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Consejo a los jóvenes de mi país

Actualizado el 21 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Renuncienal cinismo quecarcomelos huesos

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En muchos sentidos, un campus universitario es lo opuesto a un campo de guerra. En la universidad se promueve el disenso y el pensamiento crítico. En la guerra se promueve la uniformidad y la sumisión irreflexiva. En la universidad se defiende el derecho de cada quien a construir la vida que sueña. En la guerra se le impone el deber de entregar su vida por orden ajena. En la universidad se admira el pensamiento. En la guerra se admira la fuerza. En la universidad son héroes quienes obtienen buenas calificaciones y ayudan a sus compañeros. En la guerra son héroes quienes acumulan muertos y persiguen enemigos. La búsqueda de la paz quiere decir el anhelo por un mundo que se parezca cada vez más a un campus universitario, y cada vez menos al infierno de un conflicto armado.

No es casualidad que los principales aliados de la paz en Centroamérica fueran, precisamente, los estudiantes universitarios. ¿Por qué nos apoyaban los jóvenes más que sus padres? ¿Por qué nos defendían los estudiantes más que los jefes de periódicos o los analistas políticos? La respuesta se resume en un sentimiento, el cinismo. Es cínico quien cree que el mundo está compuesto únicamente por seres egoístas, y que cada quien debe cuidarse su propia espalda. Es cínico quien desconfía siempre de las intenciones ajenas, y sospecha que los demás ocultan una agenda perversa. Es cínico quien se burla del optimismo y de la esperanza. Es cínico quien cree que la paz es inalcanzable.

Tristemente, el cinismo es algo que adquiere la gente con los años. Requiere una cuota de cansancio. Exige un nivel de desencanto. Muchos se olvidan de los anhelos que abrazaban cuando recorrían los pasillos de una universidad. Muchos se olvidan de la pureza con que soñaban construir un mundo más justo y más humano. En el trajín de la vida cotidiana, renuncian a perseguir cometas y se conforman con la oscuridad que los rodea.

El cinismo nunca es necesario. Es posible envejecer sin renunciar al entusiasmo. Cuando me gradué de la universidad me llené de compromisos y responsabilidades adultas. Pero nunca abandoné mis sueños. Nunca me hice cínico. Nunca dejé que el pesimismo empañara mis esfuerzos. Nunca permití que me convencieran que en Centroamérica era imposible cambiar una historia de guerra por una de paz. Solo un soñador podía imaginar un futuro mejor para Centroamérica, cuando la región se desangraba en medio de un brutal conflicto armado.

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Algunos pensarán que los jóvenes no tienen suficiente madurez para pensar en cambiar el mundo. Tal vez. Pero John F. Kennedy tenía 29 años cuando fue elegido congresista. La Madre Teresa de Calcuta tenía 18 cuando ingresó a la Orden de las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto. Martin Luther King tenía apenas 35 años cuando ganó el Premio Nobel de la Paz. Mahatma Gandhi tenía 24 cuando inició la defensa de los derechos civiles de los ciudadanos indios que trabajaban en Sudáfrica. Ciertamente, no hay una edad para los sueños.

Les corresponde a los jóvenes descubrir cuál es la injusticia que los indigna. Cuál es el dolor que los conmueve. Cuál es la causa que los apasiona. Les corresponde determinar cuál es el equivalente, en su tiempo, de lo que para mí fue la guerra civil en Centroamérica. Les corresponde buscar su cruzada. Encontrar su quimera. Deben atreverse a escuchar sus propias emocio- nes y descubrir, en la lumbre del corazón, la llama que aviva sus sueños. ¡Hay en el mundo tantos molinos esperando quijotes, y hay también tantos quijotes buscando escuderos!

Aung San Suu Kyi. En el centro de Rangún, en la República de Myanmar, vive una mujer que durante más de veinte años ha luchado por la democracia y los derechos humanos de su pueblo. Su nombre es Aung San Suu Kyi, y necesita escuderos. Un monje de casi 80 años recorre el mundo predicando la paz y el perdón, y defendiendo a una pequeña nación en las faldas del Himalaya. Sus seguidores lo conocen como el Dalái Lama, y necesita escuderos.

Un obispo anglicano predica desde Sudáfrica la reconciliación y la tolerancia, en un país que durante décadas fue víctima del odio y la segregación racial. Su nombre es Desmond Tutu, y necesita escuderos.

Miles de jóvenes ocupan las calles de Egipto y de Siria, confundidos entre el fanatismo religioso y el afán de libertad. Miles de familias buscan rehacer sus vidas en Sudán, después de un genocidio que generó una ola arrolladora de refugiados. Miles de madres intentan conciliar el sueño en el temor de la guerra en Irak y Afganistán. Millones de niños padecen de hambre. Millones de jóvenes abandonan el colegio. Las injusticias son inmensas, pero también son inmensas las oportunidades.

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Debemos pedirles a los jóvenes que abracen la causa de la paz como una bandera. Que renuncien al cinismo que carcome los huesos. Que se lancen a construir su propia quijotada. Que persigan su ideal como a un cometa y que sean, para siempre, compañeros de viaje en la lucha de los sueños. En palabras de Jorge Debravo, “en el lomo del último horizonte / dejaremos la paz y la esperanza / como lunas inmensas, suspendidas / sobre odios, crepúsculos y almas”.

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