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Acentos perdidos

Actualizado el 25 de marzo de 2007 a las 12:00 am

¿Cómo concentrarme, cuando todo mi ser iba en pos de ellas?

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             |           WILLIAM SáNCHEZ  / LA NACIN
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| WILLIAM SáNCHEZ / LA NACIN

No siempre fui el pianista colosal, el titánico virtuoso ni el mago de la palabra por el que el mundo entero me reconoce hoy. Antes de consagrarme como tal hube de ensayar toda suerte de oficios. Mi nutrición e indumentaria dependían de ello. Y fue así como me vi un día cualquiera fungiendo comopianiste répétiteur de una compañía de ballet. Madame Kratova. Aterradora. Gorgónica. Ogresca. Llevaba las cuentas, gritaba, marcaba enérgicamente los acentos sobre el piso. Alguna vez prima ballerina del Ballet Kirov. Nadie hubiera adivinado sus setenta y dos años de edad. Gruñidos, reprimendas, el bastón percutiendo, y percutiendo, y percutiendo… en el piso y en mi conciencia.

Solo bailarinas. Bellísimas. Aéreas, en sus tenues leotardos.Frappé, Emboité, Pirouette … Sinuosas frases melódicas de ocho compases. Un, dos, tres… ¡Tan lindas¡ ¿Cómo no perder la cuenta? Un, dos, tres… Se me iba la mirada. Un, dos, tres… Blancas piernas que buscan el cielo. Brazos infinitos. Senos como palomas en cautiverio. Cinturas para amarrarse a ellas. Muslos, nalgas, ritmo, esbeltez inexpresable del movimiento. Un, dos, tres… “¡No se meta con mis bailarinas!” Yo perdía los acentos. Perdía la cordura. “¡Limítese a ver el teclado!” Un, dos, tres… el piano se convertía en piel. Inimaginable tersura. Imploraban la caricia, mis pobres teclas. Offenbach, Delibes, Adam,La Muerte del Cisne. “Ahora improvise, ¡pero cuente bien, por el amor de Dios!”

Ellas advertían mi turbación. Yo trataba de sonreír. Hacía lo que podía. Un, dos, tres…. Al final de cada sesión, exhaustas como después de una larga noche de amor. Delirio, Delibes, Delirio, Delibes… “¡Concéntrese en lo que está haciendo!” ¿Concentrarme, cuando todo mi ser iba en pos de ellas, yo, pura sed y tormento, estremecido hasta el fondo de la sangre? ¡Cuánto dolor! Y la vieja seguía gritando, la maldita. La estoy viendo. Madame Kratova. Regañado por una leyenda. “¡Su ritmo está dislocado!” ¿Mi ritmo? ¡Todo mi ser, dislocado sí, y alocado! Las bailarinas nunca sospecharon. O quizás sí. No lo sé. A veces me sonreían. Un poquito apenas. Partían hacia ellas, en caravana, mis deseos.

Morí mil veces en el curso de aquel año. Otras tantas resucité. La bruja debe estar ya muerta. Bien muerta. Mi deseo goza en cambio de excelente salud. Aparejar hacia ellas. Único litoral. Quizás no llegue nunca, pero gustoso acepto el naufragio. Sus muslos, sus muslos… Lo importante no es el puerto, sino la travesía.

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