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Carolina Ramírez: asombroso debut

Actualizado el 30 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Carolina Ramírezejecutó una brillante versión del Conciertode Ravel

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Carolina Ramírez: asombroso debut

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El viernes 19 de octubre recién pasado, en el Teatro Nacional, se presentó, acompañada por la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por su director emérito Irwin Hoffman, una pianista notable, una artista genuina, una talentosa jovencita de diecinueve años con una intuición, una capacidad técnica y una presencia de ánimo, mucho más allá de lo que cabría esperar de una debutante, o diría mejor, de cualquier profesional ante las circunstancias dadas. Sí, una debutante, pero una debutante calma y serena frente a una orquesta, obligada por acontecimientos muy poco comunes, pero ante todo dramáticos, dicho así, en superlativo sostenido mayor. Ella es Carolina Ramírez.

El concierto de la Sinfónica de esa fecha ofrecía, en la programación regular, a un pianista profesional costarricense para la ejecución del muy complejo Concierto para Piano y Orquesta en Sol Mayor, de Maurice Ravel. El solista invitado para esa ocasión canceló su participación cinco días antes de la presentación. Ante las dramáticas circunstancias la administración de la Sinfónica llamó a Alexander Sklioutovsky, ese notable pedagogo ruso, esa especie de brujo que, por primera vez en la historia musical de Costa Rica, está creando una verdadera legión de sólidos pianistas niños y jóvenes. El ruso y las rusas: Alexander, Tamara su esposa y Ludmila su cuñada, ya tienen quince años de vivir en nuestro país, y ojalá Dios nos los conceda por muchos años más.

Carolina Ramírez, mediante un trabajo ímprobo, se lanzó a la terrible responsabilidad de convertirse en una auténtica revelación con una brillante versión del Concierto de Ravel. Ramírez logró un gran dominio sobre las peripecias técnicas de la endiablada pieza con un sometimiento total de la sonoridad refinada del compositor francés. En prácticamente cuatro días de feroz trabajo, Ramírez montó el concierto. Lo habría leído, pero no lo había trabajado a fondo ni mucho menos memorizado. La compleja obra está diseñada dentro de la formula clásica de tres movimientos con una duración de unos treinta minutos. (Huelga decir que, por supuesto, Ramírez la tocó impecablemente de memoria).

Prodigiosos matices y ráfagas sonoras flotaron sin problema alguno en el característico estilo de esa obra creada cerca del final de la vida activa del compositor. Es verdaderamente asombroso el tour de force alcanzado por esta joven compatriota. La heroica actitud de esta jovencita costarricense es no solo una señal honda y alentadora del alma costarricense, sino una demostración de que con talento, voluntad y una sabia conducción, las grandes empresas y retos se pueden alcanzar plenamente en esta vida.

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Carolina Ramírez no abandona sus desafíos. Hoy, martes 30, volverá al Teatro Nacional para aparecer con un programa ciclópeo que incluye la Tercera Sonata de Beethoven y la monumental Sonata en Si Menor de Liszt. Menuda empresa, ¿Ah? Corramos al Nacional.

Las consecuencias inusuales de la tarea que se han impuesto los maestros rusos desde hace años en nuestro país, se han venido palpando con creces. En esta ocasión, su brillo fue deslumbrante. Sé, porque lo sé, que nuestra pequeña Costa Rica ha dejado perdido allá el que fue el tradicional “nadadito de perro” en lo relativo al arte musical. Se trata de un ejemplo incuestionable de coraje que nos sacude hasta en lo más hondo.

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