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Cumplir sesenta

Actualizado el 05 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

En el silencio interior está la posibilidad de trascenderse

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Al cumplir sesenta años puedo confesar, con Neruda, que he vivido. Hace sesenta años mi mamá se encontraba visitando a mi papá en el Hospital San Juan de Dios, quien acababa de sufrir una operación, cuando sintió los dolores de parto. No tuvo que ir lejos, la trasladaron a otro piso. Así me recibieron en el hogar que ellos habían formado.

Mi madre hasta la fecha me sigue prodigando su amor y se preocupa por mi bienestar igual que cuando era niño. Mi padre ya no nos acompaña, pero dejó la impronta indeleble de sus valores y principios en mi conciencia. Mi segunda gran bendición ha sido el hogar que yo formé.

Ha sido una vida intensa de descubrimientos personales, en la cual he podido percibir a la muerte no solo como la eventualidad ineludible de todo ser vivo, sino como cercanía de una posibilidad que se puede materializar repentinamente. Así, he aprendido a disfrutar este misterio con mayor intensidad.

También me he percatado de grandes avenidas de significado, de crecimiento. Estos incluyen el amor, la belleza y la verdad, como caminos independientes y poderosos, pero que se entrelazan y se vuelven caras de una misma realidad, donde la verdad es bella, la belleza, verdadera, y la realidad última, el amor, radiante de belleza y verdad profunda.

Así, existe el camino de la compasión y la devoción, el favorito de muchos; pero también la búsqueda y expresión estética es norte para algunos; mientras que otros se adentran en los misterios científicos y filosóficos. Ningún camino es superior a otro ni debe perseguirse de modo exclusivo, pero la naturaleza de cada cual tiende a favorecer algún método de crecimiento.

Todos, a su vez, tienen un patrón común: provocan el silencio interior para, mediante la concentración en el momento, realizar la tarea de la mejor manera. En estos momentos de silencio y creatividad se crece, pero también se descubren dimensiones de paz, gozo y serenidad que invitan a continuar adentrándose para experimentar la espiritualidad de la vida y percatarse de sus significados precisamente en la trascendencia catapultada por el silencio interior.

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Otros buscan el silencio directamente en lo que se conoce como la oración de contemplación en la tradición cristiana y la meditación en las tradiciones orientales. El camino directo. El silencio como objetivo de trascendencia de una conciencia refleja, consciente de su observación gozosa, contemplación que absorbió al contemplante.

En contraposición al camino de ascenso directo, pero también al silencio fruto de la triada de caminos de acción (búsqueda y práctica de la estética, verdad y compasión), están los desvíos: estos son los del mínimo esfuerzo. Además de la maldad y la auto-destrucción, evidentes rutas hacia el desasosiego e intranquilidad interiores, están los desvíos más sutiles. Sutiles por cuanto frecuentemente se disfrazan de motivaciones superiores.

Un conjunto grande de estos se concentran en torno a las infinitas posibilidades de la vanidad, las cuales abarcan incluso los propios senderos espirituales. Otro grupo tiene al miedo como denominador común, el cual desencadena acciones negativas o paraliza la acción. Por su parte, el hedonismo tiene fronteras complejas de descubrir, pero el ascetismo también las puede tener. Por eso, la vida es un descubrimiento constante.

La contraposición de caminos de crecimiento o los desvíos del engaño se conocen por sus efectos en la paz interior, nunca mediante el diálogo bullicioso interno, el cual corresponde normalmente a las rutas de desvío. En definitiva, en el silencio interior está la posibilidad de trascenderse, y en la trascendencia, la manifestación de la unión, de la comunión con sustratos significantes, mientras que en las trampas de los desvíos se asientan la separación y el aislamiento, la antítesis de la comunión. La vida como búsqueda de significado mediante el tránsito de vías trascendentes.

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