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Crisis, desigualdad y recuperación

Actualizado el 16 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

No se debe caeren el error de recortar gasto público indispensable

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Es cierto que ningún enfoque en la disciplina económica, ni siquiera el de la ¨Economía Positiva¨, que lo proclama, está exento de juicios de valor. Menos aún la política económica. Pero entre esta afirmación general y la apreciación sobre casos particulares de planteamientos sobre la economía, hay un continuum que va desde análisis rigurosos, que explicitan supuestos siguen una metodología, hacen uso de evidencia empírica relevante al caso y razonan con rigor, hasta opiniones interesadas, llenas de sesgos ideológicos que se pretenden ocultar, y sobresimplificaciones del pensamiento del ¨oponente¨ para pegarle a un muñeco de trapo que es menos que una caricatura de lo que ha escrito o dicho ese oponente.

Paul Krugman. ¨Las falacias de Paul Krugman¨ de Juan Carlos Hidalgo (¨analista de políticas públicas del CATO Institute¨) es un clarísimo ejemplo de lo segundo. Nuevamente. Las preocupaciones de fondo de Paul Krugman, especialmente desde el desencadenamiento de la peor crisis económica en EE. UU. desde la Gran Depresión (1929), son fundamentalmente: ¿cómo hacer que la economía de EE. UU. (y la mundial) se recupere rápidamente, causando el menor daño posible, especialmente a las clases medias y pobres y restaurando las condiciones para facilitar la reducción de la deuda pública astronómica acumulada y los motores de crecimiento sanos para no recaer en algo similar? En este afán, Krugman ha investigado en profundidad, la historia económica de la crisis del 29, las recuperaciones de crisis menores posteriores, las propuestas de política económica actualmente sobre la mesa, las cifras y otros elementos relevantes de la situación actual, y junto con sus equipos de trabajo y contando con los informes de los ¨think tanks¨ más serios y neutrales, han evaluado la viabilidad real de cada propuesta, sus fortalezas y debilidades.

Sus 2 columnas semanales en el NYT, son síntesis simplificadas para un lector no especializado, de este laborioso trabajo. Para nosotros, la discusión de algo muy propio de EE. UU., es de mucho interés por el impacto que las acciones de los Gobiernos y empresas de ese país tienen en el nuestro, y porque Krugman debate temas cruciales para la teoría y la política económicas en general.

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“Dime de qué presumes'”. Hidalgo, que se atreve a llamar ¨falacias¨ lo que es objeto de discusiones intensas y serias en la academia y el mundo político en EE. UU., Europa, América Latina (posiblemente también en Asia y África), llena su artículo, ahora sí, de falacias, recordándonos aquello de ¨dime de qué presumes y te diré de qué careces¨.

Lo que Krugman sí ha afirmado es que, dada la baja tasa de inflación observada en EE. UU. (y Europa), las muy bajas tasas de interés a largo plazo de los mercados internacionales, la abundante acumulación de excedentes de las grandes empresas en EE. UU. y su baja tasa de inversión, lo que se está reflejando es una deficiencia de la demanda agregada, que es la variable verdaderamente relevante para la recuperación (no solo el consumo privado). Afirma que, si el peligro fuera de inflación, como dicen Hidalgo y sus aliados ideológicos, las tasas de interés a largo plazo, serían elevadas. Y no lo son. Por eso Krugman aboga, correctamente en mi opinión, por un mayor gasto público federal, necesario para la recuperación e impulso de las economías locales. La caída de la demanda global, por la crisis, ha sido tan drástica, que no solo las municipalidades están recortando los servicios a los que están obligadas, sino que algunas están por declararse en bancarrota. El aumento del desempleo y el agotamiento de los subsidios a él ligados, han deprimido los pequeños negocios y las economías locales. Con tasas de interés cercanas a cero y baja inflación, en una perspectiva keynesiana típica, sustentado en evidencia histórica, Krugman ha insistido que el estímulo en el corto plazo ha de venir del mayor gasto federal, para compensar la caída de la inversión privada, pues sin demanda efectiva, no hay suficiente mercado para los productos.

Restaurar la confianza. Ante estas circunstancias, medidas que redistribuyan el ingreso a favor de grupos medios y bajos, permitirían ampliar el mercado y restaurar la confianza para que las empresas puedan expandirse. Lo contrario, como propone la ortodoxia: reducir impuestos de las corporaciones, carece del impacto positivo necesario sobre la demanda agregada, al concentrarse más el ingreso (aún para los muy ricos, la capacidad de consumo tiene límites). En este escenario es muy posible que no aumenten las utilidades de los sectores productivos, pues ellas dependen del aumento de sus ventas, que sin mayor poder adquisitivo de los consumidores, sería muy débil. Los únicos posibles beneficiarios serían los sectores financieros y otros cuyas utilidades dependen menos de un mayor consumo interno.

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Pero quizá el tema más importante en esta discusión es el haber constatado que, con elevadísima frecuencia, políticos que pregonan ¨cerrar el déficit¨ y eliminar la deuda pública, por lo menos en las últimas tres décadas, son quienes más los han agrandado, pues han reducido los ingresos del Estado, mediante bajas de impuestos a los más ricos y han redistribuido el gasto público hacia gasto militar. Esto lo afirma no solo Krugman, sino David Stockman, director de Presupuesto del Gobierno de Ronald Reagan.

En Costa Rica tenemos algunos problemas similares y otros distintos. Entre los primeros, la insuficiencia de ingresos públicos y de distribución de la carga tributaria. Pero debemos admitir que también tenemos un problema de gestión del gasto (y de los ingresos), desde hace muchos años (con variaciones periódicas), que no debe obviarse. Pero de ninguna manera se debe caer en el error de recortar gasto público indispensable para invertir en todo lo que nos da: competitividad, estabilidad social y oportunidades de desarrollar el potencial creativo de una población que vive en un país que ha alcanzado grandes logros, gracias a políticas previsoras de largo alcance.

En un artículo anterior sobre elementos de la política económica, planteé, y ahora reitero, que esta actúa de determinada manera en ciertas ¨dosis¨, secuencia y circunstancias. Y produce resultados muy distintos en secuencias, dosis o circunstancias distintas, por lo cual, lo arriba dicho, no debe leerse como una manera de abogar por aumento continuo del gasto público. Es más bien una alerta contra el dogmatismo de toda índole, a sabiendas de que la política económica es mucho más compleja que cualquier modelo de análisis. Por eso no puede funcionar en ¨modelo automático¨ como pregonan los adoradores del libre mercado. Es una defensa de la acción del Estado, con los recursos necesarios y adecuados, en las ¨dosis¨ apropiadas, con los correctivos permanentes de concepción y de gestión, para acometer las acciones que mejor respondan a los desafíos de la coyuntura particular y a los principios de una sociedad realmente equilibrada, con generación de oportunidades para que sean aprovechadas mediante el esfuerzo personal y en la que nadie malgaste en lo prescindible, mientras a otros les falte lo necesario.

Pero si se insiste en recetas inadecuadas, ni los más fervientes defensores de que el crecimiento por sí mismo resolverá los problemas del desarrollo, verán sus intereses bien servidos.

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