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Educación sexual responsable

Actualizado el 19 de agosto de 2012 a las 12:00 am

La educación sexual es asunto tanto de la familia como de la escuela

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La educación sexual es parte indispensable de la educación integral y esta es necesaria para el desarrollo armónico de los individuos. No hay manera de ofrecer al educando una educación sexual adecuada sin inculcar en él o ella, simultáneamente, las ideas de responsabilidad para consigo mismo(a) y para con lo(a)s demás, de equidad entre los sexos, de tolerancia y de libertad como autodeterminación.

Una adecuada educación sexual, aun cuando sea temprana, no entraña precocidad, ni promiscuidad, sino que, como todo conocimiento, debe preparar a la persona para enfrentar mejor la vida. La información oportuna, confiable y pertinente evita que la curiosidad reprimida se vuelva a la larga en una actitud morbosa: silenciar ciertos temas en el aula o en el hogar no los cancela; más bien, al convertirlos en lo prohibido y darles una carga negativa, estimula la curiosidad y la vuelve una práctica oculta.

En nuestros días, no podemos ignorar que los temas de sexualidad se exhiben cotidianamente en la televisión, los videos, las revistas y, la mayoría de las veces, de manera deformada y deformante. Los medios de comunicación, benéficos en muchos otros sentidos, han roto la barrera que dividía el mundo de los adultos del mundo de los niños, niñas y adolescentes, y es a nosotros(as), maestros(as), en combinación con los padres y madres de familia, a quienes corresponde, cuando menos, intentar la rectificación de ese bombardeo de mensajes que de forma caótica y desorientadora reciben niños y niñas actualmente.

La educación sexual es asunto tanto de la familia como de la escuela, pues el desarrollo sexual se manifiesta en estos ámbitos y es deseable que en uno y otro se den las condiciones que promuevan que sea sano y responsable. Y recordemos que ser responsable significa que uno está obligado a responder: obligado a dar respuestas, pero respuestas a la altura de los problemas que la realidad nos coloca delante. Nuestra tarea como maestras y maestros es de gran trascendencia, pues nos toca responder a las dudas y a la necesidad de conocimientos de esa parte de la sociedad que, precisamente, estamos formando.

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Lenguaje encubridor. Ya no es posible mantener el lenguaje encubridor, ni las actitudes evasivas que conocimos en nuestra infancia quienes hoy somos adultos. Los niños, niñas y adolescentes actuales, expuestos como ya se ha dicho, a toda clase de mensajes y experiencias, necesitan formarse un criterio que les permita discriminar correctamente la información y hacer frente a las presiones que puedan recibir. No será con el silencio ni con prejuicios y temores como podremos ayudarlos.

En nuestra época se habían presentado innumerables transformaciones, y en algunas hemos de participar nosotros como padres-madres, maestros-maestras, ciudadanos-ciudadanas. Ahora hace falta que niñas, niños y adolescentes sepan cómo funciona su cuerpo, qué es sano y qué no, y también que distingan cuándo son oportunas ciertas prácticas y por qué y, sobre todo, que cada quien comprenda las responsabilidades que tiene consigo mismo(a) y con lo(a)s demás. No podemos ignorar ese derecho que niños, niñas y adolescentes tienen de informarse y formarse en todas las áreas de su desarrollo.

Una vida más plena. La educación sexual contribuirá a que niños, niñas y adolescentes tengan una vida más plena en el futuro: a que asuman su vida más sana y equilibradamente. Educamos a las personas menores de edad en el hábito del ahorro, en el amor a la naturaleza e inclusive en asuntos de vialidad, con la intención de que el día de mañana cuenten con actitudes y valores, estén preparados y puedan relacionarse mejor con los demás. Lo mismo ocurre con la educación sexual: esta debe prepararlos(as) para que en el futuro ejerzan y disfruten su sexualidad de manera responsable, ya que con ella se habrán de establecer las bases del respeto y de la tolerancia que son indispensables para toda forma de convivencia armónica entre los individuos y, obviamente, para la sana y constructiva convivencia de los individuos en sociedad.

Los hábitos de higiene y salud del cuerpo, la calidad de convivencia con personas del propio sexo o del sexo contrario, son asuntos cuyas raíces deberán formarse en la niñez. Para nosotros padres-madres, maestros-maestras, adultos-adultas, es indispensable saber acerca de la sexualidad empezando por la propia, actualizarnos, ya que para poder educar, debemos, a la vez, educarnos.

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