Mucha de nuestra narrativa se ha enfocado en el conflicto entre las pulsiones sexuales individuales y los mecanismos sociales que creamos para controlarlas

Por: G. A. Chaves 2 diciembre
'Amantes' (2001) es una serigrafía de Florencia Urbina, que se incluye en la exposición 'Detrás del Portón Rojo', en el Museo de Arte Costarricense. Fotografía: Gabriel Gonzalez/MAC para LN
'Amantes' (2001) es una serigrafía de Florencia Urbina, que se incluye en la exposición 'Detrás del Portón Rojo', en el Museo de Arte Costarricense. Fotografía: Gabriel Gonzalez/MAC para LN

La novela Ahora juega usted, señor Capablanca, de Mario Zaldívar, cuenta la historia de un niño que empieza descubrir el mundo en la casona de sus abuelos, en la Cuba de los años 30. Ahí se dan cita por igual el excampeón mundial de ajedrez José Raúl Capablanca, la música de Ernesto Lecuona y la política bajo la dictadura de Gerardo Machado.

Es una mañana lluviosa y el narrador se ha quedado dormido, pero luego lo despiertan unos sollozos provenientes del fondo del pasillo. Tras indagar, descubre que provienen de un cuarto cercano y mira por una puerta lateral entreabierta: “(M)e asomé con todo cuidado y descubrí en la penumbra la silueta de dos personas que se entregaban y separaban continuamente”, dice el narrador.

“Había cesado la lluvia y un haz de luz caía perpendicularmente sobre la habitación de la pareja; la mujer y el hombre me daban la espalda en el jugueteo de caricias y lamentos; el haz de luz se estrellaba precisamente sobre el pie izquierdo de la mujer”.

Y eso es todo lo que ve el niño a partir de ese momento: un pie femenino que se retuerce con las tensiones y placeres propios de un orgasmo: “De toda la escena que se registraba en la pieza, sólo el pie me era inmediato; el resto era un continuo ajetreo de abrazos y murmuraciones desconocidas. Sólo el pie hermoso de la mujer mulata me calaba el alma con una sensación desconocida para mí […]”.

Las escasas seis páginas en las que se narra esta escena bastarían para una teoría de lo erótico. Hay un despertar (literal y metafórico) por parte del niño, que culmina en esas sensaciones hasta entonces desconocidas que ya nunca más abandonarán su cuerpo. Hay también un decorado sensorial en el ambiente de penumbra y el haz de luz que funcionan como caverna platónica y permiten entrever algo más allá.

Finalmente, la experiencia es magnificada por su carácter secreto y elusivo (el tabú, lo prohibido) y, por el hecho de que accedemos a ella por medio de ese órgano erótico primordial, el ojo.

Lo erótico se manifiesta como una experiencia de sugestión y proyección, lo cual funciona bien en estas páginas de Zaldívar, ya que al describir una época especialmente romantizada en su música y sus conflictos (Eros y Tanatos siempre de la mano), en un lugar ajeno como Cuba (en lugar de algún paraje o situación demasiado familiar en Costa Rica), la historia da rienda suelta a los deseos que los lectores proyectamos sobre ella, con la tranquilidad de cuerpo y alma que da ser solo un espectador lejano.

La narrativa latinoamericana surge con relatos de tensión romántica –“ficciones fundacionales”, las llama Doris Sommer– en las que el sexo reproductivo se convierte en herramienta de fusión entre clases, de consolidación de proyectos nacionales o, en su defecto, en correlato del fracaso de esas fusiones.

Novela de Julieta Pinto.
Novela de Julieta Pinto.
El rastro en Costa Rica

En Costa Rica, esos romances fundacionales están presentes en los amores entre Cundila y José Blas (hija de gamonal y campesino huérfano) en El Moto de Joaquín García Monge, y luego aparece en otras obras como El primo, de Jenaro Cardona.

Sin embargo, al erotismo no le va bien la mecánica de la reproducción, sino que prefiere la química del fetiche, la política de la transgresión.

No es de extrañar entonces que mucha de nuestra narrativa se haya enfocado en el conflicto entre las pulsiones sexuales individuales y los mecanismos sociales que creamos para controlar esas pulsiones, especialmente la religión.

Tanto La esfinge en el sendero de Jenaro Cardona como El sermón de lo cotidiano de Julieta Pinto tratan sobre las transgresiones sexuales de sacerdotes enamoradizos, revelando así estas tensiones entre placer privado y moral pública.

El recato entra en conflicto con la virilidad, especialmente entre hombres homosexuales: así los amores entre Pedro Luna y Florindo, el “sacristán zalamero” de la novela La ciudad y la sombra, de Hernán Elizondo Arce, y los sentimientos más que filiales entre Arnoldo Gálvez y Ernesto Moreno en Ese que llaman pueblo, de Fabián Dobles.

La vigencia de estas tensiones y la censura a la que se exponen quedó perfectamente reflejada cuando, en mayo de 1999, Uriel Quesada publicó en estas mismas páginas su relato Bienvenido a tu nueva vida, sobre un encuentro sexual fortuito entre un joven mochilero y un hombre recién casado.

