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Pueblo y empresarios: convergencia viable

Actualizado el 17 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Poco antes de que fuera asesinado en un asalto, don Antonio Lehman, propietario de Librería Lehman, y yo habíamos establecido una amistad sumamente valiosa

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Poco antes de que fuera asesinado en un asalto, don Antonio Lehman, propietario de Librería Lehman, y yo habíamos establecido una amistad sumamente valiosa. Con sinceridad y “pensando fuera de la caja”, como dicen los anglosajones, nos reuníamos para hablar sobre mecanismos generales y medidas específicas con que empleados y empleadores de buena fe podían apoyarse mutuamente, a fin de mejorar la productividad y distribución del ingreso nacional.

Don Antonio razonaba desde la perspectiva de quienes William Baumol llama “buenos capitalistas”, y don Antonio prefería denominar “empresarios”, simplemente; en cambio, mi punto de vista se basaba en intereses y valores del sector laboral, en la forma propuesta por Gunnar Myrdal; y ambos compartíamos, tácitamente, ciertas ideas sobre burocracia expuestas por el sociólogo Max Weber y el economista Thorstein Veblen, a finales del siglo 19 y principios del 20.

Para una de esas reuniones en mi casa, para quienes las crean improbables, pongo como testigos a Eduardo Lizano, expresidente del Banco Central, y Eduardo Ulibarri, exdirector de La Nación.

La relación con don Antonio nació en una llamada telefónica que él me hizo una mañana para comentar un artículo mío en “Página quince”, sobre un tema respecto al cual él recién había escrito una carta al Banco Central. Y, durante la conversación, nos dimos cuenta de que compartíamos otras ideas; entonces decidimos desayunar juntos unos días después para conocernos mejor. Él era un bromista impenitente. Por ejemplo, respecto a las críticas que yo suelo hacer, de buena fe, sobre mis colegas economistas, varias veces me hizo ver que no debía responsabilizarles a ellos, principalmente; que él se sentía más culpable porque se formaban con textos adquiridos en su librería.

En su memoria, voy a tratar de reconstruir algunos intercambios que tuvimos sobre problemas económicos nacionales, a los cuales encontramos soluciones llamativas. El título de este artículo se refiere al primero, que resumo a continuación:

• Los jerarcas de la burocracia pública suelen justificar sus elevados salarios y complementos, invocando que cargos comparables en el sector privado son remunerados en esos niveles; y que solo así las instituciones públicas puedan competir en el mercado de servicios profesionales de alta calidad.

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• Eso no es cierto, por dos razones: la remuneración de funcionarios públicos no necesita tomar en cuenta solamente dinero, porque el buen servidor trabaja por conceptos distintos; además, si tiene oportunidades similares o preferibles en empresas privadas, las podría aprovechar.

• De tal manera, la teoría económica prevé que bajarían los salarios de estratos altos y medios; lo cual mejoraría la productividad privada y las finanzas públicas.

• El argumento de “competitividad” es una falacia que beneficia principalmente a los burócratas de mayor jerarquía en empresas privadas y entidades públicas.

• La promueven esos jerarcas para su propio provecho; y los ocupantes de puestos hacia abajo en la escala burocrática comparten el argumento porque los “pluses” jerárquicos se filtran hacia ellos y benefician a “los mandos medios”, quienes preparan y manejan los presupuestos de las empresas e instituciones.

¿Conclusión? Convendría transferir las decisiones sobre salarios de altos funcionarios públicos, a órganos del pueblo, “juntas de notables” o profesionales colegiados jubilados, con asesoría externa, independiente e internacional. Hay diversas alternativas que cabe tomar en cuenta para el efecto, como ocurre en otros países: lo importante es que tales decisiones no sean tomadas por los mismos sectores que se benefician de ellas, basados en sus propios intereses sectarios; y, por otra parte, los ahorros así logrados permitirían más inversiones y gastos en general de provecho para la población entera.

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