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EDITORIAL

Desencanto e indiferencia

Actualizado el 05 de febrero de 2013 a las 12:00 am

El comportamiento de los jóvenes, en cuanto al ejercicio del sufragio, no difiere mucho del resto de la población, según la encuesta de Unimer para La Nación

No cabe duda de la holgada mayoría aún dispuesta a acudir a las urnas, pero tampoco del deterioro de la disposición a votar

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La mitad de los electores convocados a las urnas en el 2014 tienen menos de 37 años. De ellos, también la mitad pregona su indiferencia frente al proceso electoral. Sin embargo, la intención de abstenerse no es mayor que en el resto de la población. En consecuencia, la actitud del electorado juvenil no presagia un aumento en el abstencionismo en relación con los comicios del pasado reciente, pero tampoco promete devolvernos a los bajos niveles históricos.

En el pasado, la quinta parte de la población se abstenía de votar. La estadística nos llenaba de orgullo. El sufragio implica un fuerte grado de identificación con la democracia. En el 20% del abstencionismo histórico, como en la cifra de los comicios recientes (alrededor del 30%), hay un contingente de votantes que habría acudido a las urnas si las circunstancias se lo hubieran permitido. La enfermedad, los viajes, el vencimiento de la cédula y otros factores alejan a un porcentaje de ciudadanos cuya voluntad no habría sido abstenerse.

En consecuencia, no cabe duda de la holgada mayoría aún dispuesta a acudir a la cita electoral, pero tampoco del deterioro de la disposición a votar. La pregunta es si el fenómeno es específicamente juvenil y, en consecuencia, se proyecta hacia el futuro como particular motivo de alarma.

El comportamiento de los jóvenes, en cuanto al ejercicio del sufragio, no difiere mucho del resto de la población, según la encuesta hecha para La Nación por la empresa Unimer. Entre ellos, hay más ciudadanos indiferentes, pero muchos menos votantes desilusionados. La cantidad de jóvenes indiferentes ronda la mitad, pero solo la tercera parte se declara desilusionada. Entre los mayores de 40 años, la indiferencia es menor porque la reemplaza la desilusión, que alcanza cifras superiores al 40%.

No hay lugar para el alarmismo, sobre todo si los datos se comparan con los de otras democracias, incluso las más avanzadas, pero el problema merece seria consideración, no para rescatar a la juventud, sino al electorado en su conjunto. A fin de cuentas, la indiferencia es menos mala que el desencanto y, si bien las mayorías aún comprenden la importancia de ejercer el sufragio, es preciso frenar la erosión de la voluntad de participar.

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En las actitudes individuales de jóvenes y mayores intervienen factores personales. Parte de la indiferencia juvenil puede deberse al hecho de que los jóvenes están ocupados construyendo sus vidas, y los mayores, desilusionados, ya han tenido tiempo para sufrir desencantos. Sin embargo, no escasean los factores objetivos y propios de la práctica política, capaces de producir ambos estados de ánimo.

La corrupción es uno de ellos y su impacto sobre la credibilidad de las instituciones, comenzando por el sufragio, es innegable. El flagrante irrespeto a la ley, desde la promulgada para regular el tránsito hasta las más altas normas relativas a la organización del Estado, también empuja en la dirección del descrédito.

La demagogia y la inconsecuencia son claramente identificables en la práctica política nacional, caracterizada por la debilidad de los partidos y la volubilidad de sus principios y programas. El producto es la parálisis cuyo máximo exponente es el primer poder de la República.

La repartición de privilegios, públicos y privados, a costas del erario, se suma a una mala adjudicación de la carga de deberes para generar situaciones injustas cuyo inevitable resultado es el desencanto, abonado, además, por un Estado que crea expectativas sabiéndose incapaz de satisfacerlas. Abundan ejemplos del vicio de ganar puntos políticos mediante la creación y ampliación de derechos sin prever los medios económicos necesarios para hacerlos eficaces en la práctica. El destino de esos “derechos” es convertirse en expectativas insatisfechas y motivos de frustración.

La enmienda es una tarea urgente para reconstruir la buena disposición de la ciudadanía y fortalecer las instituciones democráticas cuya existencia no nos hace inmunes a la frustración, pero nos libra de males mayores.

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