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Crisis existencial republicana

Actualizado el 17 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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                         El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, dijo la semana pasada que las negociaciones para salir del problema fiscal eran un asunto en marcha. Aún persisten diferencias entre republicanos y demócratas. | EFE
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El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, dijo la semana pasada que las negociaciones para salir del problema fiscal eran un asunto en marcha. Aún persisten diferencias entre republicanos y demócratas. | EFE

Estados Unidos no tiene una crisis por deuda. Es importante poner esto en claro porque sigo viendo artículos acerca del “despeñadero fiscal” que, en realidad, lo describen –a menudo en el título– como una crisis por deuda; pero no lo es. El gobierno de los Estados Unidos no tiene problema alguno en tomar prestado para cubrir su déficit. En realidad, los costos de crédito están cerca de niveles inferiores sin precedentes. Hasta el enfrentamiento sobre el techo de la deuda que se vislumbra para dentro de unos meses si de alguna forma se evita el caer por el despeñadero fiscal, no tiene en verdad que ver con deuda.

No; lo que se experimenta es una crisis política, nacida del hecho de que uno de los dos grandes partidos políticos estadounidenses ha alcanzado el final de un camino de 30 años. La grandiosa y radical agenda del moderno Partido Republicano está en ruinas, pero el partido no sabe cómo manejar ese fracaso y retiene suficiente poder como para causar daño inmenso cuando lanza golpes debidos a la frustración.

Antes de hablar acerca de esa realidad, vayan unas palabras con respecto al estado actual de las “negociaciones” sobre el presupuesto.

¿Por qué esas ominosas comillas? Porque estas no son negociaciones normales, en las que cada parte presenta propuestas específicas y el intercambio continúa hasta que las dos partes encuentran convergencia. Según todas las versiones, los republicanos no han ofrecido nada específico. Afirman que están dispuestos a recaudar $800.000 millones en ingresos públicos mediante el cierre de portillos, pero se rehúsan a especificar cuáles portillos cerrarían; exigen grandes recortes en el gasto, pero los recortes específicos que han estado dispuestos a aplicar ni se acercarían a producir los ahorros que exigen.

Se trata de una situación muy peculiar. En efecto, los republicanos dicen al presidente Obama: “Presente algo que nos haga felices”. Como es comprensible, él no está dispuesto a entrar en ese juego. Por esto, las conversaciones están entrabadas.

¿Por qué no especifican los republicanos? Porque no saben cómo hacerlo. La verdad es que, en lo que al gasto se refiere, todo el tiempo han estado fingiendo, no solo en la última elección, sino durante décadas. Esto me lleva a la naturaleza de la crisis reciente del Partido Republicano.

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Desde la década de 1970, el Partido Republicano ha caído cada vez más bajo la influencia de ideólogos radicales, cuya meta es nada menos que la eliminación del Estado de bienestar social: todo el legado del New Deal (el Nuevo Trato) y la Great Society (la Gran Sociedad).

Desde el principio, sin embargo, esos ideólogos han tenido un gran problema: los programas que quieren matar son muy populares.

Puede que los estadounidenses asienten cuando uno ataca al gobierno grande en abstracto, pero apoyan enérgicamente la Seguridad Social, Medicare y hasta Medicaid. Entonces, ¿qué va a hacer un radical?

La respuesta, durante mucho tiempo, ha involucrado dos estrategias. Una es “mate de hambre a la bestia”: la idea de usar los recortes de impuestos para reducir los ingresos del gobierno y después utilizar el faltante de fondos resultante para forzar recortes en populares programas de bien social.

Cuando uno ve a algún político republicano que con apariencia piadosa denuncia el déficit federal, recuerde siempre que, durante décadas, el Partido Republicano ha visto los déficit presupuestarios como una característica, no como un mal funcionamiento.

Sin embargo, se puede argumentar como más importante en el pensamiento conservador la idea de que el Partido Republicano podría explotar otras fuentes de fortaleza –el resentimiento de los blancos, el rechazo por parte de la clase trabajadora al cambio social, hablar fuerte respecto a la seguridad nacional– para construir una abrumadora dominación política, punto a partir del cual se podría proceder libremente al desmantelamiento del estado de bienestar social. Hace apenas ocho años, Grover Norquist, el activista contra los impuestos, miraba alegremente hacia el tiempo en el que los demócratas estuvieron políticamente castrados: “Cualquier finquero le dirá que ciertos animales son inquietos y desagradables, pero que, una vez que se esterilizan, pasan felices y tranquilos”.

Bueno, ahora se ve el problema: los demócratas no hicieron el juego al programa y se rehusaron a darse por vencidos. Peor aún, desde el punto de vista republicano, todas las fuentes de fortaleza de su partido se han convertido en debilidades. La dominación demócrata entre los hispanos ha empequeñecido la dominación republicana entre los blancos sureños, los derechos de las mujeres han superado la política del aborto y el sentimiento contra los homosexuales; encima de todo esto, piense quién finalmente acabó con Osama bin Laden.

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Veamos dónde se encuentran los Estados Unidos ahora en términos del estado de bienestar social: lejos de matarlo, los republicanos ahora tienen que observar mientras Obama pone en marcha la mayor expansión del seguro social desde la creación del Medicare.

De tal modo, los republicanos han sufrido más que una derrota electoral: han visto el colapso de un proyecto que tenía décadas. Con sus grandiosas metas ahora fuera de alcance, literalmente no tienen idea de lo que quieren: de allí nace su incapacidad para formular exigencias específicas.

La situación es peligrosa. El Partido Republicano está perdido y no tiene timón; está amargado y enojado, pero todavía controla la Cámara y, por lo tanto, retiene la capacidad para causar mucho daño cuando se insolenta en la agonía del sueño conservador.

La mejor esperanza de los estadounidenses es que los intereses empresariales usen su influencia para limitar el daño; pero las posibilidades apuntan a que los años venideros serán feos, muy, pero muy feos. Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía del 2008.

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