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Crítica de cine: G.I. Joe: El contraataque , solo para fans

Actualizado el 02 de abril de 2013 a las 12:00 am

Cobra ataca' Los G.I. Joe vuelven

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Crítica de cine: G.I. Joe: El contraataque , solo para fans

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La película G.I. Joe: El contraataque (2013), dirigida con cierto malabarismo por parte del estadounidense Jon Chu, viene ahora matizada por la tercera dimensión, lo que parece ser un mecanismo recurrente con ciertos refritos y con ciertas secuelas para esculcar el bolsillo del espectador, a ver si salen unos cuantos dólares más.

Está claro que, en este caso, se trata de una secuela del filme del 2009, titulado G.I Joe: El origen de Cobra , dirigido por Stephen Sommers. Dicha cinta se basaba en personajes de figuras bélicas de juguete. Por ahí viene la procesión. Se refiere a un escuadrón élite del ejército de Estados Unidos enfrentado a la maldad de Cobra, cuyo héroe principal era Duke.

Digo “era”, porque –en esta secuela– a Duke lo sacan pronto de enredos mayores y de enredijos menores. Muere a la segunda batalla de manos del propio ejército de Estados Unidos y por orden del presidente de ese país. Solo que ese presidente no es, en realidad, el presidente.

Esa especie de galimatías no se puede resolver aquí, con este comentario, porque nos pondría a contar todo el argumento. Lo cierto es que con la muerte de Duke, quien queda fuera de la pantalla grande es el atractivo actor Channing Tatum, lo que han de lamentar muchas jovencitas espectadoras.

Eso no es lo malo. Lo peor es que quien asume el control de los acontecimientos, al frente del escuadrón protagónico, es un soldado llamado Roadblock, encarnado por ese mal actor conocido como La Roca, o sea, Dwayne Johnson, quien insiste en ponerle rostro de lechuguita tierna a su personajes duro de matar. Es más fácil creerle al gato de Shrek cuando ronronea.

Con la presencia inexplicable de Bruce Willis, con un papel más corto que un mordisco a una manzana y mucho más desabrido o insípido, se va conformando una trama cuyo relato, si es que existe y lo entendemos bien –¡tan confuso es!– va a puros mecos y balazos por doquier.

Se puede salvar una bien lograda secuencia de acción en las montañas, entre vacíos de vértigo asegurado y picos nubosos, entre cimas y simas. Se trata de una bien lograda persecución con el arte del malabarismo, la habilidad de los dobles y la afinada truculencia visual del cine contemporáneo. No más.

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El filme se agota con su acción rutinaria, menos sangrienta de lo previsible, especie de violencia higienizada, pasada por lavado en seco. No hay creatividad ni con el necesario tratamiento de lo narrado: el filme se consume a sí mismo en una especie de fascículo coleccionable de ínfima categoría.

El relato avanza a trompicones, con más barullo y desconcierto que otra cosa. La música solo explota como los bombazos en pantalla y la fotografía no aporta nada: es igual en lo borrosa e imprecisa. Digámoslo de manera más fácil: la película entera se resiente con su artificiosa construcción y con la debilidad de su propuesta. Es solo para fans de verdad muy fanáticos.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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