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Declaratoria de guerra

Actualizado el 20 de abril de 2013 a las 12:00 am

Les declaro a los malos costarricenses una guerra frontal, implacable e insidiosa...

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Declaratoria de guerra

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Declaratoria de guerra - 1
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Declaratoria de guerra - 1

Este no es un artículo “lindo”. Con ello queda usted, amigo lector, “alvertío” (como decían, bellamente, nuestros campesinos). Está a tiempo de pasar la página y leer algo más gratificante.

El viernes 1.° de marzo, a las 10:32 p. m., fui al centro comercial Momentum en Pinares, Curridabat. No suelo frecuentar este tipo de mercados-fortificaciones-catedrales-peceras-manicomios. Pero resulta que me gustan las tostadas francesas de Denny’s –las mejores del mundo– y cedí al antojo. Tenía que desplazarme en silla de ruedas, pues me recuperaba de un quebranto físico. El lugar reventaba de vehículos. Una visión digna de Trafic , de Jacques Tati. Pero eso no importa. Absurdo sería esperar camellos o carruajes en un parqueo. Así que di el hecho por normal. Busqué los espacios reservados para las personas discapacitadas. Todos estaban tomados por carros desprovistos de la señal de discapacidad. Ustedes saben: el “vivazo”, el “buchón” tico: bien conocemos a este peculiar espécimen zoológico. Giré y regiré durante media hora, esperando en vano que se liberara un espacio.

Interpelé a uno de los invasores: “Señor, por favor, yo tengo problemas para caminar, y usted está ocupando el lugar que me corresponde”. Me miró hostilmente, y sacó pecho.

Por toda descripción diré que era vagamente humanoide, sin duda un primate, pero no creo que llegase a homínido. “¿Qué es la vara? ¿Quiere que me jale? ¡Pues venga, quíteme!” –fue su respuesta (más bien su eructo, su rugido)–. Siempre he creído que King-Kong es un monito encantador, y su muerte en el Empire State sigue, al día de hoy, sacándome lágrimas.

Pero este tipo de simio es, por el contrario, altamente peligroso, y conviene evitarlo. Así que continué dando vueltas. Los guardas no fueron capaces de imponer orden. Pidieron instrucciones a una autoridad superior –especie de anónima, misteriosa entidad kafkiana–, y no resolvieron nada. Terminé por parquear el carro a 200 metros, en una especie de cráter volcánico desprovisto de iluminación, y caminar hasta mi destino. Resultado: una transfusión y varios días de reposo.

¡Qué mal me conoce quien crea que yo voy a callar ante una atrocidad de tal estofa! ¡La denuncio, la condeno, y la expongo hasta los últimos confines del planeta! Durante las semanas siguientes me aboqué a la metódica tarea de ir todas las noches al lugar, para ver si los espacios para discapacitados estaban libres.

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Lo crean ustedes o no, ni una sola vez encontré mi campo –ese que me pertenecía por derecho– desocupado. Algún antropoide se había apoderado del lugar, de manera desvergonzada, perfectamente irrespetuosa de las limitaciones del prójimo.

Procedí a tomar nota de los números de placa de todos los carros, y del día y hora exacta en la que sus dueños cometieron la infracción. Reforcé la inspección llevando testigos. Entregaré todos los números a la Dirección General de Tránsito. Aquí mismo tengo, bajo mis ojos, la lista entera de las placas (¡cuarenta y ocho!). La faz en sombra del tico. Nuestro Mr. Hyde, el tenebroso licántropo que nos habita. El bicho incivilizado, egoísta, irrespetuoso, desconsiderado, territorial, el rufiancillo que, por desgracia, constituye la mitad de nuestro ser.

Ahora vamos al punto. No escribo esto para solicitar, rogar, negociar, o “crear conciencia” de nada. Exijo, que es diferente. Y les declaro a ustedes, malos costarricenses, una guerra frontal, implacable e insidiosa. ¿Les quedó claro? ¿Me estoy expresando de manera suficientemente diáfana? Como en toda guerra anunciada, voy a tener la caballerosidad de decirles lo que pienso hacer, de revelar, tal los ajedrecistas de antaño, mi “jugada sellada”.

Volveré al lugar. Ignoro quién toma las decisiones en este ámbito. ¿Es un rey, un alcalde, un emperador, un pontífice, un munícipe, un gobernador, el Príncipe Elector del Palatinado, el Conde-Duque de Olivares, el Cardenal Richelieu? Me importa un rábano, un pepino, un pito y... sí, todas esas cosas que no se pueden decir públicamente. Pero quienquiera que sea: sepa usted lo siguiente.

Si vuelvo a encontrar un espacio para discapacitados ocupado por uno de esos patanes que le infligen dolor a la gente con su inconciencia y su matonería, procederé de esta manera: 1-. Ahí mismo llamo a la prensa y a las cámaras de televisión para que reporten el atropello. Ya he contactado a periodistas prestigiosos –y temibles– para este efecto: correrán a exponer la irregularidad. 2 -. Publicaré los números de placas de los usurpadores y tagarotes. 3-. He hablado con la vicealcaldesa de Curridabat sobre este punto, y garantizo –repito: garantizo– que les cierro el local, por incumplimiento de la ley, y por violación a los derechos humanos (el primero de los cuales, les recuerdo, es la salud). 4 -. He recogido firmas entre las comunidades de personas discapacitadas (llevo 3.828) para boicotear la operatividad de este lugarejo, jungla donde prevalece el músculo del gorila, y las nociones de solidaridad, compasión y civilidad son pisoteadas. 5-. Haré las gestiones con la Dirección General de Policía de Tránsito para que les metan grúas. ¡Feos, feos bichos, monstruos mecánicos armados de tenazas, no precisamente diseñados para atraer clientela! 5-. Me encargaré de que el centrito comercial sea expuesto ante todo el país como un modelo de irrespeto cívico, de selvática brutalidad, donde los guardas están pintados en el viento, y las órdenes provienen de una entidad acéfala, inabordable, innominada... ¿Existirá siquiera? ¿Será alguna quimera, un ser fantasmal, una especie de ectoplasma?

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Falta de civilización. La incultura de ciertos ticos. Su falta de modales. Su endémica proclividad para desacatar instrucciones, ignorar señales, transgredir normas. No hay país civilizado, hoy en día, donde los símbolos –universales e inequívocos– de la discapacidad física no sean observados. Solo aquí nos creemos en el derecho de pasárnoslos por... Sí, por ahí. ¡Nosotros, siempre tan especiales, tan diferentes del resto del mundo!

Repito el nombre del centro comercial: Momentum. Ahí se los dejo. De nuevo, ignoro quién o quiénes son sus dueños. ¿Que si los estoy amenazando? ¡Huy, qué inteligentes: “cactaron” rápido el “concecto”! ¡Ya lo creo que sí! Sé que un centro comercial es un espacio privado, no una vía pública, pero les van a entrar las grúas: ¿quieren apostar? ¡Un ejército de ellas! Nadie, nadie, nadie –¿me oyen?– va a impedirme a mí, ni a persona alguna en silla de ruedas, el acceso a un lugar a punta de patanería.

Los derechos de la persona discapacitada se cuentan entre las cosas más celosamente protegidas hoy en día: es un tema sensible, grávido de implicaciones éticas, legales y humanas: no les aconsejo jugar con él.

En el momento en que me plazca, llegaré, sí. Con el único propósito de verificar si los espacios reservados están libres. En guerra avisada no muere soldado... a menos de que ustedes así lo quieran. Me tiraron un cachiflín, yo les respondo con ojivas nucleares.

Archívese, ejecútese.

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