En 1809, Napoleón protagonizó una contienda peculiar cuando utilizó, por primera vez en Europa, un arma biológica. Los británicos habían enviado 39.000 hombres para atacar a los franceses en Walcheren (hoy, territorio de Holanda). Ante tal amenaza, Napoleón dio la orden de inundar la campiña: “Enfrentaremos a los ingleses solo con fiebre, la que rápidamente los devorará a todos”.
Seis meses después, el ejército británico yacía derrotado con solo cien bajas en combate directo, pero con cerca de 4.000 por las fiebres y más del 40% de la tropa en estado grave: todo, debido al “mal aire” que proliferaba en las charcas de Holanda.
‘Malaria’ es un acrónimo de la expresión italiana ‘mala aria’, enfermedad también conocida como ‘paludismo’. Es una de las enfermedades más devastadoras del planeta. Anualmente causa unos 500 millones de casos clínicos con una mortalidad de dos millones de personas, principalmente niños. Las regiones más pobres de África, India, Indonesia y Suramérica son las que presentan mayor incidencia de malaria en el mundo.
Hembra peligrosa. Los gérmenes patógenos causantes de la malaria son los plasmodios. Estos protozoarios parásitos viven en las células de dos tipos diferentes de hospederos: uno, vertebrado, como los reptiles, aves, monos y humanos; el otro, invertebrado, generalmente un mosquito que se alimenta de la sangre de los vertebrados.
De las 160 especies de plasmodios, solo cuatro infectan a los humanos; el P. falciparum y el P. vivax son los más agresivos. Algunas especies de mosquitos anófeles (los principales transmisores de la malaria) son mejores vectores que otros: el A. gambiae en África y el A. albimanus en Centro y Suramérica (incluida Costa Rica) son los más eficientes.
El “dócil” anófeles macho se alimenta de néctar y no pica. Por el contrario, la agresiva hembra debe chupar sangre ya que requiere proteína para generar huevos. Al picar, el mosquito sorbe los gametos masculinos y femeninos del plasmodio, los que circulan en el torrente sanguíneo del enfermo.
Riesgo de muerte. Una vez en las células del intestino del insecto, los gametocitos se conjugan y forman un huevo que se divide para generar los esporozoitos, la forma infectante que llega a las glándulas salivales del mosquito. Al picar a una persona sana, el díptero regurgita y transmite los esporozoitos, y estos viajan por la sangre para instalarse dentro de las células del hígado del ser humano.
Ahí, el plasmodio se replica asexualmente para después liberarse y penetrar en los glóbulos rojos, donde de nuevo se reproduce hasta romperlos. Sin embargo, antes, algunos de esos parásitos se transforman en gametocitos que esperan ser chupados por la mortal hembra para así continuar su ciclo.
La enfermedad aparece cuando los glóbulos rojos infectados se adhieren a pequeños vasos capilares de los tejidos por acción de proteínas que liberan los plasmodios, o bien cuando los glóbulos estallan y causan anemia y fallos en los diferentes órganos.
Las sustancias liberadas estimulan al hipotálamo (glándula que regula la temperatura) y ocasionan fiebres que coinciden con el ciclo de vida del parásito.
La anemia, junto con daños colaterales, deja al paciente exhausto, lo postra y facilita que más mosquitos lo piquen. Así, los plasmodios se expanden en más personas y mosquitos transmisores. Si la malaria no se trata, el desenlace final es una muerte infame.
Cuatro Nobel. La malaria es una de las enfermedades más estudiadas, y su investigación mereció cuatro premios Nobel. Ronald Ross fue el primero en ganarlo, en 1902, por descubrir que el mosquito anófeles es el transmisor del plasmodio y que parte del ciclo del parásito ocurre en el intestino del mosquito.
En 1907, Alphonse Laveran ganó el segundo Nobel por revelar los plasmodios en la sangre de los pacientes y por describir parte del ciclo de la vida del parásito.
