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Crítica de teatro: Corto de entendimiento

In albis. Tal vez haya mérito en dejar perplejo al crítico.

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En la puesta en escena, dirigida por la joven actriz y dramaturga Elvia Amador, de su propio monólogo, ¡Qué roja está la luna! , llevado a las tablas de la nueva sala del Teatro Universitario (TU) el fin de semana anterior, creí vislumbrar que la autora proponía un atisbo, desde lo que podría ser una perspectiva feminista actual, a las vivencias íntimas del personaje de María, amante y víctima del protagonista epónimo de Woyzeck , pieza teatral formada por una serie de fragmentos dramáticos escritos por el poeta y dramaturgo alemán Georg Buchner en 1837, pero recién estrenada en 1913.

Woyzeck ocupa un lugar importante en la historia del teatro porque la discontinua estructura episódica de la acción escénica narrada en los fragmentos ejerció una influencia significativa en la dramaturgia alemana y europea del siglo XX. Woyzeck fue el último estreno del TU y mi crítica del montaje se publicó en la página cultural de Viva el 9 de octubre.

Involucramiento. Para el espectador común y hasta para el crítico, que alguien definió, no sin ironía, como un “espectador profesional”, una obra teatral debe explicarse a sí misma. En esa destreza consiste mucho del arte del dramaturgo, es decir, es fundamental que en su transcurrir la obra teatral reúna, exponga y complete la información indispensable y proporcione el contexto necesario para que el espectador se involucre con el acontecer escénico.

No obstante, hay piezas teatrales en las que el contexto deber ser suplido por la dirección y el montaje, pero el involucramiento del público con lo que ocurre sobre el escenario siempre es imprescindible en la experiencia teatral. De otro modo, cuando falta ese interés, se levanta una barrera entre espectadores y actores que impide la comunicación o, en su grado máximo, la comunión entre unos y otros, de la que surge el goce estético específico del arte de la representación teatral.

Esos requisitos dramatúrgicos, elementales y obligatorios para que se produzca el vínculo anímico distintivo del hecho teatral, faltaron en ¡Qué roja está la luna! , y, para mí, incluso con el referente de Woyzeck en la memoria, el monólogo se desarrolló, durante poco menos de una hora, en una especie de vacío descontextualizado que hacía incomprensible la relación entre el texto, la acción dramática y el personaje de María.

Actuación. Al parecer, para el papel de María, María Antillón y la directora intentaron un acercamiento al modo expresionista de actuación, que se caracteriza por el empleo de gestos estilizados y rituales, pero no percibí en el juego corporal de la actriz sugerencias metafóricas sino una sobreactuación típica de principiantes.

Tampoco sentí que la actriz hubiera internalizado el texto, en el que no encontré mayor atractivo literario, y su forma de decir atropellada y dicción poco clara dificultó la comprensión.

Aditamentos. La sugestiva música incidental compuesta por Carlos Escalante realzó el momento dramático y, junto con la sencilla escenografía abstracta de Gabrio Zapelli, me pareció lo más logrado del montaje: esta consistió de una tela blanca que descendía de lo alto del foro y se ensanchaba hasta cubrir todo el escenario; a un costado, colgaba un espejo circular que quizá simbolizaba el hijo de María y Woyzeck.

¡Qué roja está la luna! transcurrió frente a ese fondo blanco, iluminado con luz neutra por Leonardo Torres, salvo ocasionales efectos que parecían insinuar el resquebrajamiento psicológico del personaje.

Publicación. Si el lector tiene interés, ¡Qué roja está la luna! se ha publicado en la colección Tinta en Serie, que recoge dramaturgia costarricense contemporánea. A la obra impresa sigue una exégesis de la psicoanalista Ginette Barrantes, prosélita de la escuela lacaniana de psicoanálisis, cuya lectura es, para mi corto entendimiento, todavía más impenetrable que el texto de Elvia Amador.

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