Archivo

Agui, el monstruo del cielo

Actualizado el 31 de mayo de 2012 a las 12:00 am

El anular Yoko Ogawa (Arles, Actes Sud, 1999), repite la idea de perder un trozo de sí

Archivo

Agui, el monstruo del cielo

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Agui, el monstruo del cielo - 1
ampliar
Agui, el monstruo del cielo - 1

Kenzaburo Oé (Ose, Japón ,1935) –Premio Nobel de literatura1994– nos relata las aventuras de un joven estudiante japonés, que consigue su primer trabajo y que a su vez es el narrador de esta novela. (“Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura”, Anagrama , 2004). A manera de preámbulo, nos dice que lleva una venda negra de pirata sobre el ojo derecho, porque no ve bien. Si no la pusiera, tendría que ver con ambos ojos, forzándose a mirar dos mundos distintos: “uno, luminoso y claro, notablemente nítido; el otro, indeciso y levemente oscuro, un poco por encima del primero”.

Diez años antes, había sido contratado para cuidar a D***, quien era un compositor famoso, pero que había enloquecido y creía ver criaturas aéreas. D*** lo explica: “si me preguntas que son esos seres flotantes, resplandecientes, que llenan el cielo, ¡bueno!, son los seres que hemos perdido durante nuestra vida aquí abajo y que vemos balancearse en el cielo a cien metros por encima de nosotros. De vez en cuando bajan”.

Al estudiante –convencido al comienzo de la locura de su patrón– le cuentan que Agui, la criatura que visita a D***, “es un bebé enorme vestido con una camiseta de algodón, muy gordo, grande como un canguro' que baja del cielo”.

También averigua que “agui” (ajó en español) es el sonido que había balbuceado el hijo recién nacido –la única vez que habló– antes de morir. Un mal diagnóstico había llevado a D*** a tomar la decisión de dejar morir al bebé, después de que el médico le informara de que había nacido con una hernia cerebral y que estaba condenado a ser un vegetal. La autopsia, sin embargo, revela que se trataba de un tumor benigno.

Después de eso , D*** no vivía en el tiempo presente y Agui lo visitaba con frecuencia. Conforme avanza la trama, el narrador va cambiando su posición con respecto a D ***, hasta el punto que –él también– logra ver a Agui. D*** le responde: “Solo que, para poder percibirlos allá arriba u oírlos llegar a nosotros, hemos de desarrollar los ojos y los oídos de la manera apropiada, sacrificándonos en la medida de lo necesario. Sin embargo, hay momentos en los que, sin sacrificio y sin esfuerzo alguno, nos es otorgado ese don. Creo que eso es lo que te ha ocurrido hace un momento, sí, probablemente”

PUBLICIDAD

La relación laboral llega a su fin el día que el estudiante, a pesar del intento, no logra evitar que D*** –tratando de salvar a Agui– sea atropellado por un camión. Sin embargo, la experiencia lo marca. Diez años después concluye la historia, contándonos el incidente con su ojo, el cual acontece cuando al toparse con una pandilla de niños asustados, que lanzándole piedras lo golpean, perdiendo la vista, evento que él siente como un “sacrificio gratuito”, desapareciéndole el odio hacia los niños y finalmente permitiéndole dejar partir a Agui para siempre.

Estamos con esta novela –nos dice el psicoanalista Jean Allouch en su libro Erótica del duelo en los tiempos de la muerte seca (Ediciones literales, 2006)– ante una concepción del duelo distinta a la de Occidente, la cual no existe practicamente (muerte seca) y en el mejor de los casos (aunque sin certeza), es psicologizada , normalizada, hecho que la priva de recursos para enfrentar la muerte de un ser querido, con la excepción de México, donde el culto a los muertos es generoso en rituales y lo macabro cumple una función importante.

El autor sostiene que el deudo efectúa su pérdida con un “pequeño trozo de sí”, lo cual pone a cada quien en su lugar: el muerto con los muertos y el que queda vivo con los vivos, ganándole –al menos– un combate a la muerte, evitando que arrase con todo. Denomina a este acto “un gratuito sacrificio de duelo”.

En esta misma línea El anular Yoko Ogawa (Arles, Actes Sud, 1999), repite la idea de perder un trozo de sí. Es curioso que esta versión del duelo provenga del Japón, comenta Allouch. Una posible respuesta: Hiroshima y Nagasaki.

  • Comparta este artículo
Archivo

Agui, el monstruo del cielo

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota