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Desigualdades que no son fantasmas

Actualizado el 12 de abril de 2013 a las 12:00 am

Datos precisos en la matrícula son imperativos para eliminar distorsiones

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Desigualdades que no son fantasmas - 1
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Confieso que no fue idea mía llamarlos “estudiantes fantasmas”. Quien usó primero ese calificativo fue el Ministerio de Educación Pública (MEP) en un comunicado de prensa de enero de este año, cuando anunció los resultados de la auditoría que detectó la inflación de matrículas. A partir de ese momento, nos interesamos en el tema y, tras un exhaustivo análisis, antes de publicar los tres reportajes sobre alumnos fantasmas, conversamos ampliamente en dos ocasiones con el ministro de Educación, Leonardo Garnier, sobre la dimensión del problema y sobre cómo distorsiona la distribución de recursos para educación pública.

La primera vez nos reunimos el 6 de marzo. No llegué con ninguna sorpresa a su oficina porque, de antemano, su jefe de prensa sabía de qué le iba a hablar. Incluso, por medio de él, le envié, la tarde, antes de la reunión, una hoja de Excel en la que le exponía los resultados de un primer análisis que habíamos realizado.

Yo había comparado los números de matrícula inicial del MEP, a febrero del 2011 (suministrados una semana antes por la Dirección de Estadística del MEP) con los de alumnos en escuelas y colegio públicos, encontrados por el Censo 2011. Lo hicimos así porque la auditoría del MEP solo se hizo sobre una tercera parte de las escuelas y colegios del país; no a la totalidad. Nosotros queríamos saber cuál era la dimensión nacional del problema. El Censo, hecho por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), siempre nos pareció la mejor base de comparación para determinarlo.

Esa mañana, en mi computadora, le mostré que en ese primer ejercicio la diferencia entre la base de matrículas del MEP y la del Censo era de 59.684 alumnos. Le expliqué también cómo extraje y procesé los datos de las bases de datos del INEC. Ante ese primer cálculo, Garnier exteriorizó preocupación porque yo no estaba considerando que, para mediados de 2011, cuando el INEC efectuó el censo, ya muchos de esos estudiantes habían desertado. Me dijo que ese año, después de vacaciones, en las escuelas el porcentaje de abandono fue de 0,8% y en los colegios de 4,8%. Acepté su sugerencia de que sería más preciso hacer el análisis considerando la deserción de medio año para aproximar mejor la cantidad de alumnos que, según los registros de matrícula del MEP, estaban en los centros educativos cuando los censistas hicieron el conteo. Incluso me dijo que, según sus estimaciones, la inflación de matrícula andaba entre 4% y 5% del registro total. Volví a pedir los registros de matrícula y la Dirección de Estadística me envió unos datos con los que realicé de nuevo el análisis. Confirmé que eran ciertas las cifras de deserción dadas por Garnier, o al menos eso reflejaban los nuevos datos de matrícula.

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Con los números nuevos hice otra vez la comparación y esta vez hallé una diferencia de 40.818 estudiantes de más en centros públicos, un 6% más respecto del total de alumnos que había en la base de datos del MEP: 735.546.

Al ver ese número, recordé el comunicado de prensa emitido por el MEP que decía: “En general, se encontró que en primaria había una sobreestimación promedio de la matrícula de casi un 2%, lo que representaría casi 10.000 estudiantes de más si se calcula respecto a la matrícula total. En secundaria, las inconsistencias eran mayores, pues el exceso de matrícula detectado fue, en promedio, de casi un 8%, lo que representa casi 29.000 estudiantes si se calcula con respecto a la matrícula total”. Al MEP, extrapolando los resultados de una auditoría a la tercera parte de los centros educativos les sobraban 39.000 estudiantes, un número muy cercano al que yo, con el análisis a partir del censo, y para todo el país, encontré: 40.818.

Como es lógico preguntarse cuánto le costaba eso al país, cuántos recursos –incluyendo docentes y comida– se estaban asignando mal por esta alteración, pedí a la Dirección de Planificación del MEP la inversión promedio por estudiante. Pero no solicité solo el dato general, sino el desglose en formato digital con el detalle, rubro por rubro, de todos los costos directos e indirectos por estudiante que utilizó el Ministerio para presupuestar la inversión en educación en 2011.

Los analicé detenidamente y, de hecho, en una segunda conversación que tuve con el director de Planificación, decidí no usar la estimación del monto inicial a 2011, sino la final, que es la que realmente se invirtió ese año en total y por alumno. Así se calcularon los ¢1,2 millones promedio destinados a cada estudiante de primaria y secundaria tradicional que derivaron en ¢49.000 millones al multiplicarlo por los alumnos fantasmas.

Mantener infladas las cifras de matrícula genera una sobreestimación del presupuesto y repercute directamente en la distribución de los recursos, en la misma proporción.

Como le dije al ministro Garnier en nuestra segunda reunión del 2 de abril (donde tampoco hubo sorpresas porque le expuse en mi computador el detalle de los números que iba a publicar), yo no partí de la base de que esos ¢49.000 millones se los debería de ahorrar el país o que debía invertirlos en otra cosa que no sea educación.

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Le dije que podrían repartirse mejor en comida, en asignar mejor a los docentes para que estén en lugares donde sí existe la cantidad real de alumnos que los necesitan y no en centros donde los grupos son más pequeños de lo debido por la alteración de los registros.

Sobre la omisión censal, le pregunté al señor Arodys Robles, director del Centro Centroamericano de Población, si debí considerarla para determinar la cantidad de estudiantes en centros públicos y hacer la comparación con la matrícula del MEP. Me dijo: “No, lo que ustedes tienen en el análisis son características que no sabemos cuántos de estos (los no censados) tienen, ni hay manera de saberlo. La distribución de esas características personales probablemente no esté tan concentrada como para que afecte los resultados. Este es uno de los buenos censos. Tiene un nivel de precisión que no tiene ninguna otra fuente”. No quiero gastar más espacio y tinta. La próxima vez me gustaría invertirlos en describir cómo un sistema electrónico, que incluya nombre completo y cédula de cada alumno, se usa en la totalidad de las escuelas y colegios del país para enviar los reportes de matrícula que el MEP recibe.

Y cómo con esos datos, más precisos de los que hoy utiliza el Ministerio, se eliminan las distorsiones que hoy generan desigualdad en un derecho ciudadano tan vital como la educación.

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Hassel Fallas

hassel.fallas@nacion.com

Editora Unidad de Inteligencia de Datos

Dirige la Unidad de Inteligencia de Datos. Máster en Periodismo Digital de la Universidad de Alcalá de Henares. Tiene una especialización en Estadística y otra en Business Intelligence del Instituto Tecnológico de Costa Rica. 

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