El ganador del llamado Nobel de la literatura en español es un escritor de cuidado oficio, un autor comprometido con una visión centroamericana y un promotor incansable de la literatura joven

Por: Doriam Díaz 18 noviembre
Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) es autor de libros como 'Adiós muchachos', 'Castigo divino' y 'Margarita, está linda la mar'. Foto: AFP.
Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) es autor de libros como 'Adiós muchachos', 'Castigo divino' y 'Margarita, está linda la mar'. Foto: AFP.

Cuando vio una llamada con el prefijo 34 –de España– en su teléfono, Sergio Ramírez supo que ascendió al podio donde están algunos de los nombres que ocupan su santoral literario: Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes... Y, desde allí, desde el lugar que le da el Premio Cervantes –el más importante reconocimiento de la literatura español– decidió optar por dos estrategias: una, no hacerse un lado, sino impulsarse; dos, levantar la voz por la literatura joven centroamericana que tanto le interesa.

Una horas después de que el anuncio del galardón alegró al istmo y en plena vorágine que conlleva este honor, el escritor nicaragüense nos habló de Cervantes, de escritores jóvenes, de responsabilidades y de su última novela.

–Usted es un declarado cervantino. ¿Qué significa para usted ganar el premio que lleva el nombre del célebre autor español y qué significa Cervantes para su obra literaria?

–Sin Cervantes no existiríamos. Cervantes es la argamasa de la obra de cualquier escritor hispanoamericano. Soy un lector temprano de Cervantes y de El Quijote. He podido vivir dentro del mundo de la Mancha porque Cervantes es vida y naturaleza, como decía Rubén Darío. He aprendido a leer El Quijote desde el punto de la ligereza, de la que hablaba Italo Calvino; la ligereza es lo contrario de la pesadez y la pesadez es ver al Quijote como un libro que enseña filosofía, que enseña conductas, como un libro pedagógico. Al contrario: es un libro para divertirse, para reírse, para sacarle partido al humor. Don Miguel de Unamuno decía una cosa muy certera y es que don Quijote es el personaje más divertido de la literatura y nunca contó un chiste.

”Yo pertenezco a ese mundo cervantino; he crecido en él a través de lectura, de relecturas, no solo de El Quijote, sino también Novelas ejemplares, los Entremeses… De modo que yo vivo en la Mancha”.

–¿Y un premio desde ese lugar de la Mancha es muy significativo?

–Sobre todo por esta frase que acuñó Carlos Fuentes de que la Mancha es territorio de la lengua; la Mancha se extiende hasta América a través del Atlántico. Es el territorio de la lengua, es como una mancha de aceite que se extiende cada vez más. Junto con las inmigraciones hacia el norte, también los muros tratan de detener la lengua, pero nuestra lengua es muy poderosa, muy invasiva. El español se habla por todo el continente. Es una lengua muy diversa: no es lo mismo el español que se habla en el Río de la Plata que el que hablamos en Centroamérica o el del Caribe; cada cual tiene sus propios matices, su propia tesitura, su propia floritura. Esa es la riqueza; la lengua que cambia todos los días.

"Es una dicha ser un escritor en esta lengua porque tiene recursos muy vastos".

–Aunque confesó que ha pensado poco al respecto, dijo que su discurso para recibir el galardón podría versar sobre Darío y Cervantes. ¿Qué quisiera decir sobre estos dos grandes que conoce bien y ha trabajado mucho?

–La lengua española se renovó tres veces: con Garcilaso, con Cervantes y con Darío. Darío ventiló la lengua del encierro en que estaba metida en el siglo XIX y rescató, de alguna manera, la frescura de Cervantes. (...) Darío vuelve a renovar la lengua regresando a las fuentes de Cervantes, metiéndose en ese mundo.

”Me gustaría hablar de la lengua, pero usando estos dos polos: Cervantes y Darío”.

–Que no son polos, sino parte de un mismo hilo…

–Son un hilo conductor que se desenrolla y va de vuelta. Darío, a través del modernismo, le devuelve a España una lengua renovada; es decir, la lengua que había traspasado el Atlántico se enriquece aquí con muchísimos términos, incluso de las lenguas africanas y de las indígenas, y va de vuelta como una novedad.

"Esta es una plataforma a la que subo y, al subir, lo que diga va a ser mejor escuchado y lo que quiero que escuchen es que detrás de mí hay una literatura en ciernes, una literatura joven que está creciendo, que es de calidad”.

–¿Cómo se siente como heredero de ellos? Sin duda es una gran responsabilidad.

–Empequeñecido. Me siento atemorizado de tener sobre los hombros esta responsabilidad; son palabras mayores. Yo, sobre todo, soy un narrador y lo único que le puedo decir a mí mismo es que un premio de esta categoría no me detiene en el camino, sino que me empuja hacia adelante. Mi deber y mi pasión es seguir escribiendo hasta que las fuerzas me den.

