El Cuartel Bellavista: La fortaleza militar llega a un siglo de existencia, cargada de historia.

Por: Andrés Fernández 25 noviembre
Costado norte del Cuartel Bellavista, visto desde la Avenida Central, mientras pasa el tranvía. Fotografía de autor no determinado. Andrés Fernández para LN.
Costado norte del Cuartel Bellavista, visto desde la Avenida Central, mientras pasa el tranvía. Fotografía de autor no determinado. Andrés Fernández para LN.

El 12 de octubre de 1931, entre música marcial, simulacros bélicos y la presencia del Presidente de la República, el Secretario de Seguridad, el Comandante de Plaza, el Director General de Policía, oficiales de alta graduación y varios particulares, fue inaugurado el pabellón frontal del Cuartel Bellavista.

Según uno de los principales diarios de la época, las obras constructivas habían estado a cargo del ingeniero Francisco Jiménez Ortiz y del Taller de Obras Públicas y, agregaba la nota: “Es una obra magnífica, que completa y habilita debidamente el cuartel, facilitando además tanto la comodidad como la seguridad del mismo” (La Nueva Prensa, 13 de octubre de 1931).

De finca a cuartel

En la década de 1860, el naturalista alemán Alexander von Frantzius adquirió el predio suburbano ubicado al sur de Cuesta de Moras, finca conocida como Buena Vista o Bella Vista; un predio sembrado de café y con una vista panorámica de la ciudad de San José, en el que el científico construyó su casa.

La residencia, emplazada al noroeste del actual edificio, fue adquirida en 1877 por el abogado Mauro Fernández –futuro reformador de la educación costarricense–, que la convirtió en un centro de tertulias y vida social. Sin embargo, hoy nada se conserva de aquella vieja casona, como no sea la silueta de su arco de entrada, que aún puede verse en el muro de contención del costado norte, paramento que se mantuvo tras la construcción del cuartel.

Esa edificación se había hecho necesaria, pues desde antaño el Cuartel Principal se ubicaba al costado norte del Parque Central, por lo que a principios de la década de 1910 se hizo evidente el peligro de tener una instalación militar como aquella en pleno centro urbano, por el riesgo que entrañaba tener ahí material bélico y explosivos.

Por eso, en 1913, el Congreso donó dicho edificio a la Junta de Educación de San José, mientras que el cuartel se trasladaba al ala este de la Penitenciaría Central, que se acondicionó para ello. Entonces, en la administración Gonzáles Flores (1914-1917) el Estado adquirió la finca Bella Vista y dio inicio a la construcción del nuevo cuartel militar que llevaría aquel nombre, en 1917.

El Cuartel Bellavista cuando recién se terminaban las obras del pabellón frontal, hacia 1931. Fotografía de autor no determinado. Andrés Fernández para LN.
El Cuartel Bellavista cuando recién se terminaban las obras del pabellón frontal, hacia 1931. Fotografía de autor no determinado. Andrés Fernández para LN.

Diseño del ingeniero-arquitecto José Francisco Salazar (1892-1968), las obras se aceleraron con el fortalecimiento del ejército propiciado por el golpe de Estado de Federico Tinoco, en enero de ese año. Más, con el desprestigio que fue minando al ejército costarricense tras los abusos de ese régimen dictatorial (1917-1919) y del fracaso de la guerra con Panamá (1921), las obras se paralizaron en 1923, y no fueron retomadas sino en la segunda administración González Víquez (1928-1932), cuando se terminó.

Una fortaleza en lo alto

Si bien el edificio utiliza toda la manzana ubicada entre las avenidas Central y 2 y las calles 15 y 17, la fortaleza propiamente dicha ocupa sólo las tres cuartas partes al oeste de esa manzana, pues por razones defensivas se retrae en su costado este, donde estaba la entrada de carruajes y de carga.

Rodeada por los cuatro costados de una muralla en gran parte almenada y flanqueada originalmente por cuatro torreones –de los cuales solo sobreviven dos, los ubicados al este–, la fortaleza solo se abre a la ciudad en su costado oeste, donde su fachada enfatiza la apariencia de castillo medieval.

