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Defendamos nuestra democracia

Actualizado el 20 de junio de 2012 a las 12:00 am

En las democracias modernas los que fallan son los hombres, no el sistema

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En ningún país del mundo la democracia funciona como todos quisiéramos que funcionara, situación que fomenta corrientes negativas diversas y, asimismo, aparatosas confusiones. De estas últimas, la más frecuente en nuestro medio la encontramos en el analista que no distingue la diferencia entre funcionario público y sistema político. Entonces, como el funcionario falla, no es por su incapacidad, torpeza o desviaciones que la democracia no marcha bien, sino porque “el sistema político colapsó, no funciona, no existe”, tal y como lo ha expresado recientemente mi apreciado periodista Édgar Espinoza.

En las democracias modernas los que han fallado son los hombres, no el sistema. Teóricamente, como están constituidas (con sus tres poderes y demás instituciones y sus partidos políticos) deberían funcionar bien, pero lo hacen bastante mal. Y esto, como lo expreso, no es por el sistema, sino por los que lo representan. “Fallan los hombres, no la democracia”, dijo hace bastantes años, acertadamente, Mario Echandi.

Ataques conservadores. En consecuencia, cuando analizamos lo que está sucediendo, no ataquemos al sistema, porque uno mejor no se ha inventado hasta el momento. Son los grupos más oscuros y conservadores los que atacan fuertemente a los tres poderes representativos de la democracia, a los partidos políticos y al sufragio popular, y fueron, esos grupos, los que insistieron en suprimir toda clase de leyes e instituciones que les impedían una libertad completa y total en el campo de las empresas, bancos y toda clase de transacciones bursátiles. Y fueron, finalmente, esos grupos los que han causado las grandes crisis mundiales que padecemos, con su trágico resultado, la desocupación masiva y la desaparición, casi total, de las clases medias.

Hoy, en todas las democracias del mundo, se ha iniciado el retorno a la primitiva división social: ricos muy ricos y pobres muy pobres. Marchamos hacia la edad media, pero no como producto del sistema, sino de un grupo que lo asaltó, pretendiendo robarse todas las riquezas del mundo y, además, la sana y necesaria ilusión por la vida democrática, justa y pacífica.

Esos grupos destruyen la democracia y piden un Gobierno de fuerza, elegido por ellos y no por el pueblo. Un Gobierno sin responsabilidad alguna que solo responda a sus propios intereses.

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Por eso, cuando leo que insistentemente reclaman contra el Gobierno representativo, libremente elegido por el pueblo, y piden que se instale uno de facto, junta de gobierno o dictadura “y haga lo que hay que hacer y detenga ya este río revuelto que nos está matando”, como pide Édgar Espinoza, solo cabe admitir, o que son tan ingenuos que piensan que tal cosa puede ser posible resguardando las libertades públicas, o tan conservadores que se unen conscientemente a esos sectores y que son, cabalmente, los que han terminado con toda clase de conquistas sociales: la estructura de bienestar general que se logró como consecuencia de los partidos políticos orientados hacia el socialismo democrático, y la educación y la salud universalizadas, derechos que han costado a los pueblos ríos de sangre.

Vacío político. Édgar, además, propone que para integrar su junta de gobierno se escoja “gente intachable y sin ninguna militancia política”, propuesta que carece de sentido porque, en una democracia, no existe, ni deben existir, ciudadanos sin militancia política, que es lo que Édgar llama neutrales... En un intercambio de pareceres –que no fue polémica– que sostuve con él hacia varios meses por Internet, me manifestó que era neutral, porque esa debe ser la posición del centro de todo periodista, confundiendo, al parecer, objetividad con neutralidad.

Objetivo sí, pero ¿neutro? Por eso, en aquella ocasión, le manifesté que me explicara lo que quería decir con neutral y cómo se puede vivir en la neutralidad. El me contestó que, desde su punto de vista como periodista, “lo de neutral siempre lo había visto como el “centro” que hay que guardar principalmente en materia política”. Entonces ya no le contesté más porque me lo había dicho todo. Pertenecer al centro es formar parte del vacío político, de la nada en cuanto a ideologías, principios y fines. El centro es el punto muerto de la política, algo que no existe ni existirá jamás. “Yo no he sabido nunca que alguien haya muerto gritando: ¡Viva el centro!”, decía en una ocasión el político conservador español Manuel Fraga Iribarne.

Pero vamos a otra propuesta de Édgar al solicitar a doña Laura, “que sin necesidad de que se lo pidan o insinúen dé un paso al costado y deje los comandos del poder en manos del mejor equipo humano posible”. O sea, que lo que está proponiendo es que rompa su juramento constitucional y traicione a quienes la eligieron, traicionando asimismo a la patria. Esto es una falta de respeto, tanto para ella como para el país. Porque esa no puede ser jamás una solución. Solamente existe una forma de condena a un gobernante, en el sistema democrático, y es el voto popular. En gran medida, los que ganan y pierden elecciones son los gobernantes.

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Es procedente resaltar que, en esta campaña contra el Gobierno de doña Laura hay, además, un machismo embozado. A muchos les revienta que una mujer haya sido electa como presidenta de la República cuando, en verdad, deberíamos de estar sumamente orgullosos porque nuestra democracia dio un paso hacia delante, de grandes proporciones, al reconocer el derecho indiscutible de la mujer a elegir y ser elegida. Esto, algunos, no lo perdonan todavía.

Análisis desapasionado. Aparte de mi militancia política, porque no soy ni seré jamás neutral, pienso que deberíamos analizar desapasionadamente todo lo que está sucediendo en el mundo con relación a la política y sus perjudiciales efectos en las políticas particulares de los países, para no atribuir irresponsablemente formas de actuar que los suprapoderes imponen a los Gobiernos, consecuencia de una pérdida casi total de las respectivas soberanías. Dentro de las circunstancias apuntadas, yo pienso que doña Laura actúa bien, con firme responsabilidad. No hemos retrocedido en materia económica y se nos acredita internacionalmente como un país en marcha, que avanza. Reconozcamos esto y defendamos a nuestro Gobierno y no le imputemos, por oportunismo político, errores, desfalcos y desviaciones que se han cometido en otros Gobiernos y que hasta ahora se están descubriendo y denunciando.

Si en algún momento de nuestra historia se ha necesitado la unión de todos los ciudadanos alrededor de un gobierno, podemos pensar que ese momento es el actual.

Por patriotismo y por necesidad de supervivencia, ayudemos y, sobre todo, defendamos nuestra democracia que, a pesar de la relatividad de las obras humanas, sí funciona.

Pero no formemos corro con los que atacan la institucionalidad democrática porque les estorba para su deshonesta especulación financiera mundial.

Como en armoniosa y responsable familia, unámonos todos los costarricenses alrededor de nuestro Gobierno –olvidando rencillas pasajeras– porque el ataque que recibimos del exterior es exterminador y brutal, sin principios ni moral.

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