–El fallo le reconoce unir narración y poesía, lo cual es curioso porque tiene muchos años de no escribir poesía, así que es más bien por incorporarla a la narración...

–Sí, creo que tal vez se refiere a eso el fallo. Dejé de escribir poesía cuando era adolescente porque me di cuenta de que había demasiados poetas en Nicaragua; yo sobraba como poeta y mi preocupación era narrar, contar. Para mí, la prosa no existe sin la poesía, la prosa tiene un ritmo, una melodía, una tesitura musical… Y, la verdad, es que yo uso la música. Cuando yo termino una página, la leo en voz alta para saber cómo suena, para saber si tiene ritmo, si tiene cadencia. No hay prosa sin cadencia, eso viene de la poesía y de la música.

”Cuando yo voy a empezar una novela, yo dejo de leer prosa y me pongo a leer poesía”.

–Lo otro que le reconoce el fallo es su rigor en la observación, reflejar la realidad como obra de arte, su altura literaria y pluralidad de géneros. ¿Cuál es su reacción al conocer esta lectura de su carrera literaria de más de 50 años?

–Mi búsqueda es convertir la realidad en estética, en belleza; ese es el empeño que uno tiene que poner en la escritura y para eso se sirve de las palabras. El milagro es que son unas pocas palabras las que combinadas pueden hacer esa traducción de las ideas, de la imaginación, a la página escrita. Yo lo considero una verdadera epifanía.

–Usted le dedica el premio a Nicaragua y quiere que se convierta en una plataforma para la literatura de la región. ¿Cómo lograr esto en este momento histórico?

–No es algo que yo improvise a la hora de decirlo, sino que es algo que hemos venido haciendo a través de la revista Carátula –ya tenemos 15 números, donde se dan a conocer los escritores centroamericanos, sobre todo los jóvenes–, los encuentros de Centroamérica Cuenta... Es abrir ventanas para que la literatura centroamericana respire y el viento entre por los dos lados: que se conozcan los escritores hacia afuera y que de afuera nos conozcan hacia adentro.

”Acerca del premio, esta es una plataforma a la que yo subo y, al subir, necesariamente lo que diga va a ser mejor escuchado y lo que quiero que escuchen es que detrás de mí hay una literatura en ciernes, una literatura joven que está creciendo, que es de calidad. Sobre todo, los escritores nacidos en los años 80, que tienen la virtud de no estar atados a los conflictos que vivió Centroamérica en esa época tan difícil, que pueden ver con ojos críticos hacia atrás, hacia lo que vivieron sus padres y que tienen allí un enorme filón literario que está siendo usado con mucho provecho. Son nuestros millennials literarios y esto es lo que yo quiero que el mundo conozca”.

–Precisamente, tiene muchos años trabajando por la literatura joven centroamericana con Carátula, Centroamérica Cuenta, sus talleres y otras iniciativas. ¿Por qué ha costado tanto que se visibilice nuestra literatura en el resto del mundo después de los conflictos del siglo XX?

–Todavía vivimos en medio de la incomunicación, que son muros que hay que romper, y quizá no estamos aprovechando las ventajas del mundo digital. Siento que lo primero que hace falta es una gran plataforma digital centroamericana de información cultural, de blogs, de jóvenes, que busque cómo atraer distintas corrientes de pensamientos, de creación literaria. Crearla en papel es muy difícil, pero crearla, a través de la tecnología digital, es asunto de que alguien se interese en facilitar los intercambios, la circulación de los libros, los encuentros de los escritores. Es perfectamente posible y son tareas para el futuro. Son los Estados los que deberían estarse ocupando de eso, pero ya que no lo hacen, hay que buscar cómo juntar iniciativas, desde el mundo privado, que le den ese impulso.

–Ha sido inclaudicable en promover a los jóvenes en la literatura y ofrecerles posibilidades. ¿De dónde viene esta enorme preocupación en la que tanto ha trabajado?

–Diría que de dos enseñanzas: primero porque muy joven aprendí a tener una visión centroamericana cuando me fui a vivir a Costa Rica a ejercer mi trabajo con el CSUCA (Consejo Superior Universitario Centroamericano) y, entonces, aprendí a ver a Centroamérica en su conjunto, a conocer las culturas y sociedades centroamericanas, sus carencias, sus conflictos; eran tiempos de golpes de Estado, de dictaduras militares, de universidades rebeldes. Costa Rica era el polo de asilo para muchos centroamericanos; eso se suele olvidar pero fue muy importante, fue un hito en la década de los años 60 y los 70, que fueron tan difíciles. Había una circulación de gente, forzada, y desde Costa Rica irradiábamos un concepto de cultura referido a Centroamérica desde la Editorial Universitaria Centroamericana (Educa), por ejemplo, o con el festival cultural centroamericano que hicimos en 1971, que debería ser memorable, pero solo se hizo uno. Yo aprendí aprendí a tener esa visión.

