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Crítica de cine: ¿Hombre o mujer?

Actualizado el 29 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Albert Nobbs: Códigos masculinos

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                         Glenn Close encarna a una mujer obligada a vestirse y comportarse como hombre.  Cine Magaly para LNDilema.
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Glenn Close encarna a una mujer obligada a vestirse y comportarse como hombre. Cine Magaly para LNDilema.

He aquí una película para mostrar cómo la maleabilidad de la conducta humana puede ser parte de una vida ingrata en términos de sensibilidad. Si se me permite el vocablo, estamos ante un filme para hablar de la “miserabilidad” humana.

Su título es Albert Nobbs (2011), cinta dirigida por Rodrigo García para lucimiento personal de la buena actriz Glenn Close.

Dicha actriz encarna –para el cine– el personaje que tuvo en los teatros hace un tiempo. El director estructura una puesta escénica direccionada siempre hacia su personaje, sujeto en contradicción consigo mismo, con el cual Glenn Close hace gala de su arsenal histriónico. Tal es el sostén narrativo del filme y de su propia expresión visual.

La acción sucede en Irlanda, en plena época victoriana, siglo XIX, cuando el Reino Unido alcanza su esplendor económico y la moral burguesa se convierte en el único paradigma ético aceptable.

En un momento dado, una mujer (Close) se ve atrapada por una realidad que la violenta. Ella se disfraza de hombre para poder trabajar y sobrevivir en una sociedad codificada con términos masculinos.

Su condición social de “hombre” se le convierte en especie de cárcel que le niega, incluso, su sexualidad.

Como mujer, su nombre no interesa. Vale el del “hombre”: ella es el señor Albert y labora como camarero en un viejo hotel con aires aristocráticos.

Entre quienes visitan el hotel y la servidumbre que los atiende se manifiesta una especie de microcosmos social de la época. Es algo así como ver la sociedad irlandesa de entonces por medio de un microscopio e ir al drama.

Lo que sucede (en contra de la película) es que su director no se adentra en la historia ni en sus personajes con agudeza dramática. Su visualización y su narración pierden fuerza, aunque, justo es reconocerlo, no hay pérdida de coherencia interna.

Rodrigo García no se atreve a ahondar en los dilemas de las subtramas ni en lo que sucede existencialmente con su personaje principal: la mujer obligada a esconder lo femenino.

Esto genera negaciones en los deseos amorosos de dicho personaje. Sin ser exactamente superficial, tanto con el retrato de época como con el de personajes, la película suaviza su tensión dramática y el conflicto.

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Diría que el filme está escrito con buena letra, pero le hace falta rasgar el papel. Su personaje Albert es taciturno, sufriente, íntimamente lacerado y en contradicciones constantes, pero la película prefiere navegar por aguas más mansas, con algunos oleajes ocasionales, pero sin que la tormenta estalle con rigor o con fuerza.

La fotografía y la música son expresivas, de acuerdo, pero el argumento se hace lento sin ser aburrido, porque se alarga más de lo debido, sin explosiones narrativas ni ganchos emocionales.

Las actuaciones, el decorado y el vestuario cumplen muy bien: son fortalezas del relato. Al final, tenemos una película que pudo ser mejor y no lo logró; sin embargo, mantiene su calidad en un nivel bastante aceptable, tanto así como para recomendarla.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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