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Benedicto XVI, Francisco y la revolución de los gestos

Actualizado el 16 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Benedicto XVI, Francisco y la revolución de los gestos

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“Usted ha tenido la oportunidad de conocer personalmente tanto al papa Benedicto XVI como al papa Francisco. Pareciera que son muy diferentes, ¿cuál es su impresión?” El periodista “escuchó mi silencio” al otro lado del teléfono, pues esta fue la pregunta que más tardé en contestar. Abusando de la paciencia de mi interlocutor, comencé recordando la mañana del 11 de febrero del 2013.

“Siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma, sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los cardenales el 19 de abril de 2005...” Este fue el anuncio que hizo el ahora papa emérito Benedicto XVI ese histórico día. Hablando como de costumbre, con voz suave y en forma pausada, en latín y con una paz interior en absoluta contradicción con la repercusión que la noticia ocasionó en todo el mundo, el entonces papa Benedicto XVI fijó la fecha de su salida para el 28 de febrero a las 8 p. m. ; 7 años, 10 meses y 9 días después de su elección como sumo pontífice de la Iglesia católica.

La conmoción que suscitó la renuncia no es para menos, pues el precedente más próximo se remonta a casi 600 años, en 1415, con Gregorio XII. Es tan raro el caso que también hace recordar, aunque en circunstancias y condiciones muy distintas, las renuncias de Celestino V (1294) y de Benedicto IX (1045) a la Cátedra de Pedro. No obstante fue así, con sencillez y sin grandes alharacas, simplemente confesándole al mundo: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Con estas palabras terminó el pontificado de Benedicto XVI, el número 265 de la historia de la Iglesia católica.

Rica herencia.

La herencia de Benedicto XVI en casi 8 años de pontificado es prolija, sobre todo desde una perspectiva intelectual. Deja tres encíclicas fundamentales por su fuerza iluminadora (Deus caritas est [25/12/2005], Spe salvi [30/11/2007] y Caritas in veritate [29/6/2009]), 130 cartas apostólicas, 3 concurridísimas jornadas mundiales de la juventud (Colonia en Alemania, Sidney en Australia y Madrid en España), 3 encuentros mundiales de las familias (Valencia en España, el D.F. en México y Milán en Italia) y un total de 54 viajes apostólicos (30 en Italia y 24 al exterior), entre los que sobresalen sus históricas visitas al Parlamento Alemán, al Reino Unido y a Auschwitz (Polonia), en Europa; a Camerún, Angola y Benín, en África; a Israel, Palestina y el Líbano, en Oriente Medio; y a América en tres ocasiones (a Aparecida en Brasil, a EE. UU. y la ONU, y a México y Cuba).

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A sus profundas e innumerables homilías o catequesis durante las eucaristías o audiencias públicas de los miércoles en el Vaticano, se suman la publicación de sus tres volúmenes sobre la figura de Jesús de Nazaret, obra que ha jugado un rol central para propiciar el diálogo interreligioso entre los cristianos (una de las prioridades de su pontificado). Igualmente, Benedicto XVI puso a dialogar a la Iglesia católica con el mundo de la academia, la cultura, la política, con otras religiones y hasta con los no creyentes auspiciando iniciativas como “el Cortil de los Gentiles”. Entre las 121 beatificaciones y las 44 canonizaciones que realizó, destaca la histórica y veloz beatificación de su predecesor, el papa Juan Pablo II, en mayo del 2011. En el 2012, dirigió el Sínodo de los Obispos sobre el tema de la Nueva Evangelización (otro objetivo central de su gestión), inauguró el Año de la Fe e introdujo al sucesor de Pedro a las redes sociales, enviando su primer tuit.

En Costa Rica debe ser recordado como el primer papa en la historia que menciona no una sino dos veces a nuestro país en un mensaje al mundo. Fue durante la bendición y el mensaje Urbi et Orbe del 25 de diciembre del 2010, cuando el ahora papa emérito Benedicto XVI, al referirse a varios conflictos internacionales, textualmente pidió: “Que el nacimiento del Salvador' impulse el diálogo entre Nicaragua y Costa Rica'”; y luego nos conmovió recordando que Costa Rica (entre otras naciones) había sido afectada por “recientes calamidades naturales” (el huracán Thomas) y pidiendo “que el anuncio consolador de la llegada del Emmanuel alivie el dolor y conforte en las pruebas'”. Esa súplica fue acompañada por una ayuda económica que el Santo Padre personalmente envió por medio de la Nunciatura Apostólica en Costa Rica para socorrer a los damnificados.

Testimonio de humildad.

Sin embargo, el principal legado del Papa teólogo, de uno de los grandes sabios en la historia de la Iglesia, no fue una producción intelectual. Benedicto XVI pasará a la historia por una renuncia que es testimonio de humildad, de valentía, de coherencia y, sobre todo, de amor. La humildad de aceptar las propias limitaciones y dejar a tiempo el cargo, la valentía de hacerlo sin ambages y de frente al mundo entero, y la coherencia de actuar conforme a lo que él mismo había indicado en el 2010. (“Si el papa llega a reconocer con claridad que física, psíquica y mentalmente no puede ya con el encargo de su oficio, tiene el derecho y, en ciertas circunstancias, también el deber de renunciar” [en Luz del Mundo, de Peter Seewald]); solo son superadas por el testimonio de amor, de generosidad y de desprendimiento de aquel que se sacrifica a sí mismo por el bien de las personas que ama y sirve.

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Tengo para mí que “la revolución de los gestos”, como se ha llamado a los primeros días del pontificado del papa Francisco (ver “El papa Francisco: cuando el final del mundo está cerca” La Nación 22/3/2013 y “El papa Francisco y el poder de la humildad”, La Nación 7/4/2013), comenzó antes de su elección, precisamente con el testimonio y el gran gesto de Benedicto XVI. El “Papa teólogo” terminó su pontificado con un histórico acto pastoral, el mismo que permitió el inicio del pontificado del papa Francisco, llamado ya por muchos “el Papa pastor”.

Luego de repasar todos estos detalles, al periodista le respondí que sí, que son muchas las diferencias entre el papa Benedicto XVI y papa Francisco. La cultura de origen, el carácter, la formación, la edad, sus distintos carismas y la historia propia de cada uno de ellos sin duda condicionan su personalidad, los objetivos centrales de sus pontificados y sus formas de dirigir la Iglesia universal.

No obstante, agregué, creo firmemente que el Espíritu Santo suscita el papa adecuado para cada momento, y ahora además motivó en uno de ellos la iniciativa para propiciar el tiempo del cambio. Sí, son muy distintos, he tenido la bendición de conocerlos a ambos, pero tengo claro que no habría Francisco sin Benedicto. Colmado por la libertad y la fuerza que da la humildad, el papa Francisco ha sido el primero en reconocerlo.

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