”Y la lección de generosidad con los más jóvenes, de ocuparse de los escritores más jóvenes y no ver la literatura como un asunto de egoísmo cerrado, me la dio Carlos Fuentes. Aprendí de Carlos Fuentes eso: estar promoviendo a los más jóvenes, no quitarles el ojo. Esto de la literatura es un encadenamiento, una sucesión de generaciones, y no de quedarse uno encerrado en sí mismo creyendo los más jóvenes le van a hacer competencia. Leo mucho a los jóvenes porque aprendo mucho de ellos; tenemos una espléndida nueva literatura en Centroamérica”.

El escritor nicaragüense de 75 años se desconecta todos los días por la mañana para dedicarse a escribir. Foto: AFP.
El escritor nicaragüense de 75 años se desconecta todos los días por la mañana para dedicarse a escribir. Foto: AFP.

–¿Qué encuentra al repasar esa literatura joven del istmo?

–Es una generación que tiene una libertad para ver los conflictos de los años 80; es lo que vivieron sus padres reflejado en la literatura de los hijos. Este es un tema muy importante: cómo ven los jóvenes escritores de hoy lo que está ocurriendo en Centroamérica, cómo ven el pasado que no vivieron, porque eran niños o acaban de nacer, y cómo ven lo que ocurre hoy día: la descomposición de lo que antes sostenía nuestros valores, la corrupción que se está comiendo todo, los escándalos de corrupción que estallan en todos los países –y Costa Rica no se libra–… Eso carcome la institucionalidad.

”Hay una perplejidad de los jóvenes, dicen con qué autoridad moral esta gente me habla a mí, cómo se atreve a llamarme a votar por los mismos que fomentan la corrupción…, esas son preguntas que van a dar a la literatura; así como va a dar a la literatura la visión de una Centroamérica enferma de corrupción, de narcotráfico, de pandillas juveniles convertidas en carteles criminales, de inseguridad ciudadana, de agresión contra gente que se preocupa por la preservación de la naturaleza –como en Honduras el caso del asesinato de Berta Cáceres–. Todo eso hay que imaginarlo frente a los ojos de un escritor u observador joven, que está mirando a Centroamérica con otros ojos de los que nosotros la vimos. Ese cambio generacional y de visión me parece importante”.

–¿En qué momento lo toma este galardón?

–En mi plenitud creativa y de vida. Cumplí 75 años y nunca me he sentido de la tercera edad. Hay un elemento fundamental para no pasar a la categoría de la vejez, que es, por un lado, la curiosidad y, por el otro, la necesidad de hacer cosas nuevas. Cuando uno se sienta a la vera del camino, comienza a morir, pero eso no pasa cuando uno está caminando y tiene curiosidad por las cosas nuevas, por las cosas del futuro.

”Si yo no me hubiese metido en el mundo digital, ya estaría al margen, no podría comunicarme con nadie. Me siento contento de ser parte de las redes sociales, disfruto mucho, me son muy útiles como escritor. Sin estar metido en las redes sociales, yo estaría disminuido; esa es la marca de los tiempos. Cada día que pasa va a ser más necesario. Estoy metido donde debo estar, sin perder la curiosidad –el espíritu vivo de no apartarse del mundo–”.

–Presentará en la Feria del Libro de Guadalajara su nueva novela Ya nadie llora por mí con el detective Dolores Morales y que tiene como protagonista a la violencia intrafamiliar. Cuénteme sobre esta historia. ¿También es novela policiaca?

–Lo que le puedo decir es que el inspector Dolores Morales desocupado, retirado de la Policía, se instala como investigador privado en la Managua de hoy día; ve casos de adulterio, de tercera monta y de gente sin recursos, hasta que un millonario lo llama y le pide que investigue la desaparición de su hija; allí comienza todo. Él entrará en los subterráneos (del poder, de la corrupción) de lo que es Nicaragua hoy día.

–Es bastante crítica...

–Cuando uno escribe en contemporáneo no puede dejar de ser crítico. La literatura en sí misma es un instrumento crítico. La literatura no resuelve problemas, pero lo expone.

–Es la segunda novela con este protagonista… ¿De qué le sirve este personaje?

–Es un enlace para reflejar la realidad de Nicaragua.

–Ha sido un defensor de la literatura como un oficio útil para la sociedad. Tras medio siglo de carrera, ¿cuáles son las certezas acerca de la utilidad de este oficio?

–Una país no puede vivir sin imaginación; la imaginación está inscrita en las neuronas, es una necesidad. Siempre habrá alguien que necesite que le cuenten y alguien que necesita contar. Esa relación no se va a terminar con ningún avance tecnológico. Una sociedad no puede vivir sin imaginación.