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Chesterton

Actualizado el 25 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Optimista es el que os mira a los ojos; pesimista, el que os mira a los pies . G. K. Chesterton

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Chesterton - 1
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Chesterton - 1

Siempre es bueno considerar el pensamiento de personas que en su vida nos recuerden la virtud del trabajo constante, de la excelencia en el hacer y en el pensar, y de la alegría y el placer de vivir. Este es el caso de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), el príncipe de las paradojas, genial periodista inglés conocido por ser un “personaje bohemio y excéntrico, irónico y lúcido'” (Ayllón, José. Ciudadano Chesterton: una antropología escandalosa , pág. 15), quien en vida cultivó el ensayo, la narración, la lírica, el periodismo, las historias de viajes y la biografía.

I. Contrapunto. Leer a Chesterton es constatar la posibilidad y la realidad de la excelencia. Basta uno solo de sus breves libros o de sus comentarios periodísticos, para caer en la cuenta de que algunos telenoticieros, programas de televisión, resoluciones de consejos universitarios, opiniones y gritos de diputados, diputadas y dirigentes gremiales, constituyen una tortura de la que obtienen placer los habituados al menor esfuerzo y a las medianías mentales y emocionales.

Chesterton es la antítesis de esta mediocridad social reinante, que en nuestro medio se ha convertido en epidemia, como bien lo trae a colación don Julio Rodríguez en su columna del miércoles 22 de mayo.

II. La rebelión de Chesterton. Frente a los decadentes y pesimistas que al decir de este periodista dominaban la cultura de su época –algo semejante ocurre hoy–, él propone lo que llama una “teoría provisional” cuyo contenido define al explicar que “(') la mera existencia es lo bastante extraordinaria como para ser emocionante”. Cualquier cosa es “magnífica” comparada con el vacío cultural que nos envuelve, y aun la luz del día es un “sueño amable, no una pesadilla” si se le contrasta con maledicencia cotidiana (véase obra citada, pág. 41). Estas palabras expresan la rebelión de Chesterton frente a la cultura de su época, su decisión de no dejarse encarcelar por el espíritu débil, epidérmico e incongruente de los gurús socioculturales de su época, seculares o religiosos, en contradicción con los cuales sostiene que “la vida es tan preciosa como enigmática; que es emocionante porque es una aventura; y que es una aventura porque toda ella es una oportunidad fugaz” (Obra citada, pág. 87). ¡Cuánto mejor sería la vida si existieran menos dogmas, sectas y fanatismos, menos ideologías y manipulaciones!

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III. Compromisos y promesas. “El hombre (la mujer) que hace una promesa –continúa Chesterton su rebelión– se cita consigo mismo en algún lugar y tiempo distante. El peligro que esto conlleva es que no acuda a la cita” (pág. 66). En los días que corren, el riesgo del que habla Chesterton se ha convertido en una enfermedad; hoy, lo común es hacer promesas y no acudir a la cita, no cumplirlas, ser desleal y considerar todo esto como algo normal. Engañar y engañarse, mentir en suma, es algo que corroe el alma de las personas, en especial los más jóvenes e infantes. Muchos “personajes” de nuestros días desean los “placeres de los conquistadores sin los sufrimientos de los soldados” (pág. 66), son pusilánimes y agazapados trepadores que cuando se arrastran en el lodo se creen exitosos.

Pero Chesterton nos recuerda que “hay otra emoción que solo es conocida por el soldado que defiende su bandera, por el asceta en su alumbramiento espiritual, por el amante que entrega su libertad. Y es esta disciplina transfiguradora de uno mismo la que hace del compromiso algo verdaderamente inteligente (pág. 67) “Yo necesito sentir –dice– que me obligo con mis pactos; que mis juramentos y compromisos son tomados en serio (')” (pág. 70). ¡Cuánto bien se obtendría si cada ciudadano y ciudadana sintiera la obligación de que habla el periodista inglés!

IV. El hogar y el mundo. Y la rebelión de Chesterton alcanza una agudeza sobresaliente cuando en afán polémico –para él el periodismo es inseparable de la polémica bien fundamentada– contrasta el hogar y el mundo. “Fuera del hogar hay que aceptar las reglas estrictas de la empresa, el hotel, el club o el museo. Pero en la propia casa uno puede comer en el suelo si le apetece' el hogar no es el espacio domesticado y manso en medio de un mundo lleno de aventuras. En realidad es el sitio indómito y libre dentro de un mundo lleno de reglas y rutinas” (págs. 65-66).

La expresión de Chesterton exagera el contraste de modo deliberado –con afán polémico–, pero lo cierto es que para él tanto en el hogar como en el mundo es factible vivir la libertad y gozar la vida, y que en ambos lugares se observan experiencias negativas, autodestructivas, y limitaciones opresivas, plagadas de dogmas, hipocresía y violencias.

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Que no se apoyen en Chesterton los apologetas del conservatismo familiar.

VI. Verdad, nada y universo. Cuando el “príncipe de las paradojas” incursiona en terrenos poco habituales al discurrir cotidiano de las personas, llega a exteriorizar pensamientos que parecen dichos en el atribulado siglo XXI. Enfrentado con el tema de qué sea la verdad y qué lo falso, sostiene que “El hombre está hecho para dudar de sí mismo, no para dudar de la verdad, y hoy se han invertido los términos” (pág. 85).

Este diagnóstico se aplica a los inicios del siglo XXI, cuando se proclaman en lo más alto “verdades” de individuos, grupos e instituciones como si fuesen únicas y absolutas, y se olvida que a través del diálogo y los métodos racionales es posible alcanzar verdades comunes y sólidas, que trasciendan los frágiles feudos del egocentrismo personal e institucional. Esta observación es de mucha importancia para una sociedad como la costarricense, donde el debate ha sido sustituido por una colección de insultos, palabras que se dicen sin ton ni son y un carnaval de ideologías que, como bien sostiene el magistrado de la Sala Constitucional Paul Rueda “estupidizan a la gente”.

Finalmente, llevado a discurrir sobre temas cosmológicos, Chesterton presenta un argumento que parece escrito en diálogo con Stephen Hawking.

Decir que el universo es “algo que procede de la nada” –escribe– es creer en una “una inmensa inundación de agua saliendo de ningún sitio” (pág. 92). Chesterton no era científico, pero sí un periodista de sentido común y cultura enciclopédica, algo que, salvo poquísimas excepciones, brilla por su ausencia en nuestro país y en estos días de insulto y circo.

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