Después de Hildegard von Bingen, Cécile Chaminade, Clara Wieck y Fanny Mendelssohn, seguimos rindiendo homenaje a las grandes compositoras de la historia con la legendaria Teresa Carreño

Por: Jacques Sagot 4 noviembre
La pianista, cantante y compositora Teresa Carreño (1853-1917). Imagen de la George Grantham Bain Collection. Foto: Wikimedia Commons.
La pianista, cantante y compositora Teresa Carreño (1853-1917). Imagen de la George Grantham Bain Collection. Foto: Wikimedia Commons.
Una niña entre celebridades

La tradición musical ha tenido dos razones igualmente espurias para marginar a Teresa Carreño del canon universal. Una, que era mujer. Dos, que era latinoamericana. Pese a ello, su figura se agiganta con el tiempo, y hoy es justipreciada como una de las grandes compositoras a horcajadas entre los siglos XIX y XX.

Más que una pianista y compositora, Teresa era una fuerza de la naturaleza: como sentar a las cataratas del Niágara al piano. Le decían “Liszt en faldas”, “La emperatriz del piano” y “La valquiria del piano”.

Nació en Caracas el 22 de diciembre de 1853, y murió en Nueva York el 12 de junio de 1917. Así pues, contemporánea de Grieg, Debussy, Ravel, Satie, Mahler, y tantos otros gigantes en la bisagra histórica de ambos siglos.

Y ahora una divertida digresión: ¿recuerdan ustedes el famoso libro de etiqueta llamado Manual de Carreño? Nuestras abuelas lo consultaban frenéticamente en todo tipo de solemnidades domésticas. Pues bien, el manual en cuestión fue escrito por Manuel Antonio Carreño, padre de nuestra pianista.

En todo caso, Teresa no acató en el piano las instrucciones de su padre: tenía una forma de tocar salvaje, telúrica, desmelenada, llevada por la pasión y el hervor de las vísceras. Las filiaciones ilustres de Teresa no terminan ahí. Por el lado materno, estaba emparentada con Simón Bolívar y el Marqués del Toro.

Era una diosa del piano: la música estaba en su sangre, en su organismo: era la savia de su espíritu.
Dueña del mundo

Ante la evidencia del diluvial talento de Teresa, su abuela Gertrudis vendió todos los bienes de la familia, y se la llevó a estudiar a Boston, con el conocido pianista y compositor Louis Moreau Gottschalk, virtuoso admirado por… ¡Rossini, Liszt, Schumann y Berlioz!

Teresa siempre guardó infinita gratitud por este pedagogo y juglar del piano (su estilo era extravagante, lleno de dificultades técnicas, mezcla de artista circense y poeta). Teresa tocó en la Casa Blanca para Lincoln, quien le pidió que repitiera tres veces una de sus piezas, a tal punto lo había seducido. En Europa tocó para Rossini, Saint-Säens, Berlioz y, como ya dijimos, Liszt.

Todos la adoraron sin reservas, y el generoso Liszt, como siempre, se ofreció a ejecutar sus obras y a divulgar su opus. Ese era Liszt: una llamarada de magnanimidad, un hombre por encima de toda mezquindad y envidia.

Teresa trotó tantos mundos como pueden ser trotados: La Habana, Boston, París, Londres, Varsovia, Berlín, Roma, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda… ¡y todo eso en barco, sin siquiera llevar a bordo un piano para ir practicando su repertorio! Era una diosa del piano: la música estaba en su sangre, en su organismo: era la savia de su espíritu. Tan pronto bajaba a tierra, hacía algunos arpegios y escalas, ¡y ahí estaba su técnica, intacta y más aun: mejorada por el reposo obligado de los viajes!

Se casó tres veces, y los tres maridos (entre ellos algún musiquillo de pasable mérito) sucumbieron ante el terror de tener a un cometa por esposa. Los divorcios sobrevinieron inexorablemente. Después de una acrimoniosa separación, su exmarido intentó internarla en un manicomio con tal de no pagar la educación de sus hijas. Teresa dijo alguna vez: “Nunca es demasiado tarde para casarse, y nunca es demasiado temprano para divorciarse”.

Hubo amargura en su vida, ya lo creo que sí, y mucha de ella pasó a su música, cerca de 70 opus, primariamente música virtuosística de salón destinada a exhibir sus portentosas dotes técnicas, pero también piezas de hondo calado, caracterizadas por su facilidad melódica, su uso del folclor venezolano, y una aproximación a la música más lírica y poética que acrobática.

Valses, caprichos, fantasías, baladas, polkas, elegías, estudios, mazurkas, scherzos, intermezzos…, de todo encontramos en la cornucopia de su obra copiosa y variada.

Sin embargo, su numen llegó más lejos: compuso piezas orquestales y corales, cuartetos para cuerdas y canciones con acompañamiento pianístico.

Y ahora, para que terminen ustedes de deslumbrarse ante el proteico talento de esta artista, les diré que también hizo carrera como cantante, y sobresalió en roles tan demandantes como Norma, Carmen y Violetta… yo, por lo menos, jamás he visto despliegue comparable de audacia y versatilidad musical… ¡ah sí, casi lo olvidaba: es que era las cataratas del Niágara!

Teresa fue la música completa: compositora, pianista, arreglista, cantante, pedagoga… un verdadero aguacero de música.
El legado

Los críticos no siempre fueron benévolos con ella. Uno de estos ácidos personajes escribió una vez: “Ayer, la señora Carreño dio la primera audición del segundo concierto de su tercer marido en la cuarta fecha de la temporada”. Ese “tercer marido” no era otro que Eugene d'Albert, alumno distinguido de Liszt, pero uno más que -¡ay!- no tuvo las enzimas morales suficientes para tolerar que su fulgurante esposa proyectara sombra sobre él.

Teresa nunca grabó usando la tecnología mecánico-acústica del rodillo de Edison. Prefirió el método de los rollos de pianola que proponían diversas casas disqueras. Conservamos alrededor de 22 obras grabadas de esta manera por nuestra pianista. El sonido no es bueno, pero las cualidades de la intérprete sobrepujan las limitaciones tecnológicas del momento: vale la pena oírlas.

El día 13 de setiembre de 2002 fue anunciado con bombos y platillos el Proyecto Pianola: digitalizar el sonido de los rollos de pianola, a fin de mejor preservar algo del genio interpretativo de Teresa. A esto, yo tengo que responder con irritación: ¿cómo es posible que una artista del linaje de Teresa haya tenido la descortesía de morirse antes del advenimiento de las grabaciones de cilindro? ¿Qué le costaba postergar un poquito más su partida, y legarnos un corpus realmente significativo de su música?

Entre la obra grabada en rollos de piano hay apenas dos obras propias, y luego piezas canónicas de Chopin, Schumann, Liszt, Beethoven, y dos opus que el compositor estadounidense MacDowell le había dedicado: La danza de las brujas y el Estudio de Concierto Op. 36.

Teresa fue la música completa: compositora, pianista, arreglista, cantante, pedagoga… un verdadero aguacero de música. Muchos son los intérpretes que han grabado su música -¡por fortuna existen las partituras!- No se priven de ella: sospecho que se van a llevar una gratísima sorpresa, y van a incluir una nueva figura en la lista de sus compositores preferidos.