Datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) indican que nuestro gasto público per cápita en primaria y secundaria disminuyó más de un tercio entre 1999 y 2010, medido en dólares, de acuerdo con la paridad de poder adquisitivo. Así, al cerrar el siglo anterior se destinaba a ambos 76,3% del gasto público per cápita en educación, pero esa participación cayó a solo 49,1% en 2010. Estamos invirtiendo menor proporción del gasto público en educación en los ciclos educativos que realmente promueven la igualdad.

Pero los temas de infraestructura también tienen la ventaja de que son visibles, por lo que generan presión para ser arreglados. En cambio, los problemas relativos a la calidad educativa permanecen ocultos y por ello mismo pueden tener efectos más insidiosos aún, pues se percibe con menos facilidad el grave daño que causan a nuestra niñez y juventud, así como su impacto en la pérdida de competitividad y en el crecimiento de la desigualdad. Los propios datos del Ministerio de Educación Pública (MEP) indican que en los últimos años los problemas de repitencia y deserción, por ejemplo, básicamente continúan en el mismo nivel, sin que se logre reducirlos significativamente.

Camino costarricense. Atacar con ambición y efectividad los problemas que están minando nuestra educación pública, es esencial para preservar uno de los elementos fundacionales del camino costarricense al desarrollo: educación pública como pasaporte a la igualdad y el crecimiento. Además de reenfocar la asignación de los recursos destinados a la educación pública hacia la primaria y la secundaria, que benefician a toda la población, implicaría poner un fuerte acento en los aspectos de calidad.

En este sentido, la Unesco ha enfatizado la necesidad de asegurar que se brinde a las nuevas generaciones tres niveles de competencias fundamentales para que tengan verdaderas oportunidades de superación. El primero, claro, es el de las habilidades básicas relacionadas con la lectura, escritura y matemáticas, que son el fundamento de todo el sistema educativo, pero ya no son suficientes por sí solos, por lo que se les debe agregar otros tipos de competencias.

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Se trata de la necesidad de promover competencias técnicas y vocacionales, que son decisivas para muchos trabajos que demandan un conocimiento técnico específico, por básico que sea, y de impulsar las competencias transferibles, o lo que algunos llaman competencias “suaves”. Estas últimas incluyen la habilidad para resolver problemas, comunicarse efectivamente, ser creativo y mostrar liderazgo, que son fundamentales tanto para proseguir estudios superiores como para insertarse exitosamente en los mercados laborales.

Esta es un área en la que tradicionalmente no se ha puesto énfasis, pero resulta esencial para los empleadores. Muchos jóvenes carecen de estas habilidades que son claves para retener puestos de trabajo, o para ascender dentro de las empresas, lo cual incide en la paradoja de que sufran desempleo incluso cuando hay crecimiento económico o tengan oportunidades limitadas de aumentar progresivamente su ingreso real.

Universalizar la secundaria. Al respecto, los estudios indican que es crucial reducir la deserción educativa para incrementar la capacidad de transmitir estas competencias “suaves”. Por ejemplo, en Canadá se determinó que el 80% de los jóvenes que completan secundaria logran acumular estas habilidades, contra solo el 55% de quienes no completaron secundaria. De modo que un gran reto que afronta nuestro sistema educativo es reducir, mejor dicho eliminar, la deserción, especialmente en secundaria y ampliar su cobertura. Es incomprensible cómo casi 130 años después de la reforma de don Mauro Fernández aún no nos hayamos planteado como meta nacional lograr que el 100% de nuestros jóvenes cursen y finalicen la secundaria. También es importante fortalecer el apoyo a programas que han demostrado su capacidad de contribuir a elevar la calidad educativa en los colegios públicos. Uno de los casos es el de los colegios científicos. Otro muy exitoso ha sido el Programa de Bachillerato Internacional en los colegios públicos, pues ha demostrado que los jóvenes están dispuestos a exigirse más a sí mismos para cursar una educación de alto nivel. Asimismo, ha unido los esfuerzos del sector privado y de las comunidades, con los del MEP y el decidido compromiso de los educadores de esos centros de secundaria.

Por mucho tiempo, Costa Rica se distinguió por su compromiso con la educación pública y así construyó una sociedad más equitativa, al tiempo que generó una ventaja competitiva fundamental. Pero esto se ha venido erosionando y se requiere un gran esfuerzo nacional para recuperar el tiempo perdido, fortalecer la competitividad y promover nuevamente la igualdad a través de una educación pública de calidad. Esta es la principal lección que debería dejarnos el inicio del curso lectivo.

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