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Cambio y novedad

Actualizado el 23 de enero de 2013 a las 12:00 am

En sí, el mundono goza ni sufre, solamente accionay reacciona

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El tiempo constituye la sucesión de los procesos, y el espacio, el campo que requieren para producirse. Con las cosas, el tiempo y el espacio existen eternamente. Lo mismo puede afirmarse de las fuerzas que intervienen en los cambios y la evolución de las cosas. Las fuerzas nucleares, electromagnéticas, gravitacionales: todas ellas son eternas, no obstante que también se encuentren sujetas a cambio, y por ello mismo. Cambiando, el mundo produce lo nuevo constantemente.

Inmensa, fugaz, la existencia persiste cambiando, adquiriendo multitud de formas nuevas, complejas y sorprendentes. Afín a ella en su levedad y sutileza, la conciencia humana tal vez supera en complejidad a todo cuanto es, pero no sería sino por todo cuanto es, aun lo que a nuestro parecer resulta de valor ínfimo. Nosotros diríamos que no son leves, inasibles ni tenues el diamante y el acero, que las partículas cuánticas son muy complejas y que su simplicidad se refiere a su carácter elemental, que la potencia es relativa a nuestras propias fuerzas y debilidades y que la finitud y la inmensidad constituyen una apreciación igualmente relativa a las dimensiones humanas. Apenas guardaríamos como una analogía respecto a nuestra suerte, la fugacidad de algunos acontecimientos, y dejaríamos para el mundo el silencio y la eternidad.

Los atributos relativos se refieren a la sensibilidad de la vida, con la cual se originan en el mundo el placer y el dolor. En sí, el mundo no goza ni sufre, no siente, no escucha ni ve: solamente acciona y reacciona. Silenciosamente, el mundo deviene según los cambios de los elementos y sus encuentros y reacciones temporales. La substancia del mundo se mezcla, se compone y descompone de acuerdo a la oposición y afinidad de sus características estructurales y la alteridad esencial que la constituye. La transformación representa el aspecto fundamental de la existencia de lo que es eternamente: el ser necesariamente cambia, de otro modo, consistiría en algo eternamente inmóvil, unidad parmenídea absoluta sin posibilidad alguna de engendrar algo distinto y nuevo.

La alteridad de la substancia universal se refiere a la distinción cualitativa y cuantitativa de las partículas elementales, la diversidad de las velocidades de los movimientos de la energía, la diferente conformación de los espacios cuánticos y cósmicos, las diferencias entre los instantes de los minúsculos procesos atómicos y los grandes lapsos de la vasta evolución de los gigantescos sistemas galácticos. No obstante las proporciones enormes del universo y la infinitud de la eternidad, las formas que se producen son finitas y se reducen a las que conocen la geometría, con una preponderancia de la esfera y la elipsis. Son limitados también los productos de las reacciones químicas, por muy complejos que resulten.

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También los seres vivos manifiestan estas limitaciones: aunque las especies difieran tanto morfológicamente, todas ostentan parecido número de órganos y manifiestan conductas similares. Con la llegada del hombre, se abre campo la creación de su mente y sus manos y, con ella, la aparición de modos de ser nuevos: los conocimientos, las ideas, los números, los valores, los instrumentos de trabajo, las formas de organización social, las artes, el mal, el bien.

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