La novela de Catalina Murillo deja clara una lección: el amor genera un espejismo, que se vive como una ficción.

Por: Margarita Rojas 11 noviembre
Irse a vivir al extranjero es igual que el amor: alguien va a ofrecer algo que no tiene a un país que no lo está pidiendo.
Catalina Murillo publicó
Catalina Murillo publicó "Tiembla, memoria" con Uruk Editores el año pasado. Foto: Luis Navarro.
La narradora y su doble

La fascinación amorosa es semejante a la fascinación del sistema consumista; tanto el amado como el dinero engañan con una falsa imagen que atrae pero confunde el juicio. En una original novela, escrita con inteligencia y un grato humor a pesar del dolor por el que atraviesa, la protagonista y narradora tiene todo lo que desea menos compañía. Para aliviar su soledad, escribe y conversa con una amiga, Corazón Patiño, cuya identidad al inicio no queda clara.

Al mismo tiempo que Cata se imagina como hombre y Patiño se viste como hombre, las conversaciones y los mensajes de la primera a Patiño presentan cierta ambigüedad: “Patiño mío: Dime que sí, dime que volveremos a ser felices (…) Ven, Patiño, sube conmigo a la sexta planta (11) y más adelante: “Ven (…) me doy cuenta de que necesito amor” (17). Patiño no trabaja en nada y, según Cata, no quiere crecer; sin embargo, le pide consejo, la busca para conversar y le escribe mensajes y cartas, algunas reproducidas en el texto.

Poco a poco se devela que esa amiga en realidad es ella misma; así, hacia el final, la narradora habla de Cata en primera persona y, en cierto momento, cuando le iba a comentar eso a su amiga, constató que no sentía la necesidad de expresarlo: “Qué extraño; nunca me ha bastado decirme las cosas a mí misma, iba pensando” (163). También durante un sueño tiene la experiencia del desdoblamiento: “Entonces me vi desde fuera (…) Esa noche, como única salida, me desdoblé (…) Desde el firmamento vi a Catica minúscula allá abajo sola en una casa de la periferia” (112-113). Desdoblarse es la estrategia de Cata cuando sucede algo grave: “dividirse al menos en dos; dejar en la acera el ego para que se llevara los batacazos y subir a Cata a una farola, para que presenciase el espectáculo desde arriba” (164).

El paraíso soñado

Procedente de Costa Rica, Cata desea vivir en el primer mundo. Para eso debe aceptar el trabajo de escritora de páginas web. Si bien logra ascender dentro de la empresa en que trabaja en Madrid, no deja de odiar a su jefe.

Poco a poco, llega a la conclusión de que vivir en Madrid significa una traición a sí misma: un mejor salario no compensa el disgusto de ser la jefe de los escritores: “A mí, que se me contrató para escribir, se me ha adjudicado ahora el papel de controlar lo que los demás escriben. Esto le cambia a una la visión del mundo. (…) Ya no invento, critico; no propongo, desecho; no escribo, corrijo (…) Con el ego y los bolsillos hinchados me paseo por la oficina luciendo en la cabeza mi nueva cotona de cartón lustrado” (14). Considera que, a cambio de su felicidad, le ha vendido el alma al diablo con tal de salir “del lodazal tropical en que nací” (15).

El abandono de ese trabajo la lleva a una supuesta agencia de contactos matrimoniales, que, en realidad, era la cobertura de un centro de llamadas eróticas pagadas. Allí despliega de otra forma sus habilidades literarias: “aquello era un trabajo, a saber: se hurga en una herida (si es necesario se abre una) y por ahí se saca el dinero. A eso se le llama en este nuevo siglo trabajar” (135).

Cambios de espacios

El tránsito de la mujer –de la soledad al amor, de la inconsciencia a la consciencia– va paralelo a un cambio de espacios de residencia; primero, vive sola en un apartamento de un décimo piso en la ciudad que ella define como su “mi pequeño paraíso artificial” (18). En el clímax de su relación amorosa, se traslada a vivir con Juan Valiente a un Palacete con 18 habitaciones y corredores largos. Cuando Cata concluye que su relación no fue amor, sino “fascinación”, también piensa que “el Palacete y todo lo que en él había, <había sido> un embuste” (91).

Al final, cuando se separa de Juan, se pasa a un apartamento de su amigo Ángel: “un piso pequeño, casi vacío. Un lugar inhóspito, pintado de blanco” (93) y cuando tiene que estar allí sola, siente pánico.

La portada de 'Tiembla, memoria'.
La portada de 'Tiembla, memoria'.
La literatura

A lo largo de la historia de un rompimiento amoroso, la novela muestra una interesante exploración de la escritura literaria. Los personajes aluden al propio libro, que una escritora, también llamada Cata, está escribiendo: Patiño le pregunta: “Cata, ¿tú por qué escribes todo esto? <Cata> Yo querría hacer una Guía del Dolor”. A veces, la narradora despliega una crítica consigo misma como personaje: “El jefecillo ha colgado y se está dirigiendo a su servidora: me dice (…) que me van a “ascender”. ¡No te rías!, se dice así, Patiño, el entrecomillado es puro desconcierto mío. Yo intento mantenerme alerta, siguiendo tus divinas enseñanzas, pero qué le voy a hacer” (13).

En otras ocasiones, se trata de juegos de la voz narrativa, que de la primera persona pasa a la tercera, y del singular al plural.

La narradora también se dirige a los lectores: “Patiño recorre con la mirada el salón, viejo recurso que aprovecha quien escribe para describírselo a ustedes, sus volubles lectores” (19); o “Patiño y yo nos emperifollamos para ir a una fiesta sabatina a la que dentro de poco asistirán ustedes con nosotras” (45).

Además de esas rupturas del marco narrativo, de enunciación-enunciada, se logran vislumbrar, algunas más escondidas que otras, no pocas referencias a obras de varios autores. Hay citas de Rubén Darío y Gonzalo Rojas; otras, en clave humorista, a la literatura mística de Santa Teresa: “Yo ya no cabía en mí de gozo, ahora entiendo ese dicho, vivo sin cabe en mí desde que salí de aquel retrete” (60). Y antes de esta última, Cata dice: “Cuerpo, Patiño, quién pudiera ser solo cuerpo, como escribiera el poeta. Dice que parezco una santa mística” (60).

Cuando empieza a enfrentar sus sentimientos en la calle, alude a la literatura, primero con un verso de García Lorca –“que no quiero verla, que no”–, luego con una cita de Augusto Monterroso y con otra de un personaje de una novela: “Uno es de donde tiene un muerto” (104). El primer renglón de la segunda sección es el primer verso de un poema Cuerpo a la vista, de Octavio Paz.

Del autor español nacido en 1929, José Ángel Valente, se transcribe parte de su bello escrito sobre el Cabo de Gata y el nombre de este sirve para bautizar a su amado, Juan Valiente, y su amigo, Ángel. Con este y su pareja Malena, Cata se da cuenta de que ellos también vivieron una situación similar y se cuestiona su experiencia para concluir que no fue amor sino “fascinación”: “El enamoramiento es un estado de imbecilidad transitoria”.

“La gente inteligente convierte el dolor en una pregunta”, dice el texto; de su historia se deduce una profunda lección: el amor genera un espejismo, que se vive como una ficción. Hallar la respuesta implica una búsqueda, que solo se puede contestar saliéndose de sí mismo -desdoblarse- y comunicándose con los demás y con uno mismo.

  • Novela: Tiembla, memoria
  • Autora: Catalina Murillo
  • San José, 2016
  • Sello: Uruk Editores
  • 168 páginas