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Adicción y enfermedad en la economía nacional

Actualizado el 12 de abril de 2013 a las 12:00 am

Para estar satisfecho con el desempeño actual económico, hay que cerrar los ojos

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Adicción y enfermedad en la economía nacional - 1
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No vengo en esta ocasión a opinar sobre la necesidad y oportunidad de contar con más herramientas para reducir algunos de los riesgos del sistema cambiario actual, aunque no es malo insistir en la deseable y urgente decisión de la Asamblea Legislativa para dotar al Estado de instrumentos de política que regulen la circulación del dólar en nuestro país (ver http: www.nacion.com/2013-01-20/Opinion/-Sera-urgente-.aspx ). Ojalá nos dé tiempo de aprovechar una baja en el flujo de capitales para protegernos de algunos de esos riesgos.

¿Adicción? Para nadie es un secreto que el estilo de desarrollo de las últimas décadas en nuestro país requiere abundante inversión extranjera, directa o financiera. Baste recordar los múltiples escritos, oficiales y no oficiales, que reiteran la importancia que tiene la atracción de esa inversión y de lo que esto significa como logro extraordinario. También conviene recordar la insistencia de la política pública que se ha concentrado en la promoción de las exportaciones y la atracción de esta inversión, sin exigencia ni logros de encadenamientos productivos, o fiscales, y escasa generación de empleo y valor agregado nacional. A esto se adiciona la política de endeudamiento externo que comienza a desplegarse. A tal punto convergen estos esfuerzos de atracción que no tenemos derecho a sorprendernos de que en ciertos momentos la afluencia de capitales llegue a ser una amenaza inminente.

Acá hay, pues, un tema de fondo, no solo generado por ataques de terceros, sino relacionado con responsabilidades propias de la política económica. A este punto, con un puñado de indicadores en mano, no podemos darnos por satisfechos y congratularnos por el buen desempeño económico. Es necesario abordar algunos extremos y relaciones no tan evidentes pero que plantean ciertos riesgos y limitaciones que la atracción de inversión extranjera puede generar, en ciertos contextos, máxime si su atracción llega a ser insaciable e indiscriminada. Un propósito así, que independice la atracción sin límites de las necesidades del desarrollo y no mida sus impactos, puede llegar a ser una especie de adicción y esta puede finalmente conducir a una enfermedad económica, cuyos síntomas ya se pueden palpar.

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La enfermedad holandesa. Los estudios de esta enfermedad económica, llamada holandesa, se refieren a una fecha no tan lejana, los años sesentas, que quedó asociada originalmente al descubrimiento de recursos energéticos en ese país. En este caso, la exportación del gas natural provocó un flujo de recursos (divisas) hacia Holanda y una apreciación de su moneda. Esta situación ventajosa de generación de ingresos tuvo consecuencias no tan favorables o graciosas: la revaluación de su moneda y la consiguiente pérdida de competitividad de las otros sectores de esa economía llegó al extremo de desindustrializar esa economía , pues resultaba más barato importar que comprar lo producido en el país.

Sin embargo, actualmente, la enfermedad holandesa se refiere a las consecuencias dañinas generadas por un aumento significativo en los ingresos de un país, ya sea por la producción de algún bien de extracción (minería, petróleo, etc.), o por la producción de algún bien o grupo de bienes, o por la inversión externa. Lo central de la enfermedad es que el alto crecimiento de los ingresos en una parte de la economía, perjudica a otros sectores económicos (en nuestro país, de producción local, turismo, o exportadores, entre otros) vía pérdida de la competitividad al apreciarse la moneda propia.

Algo potencialmente positivo puede suponer un riesgo en el mediano plazo al hacer depender el sistema económico de un país de algún tipo de inversiones, o de recursos, de su cantidad y precio internacional. ¿Dónde está el riesgo? En una pérdida de dichos recursos naturales, o bien en una caída de su precio en los mercados internacionales; o, de repente, todo el flujo monetario se detiene y el país se encuentra sin un tejido productivo sólido y diversificado al que recurrir para el crecimiento futuro. Beneficios a corto plazo, riesgo en el mediano plazo. Pero también hay problemas inmediatos: los desequilibrios comerciales internacionales (déficit comercial) al estimularse la importación extraordinariamente, también presiones inflacionarias, al apreciarse la moneda local.

Holanda y otros aprendieron sobre esta experiencia y formularon políticas de ahorro y de inversión, en tiempos de abundancia de divisas; en años recientes, sobresale Noruega. Otros, simplemente, no aprendieron. Crítica al Consenso de Washington.

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Pero hay más. La crítica de Stiglitz al Consenso de Washington como restringido en sus objetivos y también en sus instrumentos, es bastante conocida y reconocida como valedera.

Aunque no es tan conocida, la apreciación de Ocampo sobre lo restringido de la práctica y del concepto de estabilidad macroeconómica por muchas de las políticas aplicadas en las últimas décadas, también es muy relevante.

Razón lleva Ocampo cuando afirma que , a partir de los años 80, el equilibrio macroeconómico se centró en la estabilidad de precios y el equilibrio fiscal, reduciendo la amplitud que tenía anteriormente cuando combinaba equilibrio interno y externo. Con anterioridad a los ochenta, la estabilidad macroeconómica significaba énfasis en la actividad económica real y apuntaba al crecimiento económico estable y al pleno empleo, junto a la baja inflación y la sostenibilidad de las cuentas externas.

Desde una perspectiva del control de la inflación, en Costa Rica hay estabilidad, pero no desde la perspectiva del desequilibrio externo y menos aún desde la perspectiva del empleo, ya que, por ejemplo, la tasa de desempleo abierto y el subempleo están en los más altos niveles históricos, desde hace tres décadas. Esto lo que significa es que para estar satisfecho con el desempeño actual económico, es necesario cerrar bastante los ojos. También para no advertir riesgos y problemas en esta situación.

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