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Crítica de danza: Movimientos para denunciar

Actualizado el 24 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Bueno: El elenco de la obra cumplió a cabalidad

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                         Selma Solórzano utiliza la historia de Augustine para solidarizarse con las mujeres de nuestros días.  Selma Solózano p/LNRetrato.
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Selma Solórzano utiliza la historia de Augustine para solidarizarse con las mujeres de nuestros días. Selma Solózano p/LNRetrato.

Augustine es la reciente creación de la bailarina y creadora Selma Solórzano, quien para la presentación de esta coreografía contó con el apoyo del Programa Proartes, el Teatro Universitario, de la Universidad de Costa Rica, y el Taller Nacional de Danza.

Solórzano dirigió a seis intérpretes con el interés de escenificar la historia de Augustine, una mujer del siglo XIX, paciente de Jean Martin Charcot, neurólogo francés, padre de la psicopatología, quien identificó la histeria como enfermedad. Además, el montaje pretende destacar la fuga de la protagonista, como metáfora, en homenaje a muchas féminas que todavía están luchando para huir de situaciones que las oprimen.

El elenco de Augustine estuvo integrado por tres bailarines, quienes encarnaron diferentes facetas de Augustine: Natalia Herra (yo), Vanessa de la O (“super yo”), Tatiana Sánchez (ello). José Montero asumió el papel de Jean Martín Charcot, así como Néstor Morera y Estefanía Madrigal interpretaron al médico y la enfermera del hospital.

La plástica del montaje gozó de una unidad conceptual. Esto se dio gracias al aporte de Juan Carlos Abarca, quien resolvió la escenografía de manera eficiente con buena economía de recursos. De igual forma, el diseño del vestuario creado por Rolando Trejos proporcionó referencias adecuadas en los trajes de los personajes.

Augustine contó con una banda sonora confeccionada a partir de diferentes piezas de autores como Krzysztof Penderecki, Silvestre Revueltas, Franz Schubert, Alberto Ginastera y Astor Piazzolla, masterizada por Otto Castro. Del mismo modo, las luces que diseñó Allan Calderón dieron buenos efectos de ambientación, los cuales permitieron resaltar las fotografías de Esteban Chinchilla.

A nivel compositivo, en toda obra, el movimiento tuvo un lugar destacado. Cabe mencionar que con este trabajo, Solórzano da un paso firme en la composición ya que logra, con el potencial de los cuerpos, crear su discurso dancístico con coherencia. Aborda el espacio sin temor y permite que el espectador observe el dominio técnico de su elenco. No obstante, en relación al ritmo, hubo una tendencia a crear atmósferas de mucha acción, lo cual resultó agotador. Esto mismo sucedió con el tratamiento de las tres Augustine; en ellas no se sintió con claridad cada faceta, faltó diferenciarlas en las secuencias.

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Por otra parte, en el ámbito de la interpretación, el elenco lució su talento corporal mediante dinámicas y complejas resoluciones coreográficas. Todos los intérpretes (actor y bailarines) abordaron el espacio con proyección, mantuvieron buena energía y el perfil de sus personajes.

Un aspecto que me parece innecesario en este montaje es la inclusión del videoarte de Jurgen Ureña, titulado Augustine , el cual generó un corte dentro del lenguaje que Solórzano había estado desarrollando durante la obra. Este recurso, interesante y bello en sí, crea una ruptura y resulta distractor; demás, el hecho de que la pantalla en la que se proyectó tenga que levantarse de nuevo para dar espacio al desenlace de la coreografía interfiere en el ritmo del trabajo.

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