Más recientemente, este choque entre lo sexual privado y lo sacro público fue causa de otro escándalo tras la publicación de El fuego cuando te quema, de Alí Víquez.

Pero el relato de Quesada transcurre en un vagón de tren en Londres, la misma ciudad donde vive Mariestela, la protagonista de María la noche, de Anacristina Rossi. Es como si el pleno disfrute de la sexualidad fuera imposible dentro de los confines del mapa físico-político de Costa Rica (otra vez la Cuba de Mario Zaldívar).

'El más violento paraíso' publicado por ediciones Lanzallamas.
'El más violento paraíso' publicado por ediciones Lanzallamas.
Cambio cultural

La glotonería y el abandono carnal en suelo patrio son fenómenos recientes en nuestra narrativa, y esto refleja más un cambio cultural que una carencia de nuestra literatura.

En Marzo todopoderoso, de Catalina Murillo, el sexo es experimentado como algo chocante y descarnado: “Febrero fue masturbarse y medio masturbar a Lota para que la dejara tranquila”, dice la narradora. “¿Te violaron alguna vez? –le preguntó Lota […]. Sólo en mis sueños… –suspiró Azul”.

Por su parte, Alexánder Obando rompe de tajo con las divisiones público/privado, extranjero/nacional y clase alta/clase baja en una de las escenas más famosas de su novela El más violento paraíso, cuando dos lesbianas, Nikky y Krys, tienen relaciones mientas miran por televisión el funeral de la princesa Diana “y Krys tiene su primer orgasmo entre el musgo nórdico de Nikki, que es cubano-danesa, y Nikki, en la mente de Krys, o en los brazos de Krys, que es calle-cáustica, y el líquido perlado se dispersa como una mantarraya de sensualidad sobre las sábanas”.

En los casos de Murillo y Obando, el lenguaje es tan importante como lo que describe: el modo directo y sin adornos de Murillo es el mecanismo para mostrar realidades crudas y hasta violentas; mientras que Obando, sin caer nunca en la mojigatería, vuelve atractivos (por medio de símiles) comportamientos que tradicionalmente han sido vistos como aberrantes.

Heredero de estas estrategias de Obando es Byron Salas, quien en su reciente novela Mercurio en primavera logra exaltar actos “escandalosos” por medio de un lenguaje que los hace sublimes, incluso en su retorcimiento.

Escribir lo erótico siempre tiene la dificultad de equilibrar lo sentimental sublimado y lo pornográfico explícito.

En poesía, la sublimación por medio de la intelectualización del deseo es la estrategia básica de Escribo para que existas, de Rafael Ángel Herra. Lo mismo puede decirse del furor místico de Eunice Odio, de cierta carnalidad obrera en Jorge Debravo y, en su momento, de las ansias tropicales (frutas y animales) de Ana Istarú.

Hace unos años, la revista Soho mantuvo una columna de relatos eróticos que, sin abandonar del todo la provocación, permitieron llevar el sexo y el erotismo hacia un cierto mainstream cultural: el gimnasio, los viajes, el humor, el sexo casual, el kit para después del polvo.

Una de las autoras de esos relatos fue Paula Piedra, quien reunió sus textos en el libro Seis años de sexo. Más que transgresión, en Piedra hay una celebración de una clase social que es cada vez más dueña de su moral, más abierta respecto a su cuerpo y más cándida respecto al lenguaje no sublimado de la anatomía humana.

Otra de las cosas que permitió esa columna fue erotizar la ciudad y permitir finalmente el viaje de regreso del exilio cubano-londinense de nuestra moral sexual: “Más que buscar amantes, yo busco lugares. Denme el lugar, que yo pongo la persona. Entre mis últimas conquistas, por ejemplo, está un apartamento desocupado en barrio Aranjuez adonde siempre quise llevarme a un vecino anónimo; un tipo regular, pero de esos que irradian adolescencia aunque tengan cuarenta: pelo enmarañado, tenis rojas, barba gruesa”.

También fue en Soho que apareció un relato de Juan Murillo en el que una novelista de edad madura se convierte en un portento literario y sexual para un joven que empieza a hacer sus armas amorosas con la hija de esa escritora.

Paralelamente, los relatos “anti-eróticos” de Laura Fuentes Belgrave han vuelto a problematizar la violencia y tabúes como la sexualidad en la tercera edad. Lo suyo es precisamente “volver a incomodar” la complacencia burguesa y su moral normativista.

Desde donde se le mire, la literatura nacional ha explorado ampliamente ese binomio atracción/miedo que está en la base de la experiencia erótica, y de paso ha revelado algunos de nuestras más inconfesables manías y ansiedades.

Escribir lo erótico no ha dejado de ser nunca una forma de hablar de lo privado para irrumpir en lo público. Es el pie retorcido que trastorna para siempre nuestra imaginación y memoria.