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Blacksmith -gate

Actualizado el 23 de junio de 2012 a las 12:00 am

Nuestros economistas no reflexionan sobre cómo su paradigma influye en la vida del país

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La economía es un conjunto de conocimientos estrecho y superficial. “Estrecho”, porque trata apenas una perspectiva de la vida interconectada con la sociología, la sicología, la politología, la antropología y todas las demás disciplinas que forman la ciencia social; superficial, porque “debajo” de ella se encuentran valores ético-morales, visiones trascendentes, sentimientos religiosos y concepciones culturales de toda índole.

Los economistas tratamos infructuosamente de disimular toda esa complejidad mediante la cuantificación, ignorando lo que ha dicho Marvin Minsky, cofundador del Laboratorio de Inteligencia Artificial del Instituto Tecnológico de Massachussetts (MIT): “Recurrimos al uso de números cuando somos incapaces de describir y explicar las cosas”. Desde esa cárcel mental, un exprofesor mío – cuyo nombre omito para que no se sienta acosado– decía: “Donde no veo ecuaciones numéricas, no veo economía”. El problema es que, al engañarnos y engañar a otros con la falsa precisión de los números, perdemos conciencia de la gran riqueza de interconexiones o interacciones humanas sin la cual lo económico no tiene sentido alguno.

Afortunadamente, podría ser que ha llegado el momento en que las consecuencias de ese engaño ya se nos han venido encima, como un alud largamente contenido; y nos obligará a cambiar de paradigma de pensamiento y comportamiento ordinario, conforme demostró Thomas Kuhn en Historia del conocimiento. Así, en la vida política de Estados Unidos, un rompimiento de la normalidad en el desenvolvimiento y manejo de las intrigas interpartidarias ocurrió con el fenómeno históricamente conocido como “Watergate”; y, de manera comparable, aquí en Costa Rica está en pleno proceso un quiebre de percepciones sobre el paradigma de relaciones entre economistas, que algunos turistas estadounidenses han dado en llamar “blacksmith-gate”.

Desde hace varios años, vengo escribiendo en artículos periodísticos y colecciones de ellos en pequeños libros, sobre un modo de pensar y actuar predominante entre economistas muy cuestionable. Atrincherados en las universidades, colegios profesionales, empresas privadas e instituciones públicas, tales economistas se niegan a reflexionar sobre cómo su paradigma intelectual de su gremio influye en la vida de nuestro país. La mayoría de ellos han respondido solamente con el silencio, cuando algunos –una pequeña minoría– hemos planteado preguntas o dudas al respecto. No los culpo ni responsabilizo a todos, puesto que muchos no se dan cuenta que han sido adoctrinados; pero otros sí saben lo que ha estado ocurriendo y lo manejan con plena consciencia.

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Y también hay que reconocer que el fenómeno no solo es de Costa Rica, sino del mundo entero. Tampoco es reciente; viene desarrollándose desde hace más de tres siglos, pero se ha intensificado desde la segunda mitad del 20 hasta el presente, con la llamada globalización. Es decir, “blacksmith-gate” es un mero ejemplo nacional; y da la casualidad que la revista The Economist recientemente publicó un informe sobre la materia en varios países, de título “Venta de conchas” (Abril 7-13, pp. 69-71) y trata sobre la formación de falsas organizaciones legales utilizadas para evadir impuestos, lavar dinero mal habido y encubrir operaciones financieras dudosas de toda índole. Tales “conchas” varían de precio desde cientos de dólares hasta millones, según cantidad, calidad, lugar y duración de operaciones que se desea encubrir.

Como académico y ciudadano, lo que me preocupa es que no pocos economistas conocen ese fenómeno en Costa Rica muy bien y algunos participan activamente en él. ¿Hasta cuándo continuará, hasta dónde llegará ese mal servicio a la patria?

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