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Anticlímax olímpico

Actualizado el 19 de agosto de 2012 a las 12:00 am

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El triunfalismo crónico de la prensa cubana ha glosado los éxitos deportivos nacionales en los XXX Juegos Olímpicos en Londres. La delegación obtuvo 14 medallas –5 de oro, 3 de plata y 6 de bronce– y terminó entre los primeros 20 países, cualquiera que sea el baremo con que se mida su desempeño.

Pero el incienso de los turiferarios y las cifras pregonadas ocultan una realidad menos brillante. Las preseas que los atletas cubanos obtienen en las Olimpiadas vienen declinando desde los Juegos de Barcelona (1992) cuando alcanzaron el máximo histórico de 31 medallas. Los resultados posteriores –25 en Atlanta, 29 en Sidney, 27 en Atenas, 24 en Pekín– reflejan la decadencia paulatina de la fábrica de campeones del sistema castrista. Las 14 medallas de Londres sitúan a Cuba en un puesto similar al alcanzado en Montreal hace 36 años, cuando ganó 13, con la diferencia de que entonces consiguió 8 oros y ahora sólo 5. Con el agravante de que todos los equipos colectivos quedaron eliminados en las pruebas clasificatorias, por lo que no viajaron a la capital británica.

En la década de 1960 el Gobierno cubano (o sea, Fidel Castro) decidió que el deporte sería una vitrina propagandística de primer orden. Según el modelo soviético, el régimen realizó cuantiosas inversiones para maximizar la cosecha de medallas que manifestaría la superioridad del hombre nuevo forjado por el marxismo-leninismo cubano. Las escuelas primarias y secundarias especializadas (EIDE), las de perfeccionamiento atlético (ESPA) y las múltiples variantes de los equipos nacionales, conformaron una estructura piramidal encargada de preparar a futuros campeones olímpicos, sin importar el precio humano y económico que comportara.

Otra faceta de esta estrategia –clave de algunos insólitos triunfos deportivos cubanos– fue invertir en deportes sin arraigo nacional ni muy practicados tampoco en el resto del mundo, pero presentes en el programa olímpico como el badmington, kayak y lanzamiento de martillo femenino.

Las condiciones sociales cubanas de entonces contribuyeron mucho al éxito inicial de esta política. Había una gran tradición deportiva, los jóvenes disponían de pocas opciones recreativas, la distinción atlética generaba prebendas inasequibles al ciudadano común (viajes, ropa, comida segura y exención de penosas tareas “revolucionarias” como la zafra azucarera o maniobras militares) y el prestigio social alcanzado por los triunfadores abría oportunidades en la estructura del Estado.

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Todo ese montaje funcionó mientras los subsidios soviéticos permitieron financiar el despilfarro castrista. Desaparecida la URSS en 1991, la decadencia del deporte cubano era inexorable. A la disminución de recursos debe añadirse la fuga de numerosos deportistas y entrenadores de primer orden, quienes han tomado la contrarrevolucionaria decisión de hacer con su vida y su talento lo que les dé la gana y no lo que ordenan los administradores del geriátrico caribeño.

“Deporte rentado”. Durante años los exégetas del castrismo han comparado los resultados proporcionales de Cuba en los Juegos Olímpicos con los de otras naciones donde imperaba el “deporte rentado”. Es decir, calculaban cuántas medallas por habitantes lograba el país, los resultados en función del PIB, etc. La conclusión ineludible era que el sistema cubano superaba al de cualquier enemigo capitalista, en especial a EUA.

Pues bien, en estos Juegos Olímpicos, Jamaica, Trinidad-Tobago, Nueva Zelanda, Hungría y Australia lograron más medallas por habitantes que Cuba. Y según el cociente resultante de dividir el PIB entre el número de preseas, el resultado de Jamaica es 3 veces superior al de Cuba.

Paradójico destino del deporte cubano. El régimen lo promovió mediante inversiones que ningún país democrático podía permitirse, porque iban en detrimento de otros sectores económicos más necesarios, hasta transformarlo en una eficiente máquina de propaganda. Su declive refleja ahora la decadencia general del socialismo implantado por los hermanos Castro. A los jóvenes cubanos, cada vez menos numerosos, les interesan cada vez menos los muchos sacrificios y las magras recompensas que comporta la disciplina deportiva.

Los resultados de esta Olimpiada parecen indicar que el castrismo nunca avanzará más rápido, ni subirá más alto, ni será más fuerte. Good bye, London. The party is over.

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