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Comentario de Ceremonial del Macho Cabrío

Crítica de teatro: El último lugar de la dignidad

Actualizado el 13 de abril de 2014 a las 12:00 am

Comentario de la obra Ceremonial del Macho Cabrío

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Crítica de teatro: El último lugar de la dignidad

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Cinco monolitos nos reciben sobre el escenario del Teatro de La Aduana. Están plantados en el suelo como guardianes de un lugar que parece inhóspito para la vida. Dos bancas y unas gradas que conducen a “¿quién sabe dónde?” terminan de configurar el espacio escénico del Ceremonial del Macho Cabrío , espectáculo a cargo de los chilenos de la Compañía Nosotros.

Pronto entendemos que ese lugar es un cementerio. Allí, los muertos han interrumpido su descanso eterno para discutir un asunto delicado, a saber, que serán desahuciados porque sus allegados del “más acá” dejaron de pagar las cuotas del camposanto. La posibilidad de terminar amontonados en una fosa común los moviliza.

Domingo, Pedro, Lincoyán y Rosa son unos muertos paradójicos porque ya estaban un poco muertos en vida. Y ahora, cuando lo están del todo, el miedo a perder su última dignidad los revitaliza. Somos eternos, pero no tenemos dónde vivir la eternidad, explica uno de ellos. Amenazados por el rigor de una economía de mercado capaz de reglamentar hasta el “más allá”, estos muertos se aprestan a dar la batalla.

En la obra, los muertos interrumpen su descanso eterno para discutir un asunto delicado; ellos serán  desahuciados del camposanto.  | FOTOGRAFÍA: CORTESÍA PRENSA DEL FIA PARA LN.
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En la obra, los muertos interrumpen su descanso eterno para discutir un asunto delicado; ellos serán desahuciados del camposanto. | FOTOGRAFÍA: CORTESÍA PRENSA DEL FIA PARA LN.

Sin embargo, a pesar de esta atractiva promesa, en este punto el espectáculo comenzó a avanzar en espirales. Por momentos, las conversaciones de alto vuelo parecieron defender más la exposición de ideas que la progresión de la trama.

Este hecho, sumado a las variantes en el registro coloquial de los personajes (expresiones y fonética del habla popular chilena), hicieron que en ciertos pasajes la palabra se convirtiera en rumor, más que en sentido.

La promesa de una batalla campal se fue apagando hasta transformarse en un cuadro monolítico. Las réplicas ingeniosas de Lincoyán (el boxeador venido a menos) o Rosa (la improvisadora de versos) aligeraron la parsimonia del conjunto.

Las intervenciones de un coro (cuatro personajes accionando a la usanza del teatro clásico griego) dinamizaron los focos de atención y aportaron musicalidad con letanías y canciones.

Y es aquí –cuando la fábula moría y el parlamento de los difuntos marchaba hacia “¿quién sabe dónde?”– que un payaso irrumpió en escena, buscando un Salvador.

Este punto de giro empujó los acontecimientos hacia su clímax. Domingo (el profeta doblemente suicida) se arrojó a la fosa común al reconocer que ni era profeta ni tenía más fuerzas para luchar. De la misma forma lo había resuelto cuando estaba en vida. Un chivo expiatorio en tiempos de crisis. Nada mejor para calmar la ansiedad de los que temen morir o, como en este caso, terminar de morir.

El Ceremonial del Macho Cabrío nos habló de la vida con la muerte como pretexto.

Lo hizo a partir de una escenografía inamovible –por no decir “rígida”– y de una paleta de colores cargada de grises, negros y marrones que pudo verificarse tanto en el vestuario como en el maquillaje. También lo hizo con capas sonoras pregrabadas y proyecciones de video que no aportaron sentidos adicionales al conjunto.

El trabajo actoral se fundamentó en una consistente caracterización de los personajes. La gestualidad, el manejo de la voz y la variedad de recursos expresivos evidenciaron a un elenco con trayectoria que no dejó de batallar para sostener la vitalidad del texto.

Con el Teatro de La Aduana a plena capacidad, los chilenos propusieron un espectáculo que no terminó de engranar todos sus ámbitos formales. Un texto muy pendiente de sí mismo quizás sea una forma de explicarlo. Por lo demás, esta ceremonia teatral nos plantó en la cara el duro reto de vivir en los últimos territorios de la dignidad, esos mismos en los que los despojos de lo que fuimos aún valen por los recuerdos que logramos dejar.

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