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Bangladés

Actualizado el 07 de mayo de 2013 a las 12:00 am

El desarrolloeconómico no tiene por qué implicar un perjuicio social

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En 1971, Pakistán Este se separó de Pakistán para formar un nuevo país, Bangladés, bajo un (ineficaz) esquema de gobierno socialista. Tuvo, además, la mala suerte de que un ciclón (Bhola) lo arrasara, el cual dejó una población que parecía enfrentar la muerte de manera masiva. Fue en ese entonces que el músico bengalí Ravi Shankar pidió a su amigo el ex Beatle George Harrison que, cuanto antes, realizaran un concierto para llamar la atención del mundo sobre la hambruna y la calamidad que vivía Bangladés y, también, recoger fondos para socorrerlo.

El concierto benéfico, uno de los más exitosos de la historia, tuvo lugar el 1° de agosto de 1971 en el Madison Square Garden, en la ciudad de Nueva York, y contó con una asistencia cercana a 40.000 personas pues presentó a Shankar, Harrison, Bob Dylan, Erick Clapton, Ringo Starr y Billy Preston, entre otros. Bangladés –cantó Harrison– donde tanta gente está muriendo, y donde tanto malestar impera, requiere nuestra ayuda. El álbum Concert for Bangladesh, producido con la colaboración de Phil Spector, ganó un premio Grammy y los ingresos que de la actividad aún se obtienen de la venta del video y discos continúan entregándose a Unicef.

El esquema socialista pronto cedió a uno de mercado y la economía se abrió a la inversión extranjera. Atraída por los bajos salarios, la industria de la producción de ropa se hizo presente y creó puestos de trabajo por millones, muchos de los cuales los llenan mujeres. La economía crece a altas tasas, el nivel de desigualdad (medido por el coeficiente Gini) es bajo, los servicios contribuyen en alto grado al ingreso nacional y la exportación de textiles representa alrededor del ochenta por ciento del ingreso de divisas del país.

Bangladés constituye hoy la mayor competencia de China en esta rama. El año pasado la actividad generó US$20.000 millones en exportaciones y la etiqueta "Made in Bangladesh" se ve en todos los mercados del mundo, en particular en Occidente.

Pero, señalan algunos, en esta importante materia existen muchas "oportunidades de mejora" (eufemismo por "prácticas malas que erradicar") en Bangladesh. En particular, las condiciones laborales (desde salarios, que en algunos casos no superan los US$40 por mes, quizá los más bajos del mundo, hasta inseguridad de las instalaciones físicas) son precarias.

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Recién la prensa informó del derrumbe de un edificio donde operaban cinco talleres de confección, en el cual parecieron al menos 500 personas. Los grupos de defensa de los obreros "imputan la responsabilidad de los numerosos accidentes en este lucrativo sector a los patrones sin escrúpulos, la negligencia del Gobierno y la indiferencia de las firmas de ropa accidentales, más preocupadas por los costos de producción que por la seguridad" (La Nación, 26/iv/2013, p. 29A). Tremenda acusación.

El desarrollo económico no tiene por qué ser a costos sociales, del tipo man-made, evitables. ¿Será necesario insistir en esto ante los gobiernos, la Organización Internacional del Trabajo o ante las empresas que comercian, en los malls occidentales, ropa producida en el tercer mundo? ¿O será mejor realizar un nuevo concierto de rockeros para que el orbe tome consciencia de estos problemas?

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