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¿Adónde va la libertad?

Actualizado el 31 de mayo de 2012 a las 12:00 am

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Todo afecto implica una disposición al cambio, un movimiento del deseo sobre la realidad para actuar en términos corporales, orgánicos e inmanentes. Sentir es pues dejarse afectar y producir una emoción.Con el corazón en la mano, con lágrimas de sangre, con las cenizas de un antiguo fuego, por citar solo algunas metáforas, seguimos siendo polvo de estrellas enamorado. Animales que aúllan ante el desierto, pájaros que le cantan a la lluvia.

¿Qué pasa entonces cuando la posmodernidad insiste en diseñarnos desfragmentados y sin identidad, o con identidades definidas por los mecanismos de control social, sin permiso para la emoción desmedida. Sin permiso para lo señalado como despropósito y que hay que controlar desde la magia de la psiquiatría, de la planificación política, de la industria de las aseguradoras o la estadística y sus cálculos de probabilidades? Qué pasa con nuestros demonios? ¿Adónde van?... como dice Silvio en su hermosa canción. Si son ya solo variables de input para calcular los riesgos, las tendencias, las demandas, los productos.

¿Adónde van los enojos, las tristezas, el embeleso y la alegría? ¿Adónde el miedo, la compasión, la zozobra? ¿Adónde el movimiento para el cambio, para la transformación? ¿Adónde el espontáneo desplazamiento de los cuerpos, la acción misma que precede a toda emoción cuando es necesaria para unos y no es la adecuada para otros?

¿Adónde la gracia, la obsesión misma que me hace escribir una y otra página a lo largo de mi vida? ¿Adónde la contemplación, silenciosa y obstinada, que hace soñar al astronauta con naves estelares combustionadas por plasma?

¿Adónde la fantasía arropada en el mutismo del niño, la manía de los amantes, la rabia de la defensa, la verguenza que antecede a toda indignación?

¿Qué pasa con el cuerpo si no actúa movido por sus emociones' encuentra otra cabeza? ¿O estamos hablando de cabezas genéricas para que habiten cualquier cuerpo? Hoy sabemos que el cerebro vive en un cuerpo y no separado de él y que este habita en una tribu que lo moviliza, que lo emociona. ¿Adónde la tribu con sus diferencias y expresiones locales para la alegría o para el duelo?

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¿Qué pasa con el cerebro si termina actuando regulado por un siglo XXI, entretenido en jugar con la identidad como ejercicio heredado del siglo XIX, donde se sigue ensayando con los deseos y las pasiones, como si las emociones resultantes fueran simples detonantes de necesidades posibles de manipular y de ser satisfechas en el mercado? Mercado siempre plagado de nuevas identidades para vender, según el gusto y demanda de los mecanismos de control que siguen y cazan los mismos deseos a través de los medios de comunicación masiva, para recrear una mecánica de la emoción regulada, y por lo tanto sin riesgo de inversión para los centros de poder.

Caza tendencias, mecanismos de propaganda, ingeniería de la percepción, coolhunters,trendhunter o pronosticadores de riesgos, laboratorios cognitivos y farmacéuticas. Comunidades terapéuticas enteras, todos, queriendo ser Dios. Ese, que antes nos regulaba los deseos y nos castigaba o nos premiaba en el cielo. Copia terrorífica que creamos para controlar y premiar con la matriz de un cuerpo desmembrado en su identidad. De un cuerpo que se cree seguro por tener dueño.

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