En ese frente, los aparentemente sólidos volúmenes amurallados, inician su descenso mientras se alternan con rejas de forja, hasta llegar al portón principal, al nivel de la calle 15; desde donde, de seguido, una serie de escalinatas inician su ascenso hasta el acceso principal ubicado en balcón y remarcado por un arco de medio punto, flanqueado a su vez por dos torreones menores, igualmente almenados.

En ese pabellón, custodiados por una garita también con almenas y con vista a la ciudad, se ubicaban las oficinas principales, la comandancia y los dormitorios de los oficiales; al norte estaba la bodega de armas de uso cotidiano; al este, un barracón albergaba los dormitorios de la tropa; mientras que al sur se ubicaban la cocina, los calabozos, los baños y los sanitarios en la parte baja y, en la superior, estaban los dormitorios de los oficiales menores.

Al costado suroeste del edificio había un espacio para prácticas de tiro y, al centro de todo el conjunto, el gran patio con un área cementada donde realizar los ejercicios militares. Construido en etapas, los diversos edificios poseen también diferentes técnicas constructivas, tales como el ladrillo mampuesto, el bahareque francés y la mampostería de bloques confinada en concreto armado; más, emplazado en la altura, el aspecto del conjunto era imponente.

La casa de don Mauro Fernández, vista desde el costado norte de la Avenida Central, a principios del siglo XX. Fotografía de una postal de época. Andrés Fernández para LN.
La casa de don Mauro Fernández, vista desde el costado norte de la Avenida Central, a principios del siglo XX. Fotografía de una postal de época. Andrés Fernández para LN.
De cuartel a museo

Fuera de la muralla, al noreste de la manzana, las casas de los comandantes primero y segundo, exentas de la estética medieval del resto, no parecían corresponder al aire marcial de la fortaleza. Sin embargo, ambos inmuebles serían testigos mudos de varios hechos ocurridos en el cuartel.

Así, cuatro meses después de haber culminado su construcción, el Bellavista fue escenario de un trágico incidente de nuestra historia política. En las elecciones de febrero de 1932, ninguno de los candidatos a la Presidencia con mayor votación, Ricardo Jiménez Oreamuno y Manuel Castro Quesada habían alcanzado el mínimo de 50% de los votos.

Ante ello, Castro Quesada y sus seguidores se acuartelaron en el Bellavista la madrugada del 15 de febrero, con el fin de derrocar al gobierno de González Víquez. El fallido golpe de Estado, conocido luego como “El Bellavistazo”, duró cuatro días que conmovieron al país con su saldo de 15 muertos y 36 heridos.

Años después, finalizada la guerra civil de 1948, el poder fue asumido en forma dictatorial por la Junta Fundadora de la Segunda República, que gobernaría por 18 meses encabezada por José Figueres Ferrer. El 1.º de diciembre de 1948, en el Cuartel Bellavista, Figueres encabezó el acto simbólico de abolición del ejército, al tiempo que se entregaba el edificio al Museo Nacional, entonces a cargo del Ministerio de Educación.

No obstante, la abolición sólo se hizo efectiva después del intento de golpe de Estado contra la Junta, impulsado por el coronel Edgar Cardona, su Ministro de Seguridad. “El Cardonazo”, como sería conocido, se inició el 2 de abril de 1949, cuando Cardona se apoderó del cuartel de Artillería mientras Fernando Figuls tomaba el Bellavista, para exigir a la Junta que anulara dos de sus medidas y destituyera a dos de sus ministros.

Más la intentona fue reprimida en pocas horas en el Cuartel de Artillería, mientras que los sublevados del Bellavista se rindieron al día siguiente, contando entre ellos 9 muertos y 30 heridos. La paradoja de aquello, es que Cardona había sido uno de los impulsores de la abolición del ejército, y con su fallida acción selló para siempre el destino de lo castrense en el país, así como el del cuartel Bellavista, que desde entonces alberga al Museo Nacional y es por eso un símbolo del civismo costarricense.