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Dejémoslo para después

Actualizado el 11 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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John Boehner, el presidente de la Cámara, afirma que está exasperado. “En algún momento, Washington tiene que lidiar con su problema en cuanto al gasto”, dijo el miércoles pasado. “Los he visto posponer este asunto durante los 22 años que he estado aquí. Ya basta de esto. Es hora de actuar”.

En realidad, Boehner necesita refrescar su memoria. Durante la primera década de su tiempo en el Congreso, el Gobierno de los Estados Unidos tenía muy buen desempeño en el frente fiscal. En particular, la proporción entre la deuda federal y el producto interno bruto (PIB) era un tercio menor cuando Bill Clinton salió de la presidencia que cuando la asumió. Fue cuando George W. Bush llegó y desperdició el superávit de Clinton en recortes de impuestos y guerras desfinanciadas que la perspectiva del presupuesto de nuevo empezó a deteriorarse.

Pero ese es un asunto secundario. El punto clave es este: si bien es cierto que eventualmente necesitaremos una combinación de aumentos en la recaudación y recortes de gastos para controlar el crecimiento de la deuda del Gobierno de los EE. UU., por mucho este no es el momento de actuar. Dado el estado en que nos encontramos, sería irresponsable y destructivo no posponer ese asunto.

Empecemos con un punto básico: recortar el gasto del Gobierno destruye empleos y causa que la economía se encoja.

Esta, en realidad, no es una propuesta debatible en este momento. Los efectos de contracción que tiene la austeridad fiscal se han demostrado en estudio tras estudio y están abrumadoramente confirmados por experiencias recientes, como por ejemplo la severa y continua depresión en Irlanda, el país que durante un tiempo fue exaltado como brillante ejemplo de políticas responsables. También hay que mencionar el giro del gobierno del primer ministro David Cameron a la austeridad, que descarriló la recuperación de Gran Bretaña.

Hasta los republicanos admiten, si bien lo hacen selectivamente, que los recortes de gastos golpean al empleo. De ahí que John McCain advirtiera a principios de la semana pasada de que los recortes en la defensa programados para tener lugar obligatoriamente en el presupuesto federal, causarían la pérdida de 1 millón de empleos. Es cierto que los republicanos a menudo parecen creer en un “keynesianismo armado”, una doctrina según la cual el gasto militar y solo el gasto militar crea empleos. Pero eso es, por supuesto, un sinsentido. Al hablar de pérdidas de empleos debido a recortes en la defensa, el Partido Republicano ya ha admitido el principio del asunto.

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Sin embargo, ¿no es cierto que los recortes en el gasto (o los aumentos de impuestos) cuestan empleos independientemente de cuándo tienen lugar y por eso bien podemos apurar el trago amargo ahora mismo? La respuesta es no. Dado el estado de la economía de los EE. UU., este es un momento particularmente malo para la austeridad.

Una forma de ver esto es comparar la situación económica actual con la atmósfera que prevalecía durante una ronda anterior de recortes en la defensa: la gran desaceleración del gasto militar a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, posterior al fin de la guerra fría. Esos recortes en los gastos destruyeron empleos, también, con consecuencias particularmente severas en lugares como el sur de California, que dependían en gran medida de contratos para la defensa. En el ámbito nacional, sin embargo, la política monetaria palió los efectos: la Reserva Federal redujo las tasas de interés más o menos junto con los recortes en gastos, con lo que ayudó a alentar el gasto privado y a minimizar el efecto adverso general.

Hoy, en contraste, todavía estamos viviendo las repercusiones de la peor crisis financiera desde la Gran Depresión, y la Reserva Federal, en el esfuerzo por combatir la caída, ya ha recortado las tasas de interés tanto como puede; es decir, las ha dejado básicamente en cero. Por lo tanto, la Reserva no puede mitigar los efectos destructores de empleos causados por los recortes en el gasto, que golpearían con toda la fuerza. El punto, de nuevo, estriba en que, por mucho, este no es el momento de actuar; la austeridad fiscal debería esperar hasta que la economía se haya recuperado y la FED pueda de nuevo amortiguar el impacto.

Pero, ¿no está EE. UU. encarando una crisis fiscal? No, de ninguna manera. El gobierno federal puede tomar prestado más barato que en cualquier otro momento en la historia y los pronósticos a mediano plazo, como las proyecciones a 10 años que la Oficina de Presupuesto del Congreso dio a conocer el pasado martes, son claramente nada alarmantes. Sí, hay un problema fiscal de largo plazo, pero no es urgente que resolvamos ese problema a largo plazo ahora mismo. La supuesta crisis fiscal existe nada más en las mentes de personas en Washington que tienen acceso a información privilegiada.

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Sin embargo, aunque pospusiéramos los recortes en gastos por ahora, ¿no sería algo bueno si nuestros políticos de manera simultánea se pusieran de acuerdo en un plan fiscal a largo plazo? Claro que sí. También sería bueno que tuviéramos paz en la Tierra y fidelidad marital universal. En el mundo real, los senadores republicanos dicen que la situación es desesperada, pero no lo suficientemente desesperada como para justificar siquiera un centavo más en impuestos adicionales. ¿Da esto la impresión de que se trata de gente dispuesta a alcanzar una gran negociación fiscal?

Hablando en forma realista, no vamos a resolver los asuntos fiscales estadounidenses de largo plazo en el futuro inmediato –lo que está bien, pero no es lo ideal– y nada terrible va a ocurrir si no arreglamos todas las cosas este año. Mientras tanto, encaramos la amenaza inminente de daño económico severo debido a recortes de gastos de corto plazo.

Por lo tanto, debemos evitar el daño posponiendo el asunto. Esta es la forma responsable de actuar.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía del 2008.

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