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Marjorie Ross

Celajes alucinados

Actualizado el 12 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Marjorie Ross

‘Duelo por la rosa’

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Marjorie Ross tiene definida claramente su trayectoria artística desde 1969 a la fecha. Siendo polifacética, evita ser ecléctica, sino que mantiene un ritmo creativo que se expresa en la poesía, principalmente, sin pertenecer –y eso la salva de disolverse en la nada existencial– a la generación del desaliento, sencillamente porque su meta como artista es el futuro, indemne a las modas, acertijos literarios, inclusiones o exclusiones académicas, que ya no dicen nada, sino que señalan ubicuas pertenencias.

De allí que la lectura de esta antología poética, casi completa, nos presenta a una escritora para quien el dominio de la palabra es una exigencia ética, un tacto, un hilo de comunicación establecido entre ella y sus lectores, pero sopesado por los intereses personales que se nutren de antiguas certezas, en ese ser eternamente identidad, pero mudando de rostro, y destino, en cada uno de sus libros.

No hay nada de vertiginoso en lo que ella escribe. Aunque no quisiera admitirlo, es hija de los propósitos de André Breton, en esa poesía fluyendo hacia alguna parte, con una victoria de una energía por sobre el sentido de la tristeza, casi conventual, que pareciera rodearla. No hay algarabía en su creación; más bien, el intento de atrapar celajes alucinados, galaxias reales y estrellas como abecedarios, para nombrar el cosmos interno y aquello que la rodea en las afueras del mundo.

Por eso, la secreta comunicación está matizada de visiones, algunas de las cuales producen urgentes metáforas, que la colocan en sitio privilegiado de nuestra historia lírica, en esa modestia que finge rodearla, pero que expresa la estrategia del caracol que sabe a dónde va con su carga.

Se ha dicho que es una poesía demasiado racional, y esto no es más que una guía para perplejos que dimana de la amplia cultura que la anima, desde cuando era una adolescente y leía a los grandes poetas del siglo XX en idioma inglés y compartía la severidad del buen lenguaje con el lenguaje frágil de las ocarinas, sobre todo en sus libros iniciales.

Su poesía –como la de otras poetas de su generación, muy pocas– parece casi translúcida, como proviniendo de Eunice Odio, Ninfa Santos y Ana Antillón, en esas vertientes que no se han estudiado todavía en nuestras historias literarias.

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Otro aspecto importante e interesante es esa visión que ella tiene, y que se expresa en sus diferentes libros, sobre lo que puede denominarse la soledad acompañada o amistad amorosa, desprendida manera de afrontar veleros en las nieblas y subirse para darle forma a su viajar agitado.

Esas sensaciones producen jaguares alados, espejos lunáticos, redes de letras, olvidos y nuevos recuerdos, todo percibido como si la poeta fuera una hechicera antigua, tan cercana a los versos y las pinturas prerrafaelitas, en ese ambiente de complicidad y misterio que define su oficio, abierto u oculto, pero siempre cálido como el vaho de antiguas antorchas.

Todo esto se afirma en su libro Conjuro al olvido , su obra madura del 2009, donde crea un sistema poblado de fantasmas, seres vivos, fragmentos de sucesos, jadeos, miembros desgajados, que dan muestra de lo que fue el siglo de los totalitarismos y los esfuerzos de millones de hombres y mujeres sacrificados por dar forma a utopías desvencijadas y a sistemas sociales construidos sobre la muerte. Este poema –una especie de Kadish que se transforma en aullido– es uno de los que habrá de quedar cuando se hagan antologías convincentes de la poesía costarricense, sin exclusiones odiosas.

Este libro es un acertado ajuste de cuentas con la historia, personal y colectiva, escrito con notable rigor, amplia visión política y uso certero del lenguaje moderno en su valor de ballesta contra un blanco expuesto en el horizonte. Sus poemas más recientes nos regresan a lo nuestro: la ciudad, la exclusión, los grafitis, la poeta vagabundeando por las calles, como esa imagen del uroboro, que se muerde la cola para saber que existe en su principio y su final.

El duelo por la rosa no será en Marjorie Ross una frase aleatoria. La rosa, roja, significa la victoria de la vida por sobre el olvido. En la belleza de su mensaje, este libro es un claro testimonio de una poeta que se inscribe dentro de las hijas de la Luna, esas creadoras que vagan entre la noche y el esplendor del Sol radiante.

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