El tercer galardonado fue Julius Wagner-Jauregg, en 1927, un premio curioso pues se otorgó por el uso de la malaria como agente terapéutico para curar la sífilis. Sin embargo, con el advenimiento de la penicilina, los tratamientos febriles para tratar infecciones se volvieron obsoletos.
Finalmente, Paul Hermann-Müller, Nobel en 1948, fue inventor del DDT, que elimina al mosquito.
Otros premios Nobel, como Golgi y Koch, también hicieron descubrimientos importantes relacionados con la malaria.
Alternativas. La contribución más importante de Hispanoamérica al combate de la malaria es la quinina, fármaco derivado del árbol de la chinchona y descrito hace 350 años por el monje Antonio de Calancha, nacido en el Alto Perú (Bolivia).
La quinina también dio origen al amargo gin tonic que tomaban los británicos en su colonia de la India, con el pretexto de prevenir a la malaria. Este fármaco aún se usa con éxito tanto para combatir a la malaria como para hacer agua quinada y gin tonic .
En cambio, no se usa una mítica vacuna que, después de haber sido propuesta con grandes alharacas por investigadores criollos, solo ha causado desprestigio: importante lección con respecto a la cordura y al escepticismo con los que se debe proceder cuando se hace ciencia.
La búsqueda de alternativas para la cura de la malaria se ha intensificado debido a la falta de vacuna, a los efectos dañinos de los antimaláricos y a la resistencia de los plasmodios a estas drogas; pero la lucha contra la malaria no es sencilla pues la erradicación de enfermedades de países pobres tiene varias aristas y depende del tipo de desarrollo que se vislumbre.
Efectos negativos. John Gallup y Jeffrey Sachs, de la Universidad de Harvard, han propuesto un modelo sorprendente y controversial. Según ellos, la eliminación de la malaria de países pobres podría empeorar la distribución de enfermedades transmitidas por vectores, incluida la malaria.
El modelo se apoya en dos hechos: el primero es que el 85% de las emisiones de gases que causan el efecto invernadero implicado en el calentamiento global, se produce en los países industrializados (Estados Unidos y China generan el 60% de las emisiones); el segundo hecho se basa en que, en los países pobres donde se ha controlado la malaria, el producto interno bruto ha crecido junto con el desarrollo industrial y el consumo de energía. Como consecuencia, la emisión de gases de efecto invernadero también aumentó en estos países.
Por lo tanto, si la malaria se controlase en un 50% en los países pobres, la emisión de gases quizá aumente al doble y, con ello, el calentamiento global.
Esto haría que los mosquitos que transmiten mejor la malaria y otras enfermedades, expandan sus horizontes reproductivos hacia las futuras regiones más cálidas y húmedas del norte de Europa, Asia y América. Todo esto empeoraría la situación mundial.
La evidencia apunta a que –como otras enfermedades transmisibles– la malaria surgió y se propagó hace unos 7.000 años como consecuencia de la agricultura, de la domesticación de los animales y del incremento de los asentamientos humanos. En América, la malaria se introdujo hace 500 años con el tráfico de esclavos. Como el dengue y otros males, se ha expandido con la tala y la invasión de zonas silvestres.
Las predicciones científicas advierten sobre el riesgo de los modelos de desarrollo basados solamente en la industrialización y en la rentabilidad económica, sin considerar al ambiente ni a las personas en su contexto.
La guerra mundial biológica apenas comienza y, al igual que en la batalla de Walcheren, el peligro es que “las fiebres” devoren a todos. Habrá que preguntase si el destino de los seres humanos chocará con el modelo de desarrollo que ellos mismos han planteado para evitarlo.
EL AUTOR ES MIEMBRO DEL PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN EN ENFERMEDADES TROPICALES DE LA ESCUELA DE MEDICINA VETERINARIA DE LA UNA, Y DE LA ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS DE COSTA RICA.
FOTOS


Parodia sobre la derrota de Walcheren. Los médicos declarados culpables por su torpeza son castigados mientras las tropas sufren derrotadas y enfermas por la malaria. National Library of Medicine
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