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Un Congreso que nos engrandezca

Actualizado el 23 de abril de 2012 a las 12:00 am

El país anhela y necesita de un Congreso que le genere esperanzas

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El perfeccionamiento de las instituciones democráticas debe ser una tarea constante. Requerimos una cultura de permanente evaluación, para que funcionarios y entidades públicas no desvirtúen sus propósitos y estén cada día mejor preparadas para responder, con la más alta calidad, a los requerimientos de una población que demanda más y mejores servicios. La democracia enfrenta hoy un reclamo de eficiencia; se cuestiona su capacidad para enfrentar y resolver las crecientes expectativas ciudadanas.

El Informe de 2011 del PNUD, respecto a los niveles de aceptación de la democracia en América Latina, muestra una disminución de 7% en el apoyo de los costarricenses a la democracia. Por otra parte, estudios de la Escuela de Matemáticas de la UCR, nos hablan de una dramática caída en los niveles de aceptación del trabajo parlamentario. Ante la expresión: “La Asamblea Legislativa no sirve para nada”, en 1988 el 28,2% de los encuestados se manifestaba de acuerdo, en 1998 el número subió a 49,8% y en el 2008 llegó a un preocupante 52,8%.

Las causas de ese desaliento son variadas, lo cierto es que no se puede seguir por el mismo camino, sería muy triste que un problema de “miopía política” o inadecuada lectura de la realidad sirva de caldo de cultivo para que los enemigos de la democracia encuentren espacio.

Los objetivos son varios:

k1. Recuperar la confianza. Es imprescindible contrarrestar el creciente distanciamiento entre ciudadanos y Congreso. El objetivo ha de ser que la gran mayoría de los costarricenses se sientan representados en el Parlamento, lo cual pasa por avanzar en las reformas electorales que permitan una elección más consciente y directa de los diputados, estimular mecanismos de transparencia, orientar el financiamiento estatal a los partidos hacia esquemas de debate de ideas, viabilizar instrumentos de revocatoria del mandato, entre otros.

k2. Reivindicar el principio de la buena fe y el valor de la palabra.

El principio de buena fe es un principio general del derecho que exige de probidad, de una conducta recta. Es lo que en materia deportiva se denomina el “fair play”. En Costa Rica el Código Civil, en sus artículos 21 y 22, indica: “Los derechos deberán ejercitarse conforme con las exigencias de la buena fe” “La ley no ampara el abuso del derecho o el ejercicio antisocial de éste.” La buena fe es un requisito básico para generar confianza y la confianza es necesaria para lograr acuerdos.

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k3. Elevar el nivel y la profundidad del debate.

Decía alguien por ahí que en este país existe un mar de opiniones, pero con un milímetro de profundidad. Lo malo es que con esa superficialidad se analiza, se decide y se camina. Nos falta rigurosidad para examinar los temas, se vive tan ocupado en lo intrascendente, que no se dedica el tiempo necesario a lo trascendente. Actividad no es lo mismo que productividad, no por mucho que alguien pase ocupado, está generando frutos. La ligereza y la superficialidad no son capaces de generar grandes productos. Debemos avanzar hacia un debate público más sesudo, de mayor altura, que privilegié el análisis serio, ello no solo será un filtro para los mediocres, sino un estímulo hacia mejores decisiones y resultados.

k4. Generar una cultura política de diálogo constructivo.

Los costarricenses están cansados de una forma de hacer política que antepone la confrontación, la mezquindad y el revanchismo a la búsqueda de soluciones. Para darle buen rumbo al país se necesita más que hígado, se necesita capacidad para edificar algo mejor.

Se impone madurez para anteponer los intereses del país a los intereses partidarios o sectoriales, de modo que sin renunciar a la crítica objetiva y sincera, seamos capaces de encontrar coincidencias y construir acuerdos.

k5. Garantizar la resolución oportuna y razonada de los asuntos pendientes.

El peor escenario por el que podemos optar es el de no decidir y eso es lo que parece haber escogido nuestro Parlamento. La agenda del Congreso está llena de temas que nunca llegan a resolverse, tanto en materia legislativa, como en el campo del control político.

Como parte de la solución promovemos 2 propuestas: La reforma de un artículo, quizás la más urgente, para establecer un plazo máximo a la resolución de todo asunto que ingrese al Congreso, sea de control o legislativo. Se trata de introducir criterios de racionalidad y oportunidad, no solo en términos de tiempo de resolución, sino también de calidad del análisis. Otro proyecto busca reestructurar integralmente el trabajo parlamentario, en orden a múltiples aspectos que requieren ser mejorados.

El país anhela y necesita de un Congreso que le genere esperanzas, que le estimule a pensar en grande y le haga sentirse orgulloso de su democracia.

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Buena parte del cambio ha de venir de su normativa interna: un buen reglamento puede estimular la excelencia, un mal reglamento puede fomentar la mediocridad.

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