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Contar historias

Actualizado el 16 de abril de 2013 a las 12:00 am

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Del éxito no se aprende, se aprende del fracaso. No por manida esta frase deja de ser cierta. Cuando nos estampamos, cuando la vida nos trata como un trapo sucio, entonces vienen las preguntas y tras las preguntas, intentan llegar las explicaciones. Cuando uno triunfa (¡peor si es a la primera!), ¿qué tiene que aprender, qué lección va a extraer? Es cierto que uno suele ser el primer sorprendido por un éxito fácil, pero nuestro amor propio, por insignificante que sea, tiende a convencernos rapidito: “Yo me lo merecía”. Nadie trata de explicarse un éxito, sería convertirlo en un fracaso. Lo bueno de esta frase es que es reversible: hacerse preguntas ante un fracaso es empezar a convertirlo en ganancia, en éxito. “Aprendí mucho”, es la respuesta del que no consiguió su objetivo, su objetivo primario ahora caduco.

Intentamos que nuestra vida tenga sentido. Queremos creer que todo pasa por alguna razón. El ser humano lleva muy mal el absurdo, el azar; es decir, el fatalismo: aceptar que las cosas salen como salen por puro capricho de una sádica ruleta universal. Los humanitos, cuando la vida nos sopapea, tratamos de pensar rápidamente que fue por algo. Y hacemos bien. A fin de cuentas eso de “éxito” o “fracaso” es también (como las explicaciones existenciales, religiosas o filosóficas) una construcción prodigiosa de nuestra imaginación ídem .

Por eso inventan cuentos los escritores, los guionistas. Una historia de cine en general se puede resumir así: alguien quiere algo, pero otro algo le impide conseguirlo. Si lo consigue a la primera, no hay película. Si lo consigue a medias o consigue un algo distinto al del punto de partida, entonces es bastante probable que el éxito o ganancia de la historia sea: y aprendió mucho. Los seres humanos solemos considerar el aprendizaje como una ganancia. Algunos incluso afirman que es de lo poco que nos llevamos más allá de la tumba. (Por cierto, si en la película no hay logro ni aprendizaje... es probable que la tenga que financiar la mamá del guionista.)

Muchas historias de cine se pueden considerar como la crónica de una herida. Cuando algo anda mal, cuando algo terrible acaece, cuando algo hiere en lo más hondo, urge contar una historia; urge enmarcar la desgracia dentro de un contexto; es decir, un espacio y un tiempo, poner las cosas en perspectiva. Es un primer paso para aquello de darle sentido. (Lo otro es echarse a morir, irse al rincón a llorar y lamerse las heridas. Y no está mal por un rato; de hecho, se aconseja sentarse a escribir con las lágrimas secas.)

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Antes se hablaba de la moraleja de la historia, el mensaje de la película. Hoy la gente tiene verguenza de usar esas palabras, quién sabe por qué, tal vez por modestia ante lo inexplicable. Hay autores que lo más que se atreven a postular es una pregunta; ya no creen en las respuestas. Pero algo quiere decir el cuentista si nos está contando una historia. Y en última instancia a lo mejor está diciendo que todo merece ser vivido si es para ser contado. Que éxito y fracaso son lo mismo, que qué más da locura o sabiduría; risas o lágrimas, final triste o feliz, todo termina. Y todo es carne de literatura.

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