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Música

Ecos de una misión imposible

Actualizado el 09 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Cecilia Bartoli La mezzo-soprano interpreta composi-ciones del olvidado sacerdote, diplomático y espía Agostino Steffani

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Ecos de una misión imposible

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                         del disco Mission, interpretado por Cecilia Bartoli.Portada
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del disco Mission, interpretado por Cecilia Bartoli.Portada

Siempre quedamos atónitos e inermes al volver a escucharla. Ella –la poseedora de la lira de Orfeo– transita los caminos del inframundo sin temor alguno. Solitaria en su camino, la semidiosa los corre, los recorre y los devasta con su canto, sometiendo demonios y sacerdotisas del Mal, con imparcialidad absoluta.

Hablamos de Cecilia Bartoli: ¿de quién más podríamos hacerlo en tales términos? Si Callas era divina , Cecilia es inalcanzable. Nada se le resiste: ni los secretos del maestro Porpora ni el libro perdido de Manuel García con los ocultos arcanos del bel canto .

Esta vez la hemos recibido como embajadora de una Misión sagrada cuyos objetivos se nos mostraban incógnitos: rescatar la música de Agostino Steffani, sacerdote, diplomático y espía del siglo XVII, cuya memoria –ineluctable y seria– adquiere ribetes especiales una vez que se consuma la audición de toda su retrospectiva.

Nueva edición. En el otoño poético del 2012 ha salido a la luz la nueva recopilación discográfica de la máxima diva de la lírica mundial. Se trata de una impresión del sello Decca que contiene obras trascendentales de Agostino Steffani, grabadas por Bartoli con el grupo I Barrocchisti, dirigido por Diego Fasolis.

Más que la publicación de un nuevo disco, Cecilia Bartoli propone un sofisticado exorcismo: así lo revela el carácter de Mission que intitula el disco. Lo que ha sido misión imposible para otros, para Cecilia es un hito más en su incansable labor de difusión de un espacio de la historia lírica que permanecía guardado en el cofre de los olvidos.

Bartoli rescata la obra de Steffani –a quien coloca merecidamente a la par de Scarlatti, Stradella, Carissimi y Caccini– merced al expediente de tejer una misión que linda con un espionaje diplomático del siglo XVII a la mejor manera del polémico personaje de Dumas: el enigmático Aramis .

Mezcla de Aramis y de Haendel. Agostino Steffani nace 102 años antes de Mozart, en 1654. Lo alberga una minúscula ciudad del Véneto, de nombre Castelfranco . Sus orígenes se relacionan con la música, pero su nombradía es eclesiástica y diplomática.

Un espía del siglo XVII no poseyó jamás las modernas y letales armas de James Bond: su labor no se desenvolvió en medio de una guerra fría, statu quo de un equilibrio precario que se sostiene bajo la amenaza de una guerra no declarada.

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Por el contrario, el precursor de los agentes “con licencia para matar” contaba con una incisiva pluma y con un exquisito manejo de la hipocresía, antecesor directo de la diplomacia contemporánea.

En medio de los despojos de la teocracia pontificia y de forma concomitante con el nacimiento de una novísima definición: el hoy proverbial “equilibrio europeo”, los principales asociados de Steffani fueron el sentido de la oportunidad y el tacto en las relaciones internacionales, apoyados en una policía secreta a la manera del cardenal de Richelieu.

En 1693, Agostino Steffani había ya desempeñado múltiples labores, entre las que destacan la de corista ( castrato ), compositor insigne y señalada dignidad eclesiástica. Su nueva actividad, para lo cual se traslada de Hannover a Baviera, consiste en una misión especial, que involucra espionaje, diplomacia' y música.

La misión de Steffani pretende dilucidar la posición del príncipe elector (Max Emanuel) ante la tirantez reinante entre el Imperio Germánico y el expansionismo absolutista de Luis XIV. Luego de permanecer por varios años en la corte bávara, Steffani percibe el progresivo decantar del elector hacia la política internacional del Roi Soleil , quien acaso aspiraba a pronunciar algún día una frase que equivaliera a “L’Europe c’est moi!”.

En el desarrollo de su misión, Steffani asume el riesgo de ser apresado por espionaje en un territorio que se convertirá prestamente en enemigo.

Intensa creatividad. Posteriormente, Steffani entra al servicio de la autoridad suprema del Palatinado (Pfalz). El nuevo Pfalzgraf –el príncipe elector Juan Guillermo– traslada la sede de gobierno a Dusseldorf tras la sangrienta guerra de los Treinta Años. Avisado de las múltiples capacidades de su subalterno, el elector lo envía finalmente a Roma con el propósito de mediar entre el papa y el emperador Habsburgo, lo que evita una guerra en la península itálica.

Variados son los servicios prestados por Agostino Steffani durante los años siguientes. Las nuevas misiones desplegadas por este obispo, diplomático y espía no le impiden consagrarse a su actividad favorita: la creación de óperas.

En las nuevas composiciones, Steffani alterna temas clásicos con la resolución de complicadas situaciones amorosas, de las que tiene conocimiento desde su particular actividad de confesor.

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A partir de 1680, la creatividad de Steffani desborda cualquier comparación con respecto a su dedicación a la diplomacia. Son de tal década sus óperas Marco Aurelio (1681) dedicada al emperador filósofo; Servio Tullio , a la memoria del rey etrusco (1686); Alarico il Baltha, cioè l’audace re de Gothi (1687); en 1688, Niobe, regina di Tebe , y en 1689 Henrico Leone (Enrique el León; en sajón: Heinrich der Löwe), famoso por su oposición a su primo el emperador Federico Barbarroja.

La gigantesca actividad de Steffani mereció su integración a la Academy of Ancient Music de Londres con carácter de miembro vitalicio y honorario. El propio George Friedrich Haendel reconoció la influencia de su antecesor mediante óperas como La superbia d’Alessandro (1690), que motivó directamente su propia ópera Alessandro , en 1726.

Música imposible. Steffani escribe para seres míticos y asexuados; el drama del personaje le es ajeno, en tanto la música por sí misma adquiere un rol protagónico que resume el divismo. El ejecutante deviene en técnico de la vocalidad sofisticada, de una terrorífica capacidad melismática, en ocasiones inacabable; en fin', de la musicalidad sin nombre. Acaso sea esta la causa de que la obra de nuestro personaje haya permanecido en el olvido durante tanto tiempo.

La labor de Cecilia Bartoli es la del supremo inquisidor, que exhuma y exorciza. Cuenta para ello con una capacidad diafragmática sin parangón en la historia documentada y con un dominio de la emisión que no recuerda antecedentes en los anales de la lírica.

Ejemplos ineludibles del despliegue de sus ya míticas cualidades son las interpretaciones de Mie fide schiere, all’armi! , y de Svenati, struggiti, combati, suda , de las óperas I trionfi del fato y La libertá contenta , respectivamente. En ellas se ratifica como irrepetible y absoluta mezzosoprano de coloratura de todos los tiempos, haciendo alarde de su increíble dominio del fiato y de una agilidad vocal sin precedentes, combinadas con sobreagudos en intervalos de quinta y octava, de afinación perfecta y rigurosa.

Al finalizar su misión revivificadora –“misión imposible” para quien no sea la diva de estos tiempos–, Bartoli ha llevado la paz, la unión y el equilibrio a las almas errantes de los contemporáneos de Steffani, que acaso esperaban a la encarnación de la diva –tres siglos después– para volver a la tierra a alcanzar la iluminación bajo el influjo de su voz.

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