En este libro, el autor muestra prosa de poeta, experimentación y una reflexión sobre la condición humana

Por: Daniel Gallegos Troyo 11 noviembre
Esta es la portada de la novela 'El sótano, de Luis Thenon, publicada por Uruk Editores.
Esta es la portada de la novela 'El sótano, de Luis Thenon, publicada por Uruk Editores.
  • Novela: El sótano
  • Autor: Luis Thenon
  • Sello: Uruk Editores
  • Páginas: 164
  • Año: 2017

Hay libros que nos perturban; libros de los que, aun después de leerlos, continuamos oyendo su voces, como si quisieran dejar en nosotros una marca indeleble. Es lo que yo llamaría una experiencia literaria.

Pues bien, algo parecido me sucede con la novela El sótano, de Luis Thenon. Es uno de esos libros que emociona por la excelencia del lenguaje narrativo.

La prosa de Luis Thenon es prosa de poeta, que es lo que distingue al verdadero escritor. Igualmente asombra la experimentación formal que hace el autor con el uso del tiempo y el espacio, donde lo recurrente, de modo paradójico, no es lo mismo cada vez, ya que la percepción de su sentido cambia constantemente.

También es innovador porque el lenguaje que utiliza para internarnos en el fluido de la conciencia nos hace recordar el relato cinematográfico: el montaje donde las imágenes se componen y se descomponen, se suceden y se disuelven en fades in y fades out.

Además de estas exploraciones con el lenguaje, la novela cuenta una historia que es una reflexión acerca de la condición humana de nuestro tiempo. La historia de un sujeto que vive cierta forma de enajenamiento, en la que todo parece permanecer en un plano abstracto de cosificación, lo que le produce un sentimiento de orfandad y falta de pertenencia; incluso la soledad ha dejado de ser parte de su más íntima condición.

Un hombre se encuentra en un inmundo sótano, únicamente puede observar el mundo exterior desde una ventanilla ubicada a lo alto. Ignora por qué se encuentra en ese sitio, por qué es víctima de una inamovilidad absoluta. En ese sótano lo acompaña un viejo, cuya sombra proyecta una silueta igual a la suya y cuya presencia parece rodearlo; presencia que es observada por el narrador como una estopa desechable, que la humedad desintegra.

El protagonista quiere escapar de ese sótano, desaparecer, pasar de ese lugar a otro pero, más que nada, desprenderse de la inmunda figura que lo acompaña. Sabe que hay un mundo allá afuera, el de la ciudad, del cual se observan fragmentos por la ventanilla, pero el viejo, en su horrible pasividad, le impide mirar.

¿Por qué el viejo y el hombre están atados a una misma presencia? ¿Por qué no pueden decidir quién es el que habla? ¿O será, quizá, el eco de las voces en la cabeza del viejo?

En el sótano no se puede determinar la apariencia de las cosas pues es difícil establecer la diferencia entre ver algo y creer ver. Se vive en dos espacios simultáneamente: el mundo interior y el otro, el de afuera, donde únicamente el recuerdo hace posible el paso de un ámbito al otro, por un intersticio que los une. Es la vía de la retrospección la que nos permitirá enterarnos de la historia de esas vidas no vividas, como aquella de la que nos habla Kierkegaard, la de un hombre que, tan abstraído estaba en su propia vida, que casi no sabía que existía, hasta que un día despertó para encontrase muerto. Es decir, había muerto sin haber vivido.

La lectura de la obra de Thenon tuvo en mí un impacto parecido al que me produjo la primera vez que leí A puerta cerrada, de Sartre, o La náusea.

Nietzsche proclama la muerte de Dios. Si Dios no existe, dice Sartre, entonces somos responsables de nosotros mismos. Esto significa que no hay nada ni nadie que nos justifique. Tampoco encontramos en nosotros una justificación propiamente dicha, por eso lo más preciado es nuestra elección. Esta elección hace de los humanos seres responsables de sí mismos. Mientras llega la muerte: la nada.

El personaje de El sótano nos dice: “La muerte es anodina, podrías traer el muerto a la vida a través de la memoria en el momento de la muerte, pero la vida no está, apenas son resabios de una vida pasada, reflejos espontáneos. No tiene sentido porque la memoria es antojadiza, cruel y vanidosa".

“Pero también nos dice que la vida es igualmente anodina, cuando no podemos determinar siquiera cuándo fue el momento más importante de la vida que es un morirse sin saber vivido.”

Al final de esta lectura cabe preguntarse: ¿es el hombre dueño de su libertad?

El ser humano no elige. Dice Foucault: el hombre ha muerto. Son las estructuras del poder las que configuran su existencia.

El lector, a través de una trama muy bien urdida, tomará su decisión.