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Creer en la música

Actualizado el 22 de enero de 2012 a las 12:00 am

Richard Wagner El músico formuló un misterioso ‘Credo’ que resume la doctrina de su creación

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                         (1882), de P.-A.   Renoir.Retrato de Richard Wagner
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(1882), de P.-A. Renoir.Retrato de Richard Wagner

¿Conocen ustedes la declaración de principios ético-musicales de un compositor occidental? De no ser así, permitan informarles de algunos elementos básicos: su autor es el más germano de los compositores, Richard Wagner, y se transcribe en su libro Ein deutscher Musiker in Paris (Un músico alemán en París), rara colección de relatos que vieron la luz en 1841 y que describen los años de permanencia del genio de Leipzig en la capital francesa.

La curiosa obra incluye los comentarios del compositor publicados en la Revue et Gazette Musicale, y un prólogo del compositor en que se indica: “[...] poco después del modesto entierro de mi amigo R., fallecido hace poco en París, me senté, conforme al deseo del muerto, a escribir la breve historia de sus penas en esta resplandeciente capital del mundo”.

Génesis de un extraño libro. La atípica colección de variopintos relatos incluye once narraciones bajo la denominación de Fatalidades parisienses para alemanes, entremezcladas con ensayos estéticos o paramusicales. Algunos de ellos llevan por título El artista y el público, El Stabat Mater de Rossini, Sobre la naturaleza de la música alemana y El virtuoso y el artista, así como el metafórico narrar de Un final en París, relato al que dedicaremos la atención principal.

El primero de los relatos no es parisiense pues describe un episodio de juventud: Una peregrinación a Beethoven, el que, sin embargo, parece ligarse en tiempo y lugar con la narración que nos ocupa.

El relato incluye el apócrifo episodio de una prisión por deudas que no parece admisible dentro del apretado recorrido autobiográfico de tales días, o que se traslapa con otros acontecimientos cronológicamente comprobados. Lo anterior ha llevado a los muchos recolectores biográficos de Wagner a tener dicho episodio por no ocurrido y a explicar su mención como un fácil recurso, “a lo Dickens”, para llamar la atención y atraer la piedad o la simpatía del incauto lector.

¿Quién es “R.”? No es clara la identidad de aquel a quien el narrador denomina “mi amigo R.”. La letra inicial parece corresponder a la del propio nombre del compositor. Biográficamente hablando, mucho se ha discutido acerca de dicho tema hasta concluir que los relatos sobre Beethoven y sobre el ignoto amigo “R.” son esencialmente diferentes en tiempo, lugar y estilo, pese a haber sido escritos ambos en un temprano 1841.

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Un final en París es un breve relato de una extinción progresiva; en su desarrollo se inserta el último deseo del moribundo “R.” Empero, al contrario de las postreras disposiciones patrimoniales de un legatario, “R.” realiza un testamento ético-musical que prologa con una parodia del Credo católico: “Creo en Dios Padre, en Mozart y en Beethoven”. Tal es su sorpresivo inicio.

La descripción imaginativa sobre el fallecimiento del desdichado R. parece reproducir la muerte de unas esperanzas más que la desaparición física de un sujeto en particular. A partir de esta conclusión, no hay duda de que las miserias sufridas por el compositor y su esposa Minna fueron reales y patéticas, y que este fue el verdadero “R.” que murió en París.

Empero, con ese tránsito parisiense se cierra una etapa claramente definida en la biografía wagneriana que equivale a la antesala de su éxito musical; para decirlo linealmente, fue su “paso atrás para el sucesivo salto hacia adelante”.

Creer en Dios Padre... Hablemos del Credo wagneriano: como declaración de principios –en este caso de una estética concreta pues utilizamos como tal la acepción hegeliana–, la proclamación de la doctrina es un compendio de dogmas. Ubicado cual generador de una nueva dogmática, postula ellos sobre su dedicación a un arte supremo: la Música.

Wagner afirma que, desde el principio de los tiempos –diríamos nosotros de las nacionalidades–, estaba escrito que "el italiano utilizaría la música para el amor, el francés para la sociedad, pero el alemán la cultivaría como ciencia". Quizá será mejor decirlo así, afirma el creador: “El italiano es cantante; el francés, virtuoso; el alemán', músico”.

Volvamos al Credo. En todo caso, las últimas palabras que el moribundo “R.” pronuncia establecen los límites de su Credo:

“Creo en Dios Padre, en Mozart y en Beethoven; en sus discípulos y apóstoles; creo en el Espíritu Santo y en la verdad del Arte, único e indivisible; creo que este Arte proviene de Dios y vive en los corazones de todos los hombres esclarecidos [']; creo que seré muy feliz gracias a la Muerte; creo que en la Tierra fui un acorde disonante que se resolverá, magnífico y puro, en el momento de mi muerte. Creo en un Juicio Final, en el que serán ignominiosamente condenados quienes degeneraron este sublime Arte y comerciaron con él, y creo que serán sentenciados a escuchar su música por toda la Eternidad”.

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Para completar su Credo, Wagner afirma lo que a estas alturas de la Historia nos resulta obvio: que la música de Mozart “dimana de su alma, divinamente pura”, y que, partiendo de tal génesis, Beethoven “no podría haber descendido de las esferas que integran el reino de la verdadera música”.

Wagner, ¿un acorde disonante? En un aparte, Wagner explica la razón de su dogmática escogencia: “En la música de Mozart, el lenguaje del corazón se convierte en delicioso anhelo; en la de Beethoven, el anhelo mismo no cesa de buscar, con atrevida arrogancia, lo infinito. En la sinfonía de Mozart predomina la plena consciencia del sentimiento; en la beethoveniana, la valerosa consciencia de la fuerza”.

El Iago del Otello de Verdi, en una profesión de fe que no cesa de recordarnos su ancestro nihilista, dijo que creía “en un Dios cruel, que me ha creado a su imagen y semejanza”. El intrigante personaje no contaba con la redención del sombrío Moro, feroz en su venganza, pero ingenuo en su suicidio. Por el contrario, Dios clemente creó a Mozart –su divino hijo– y a Beethoven, el descubridor del camino de vuelta al Elíseo.

El cumplimiento de un oráculo. ¿Adónde habrán ido Saint-Saëns, Tchaikovsky y Rachmaninov; adónde, Berlioz, Schumann o Puccini? ¿Habrán sido redimidos por una arrebatadora esencia, o una paradoja galáctica, las armonías terrenales de Kodaly, Brahms o del propio Wagner?

A manera de promesa, confiaremos en la palabra inspirada por Dios. Los que cumplan los cánones del Credo wagneriano han de verse transfigurados en brazos de la Armonía Universal, entre prados celestes y luces perfumadas y sutiles. Por el contrario, los que se encuentren a la izquierda del Divino, pero terrible Juez, serán arrojados al caos eterno, como castigo de su grosera y mercantil voluptuosidad. Esperemos el inexorable cumplimiento del oráculo.

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